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Luces y sombras de Sanisidro III

José Suárez-Inclán
viernes 21 de mayo de 2010, 16:23h
Duelo de titanes. El Juli, Castella y Luque. En 15 de mayo: San Isidro. Hasta se templó un poco la climatología para asistir al primer acontecimiento de la feria. Sin embargo fue mayor el duelo en los tendidos que el transcurrido en la arena. Duelo de dolor, duelo en la afición deseosa de trofeos. ¿O tal vez no?

El Juli llegaba a Madrid aureolado de Puertas Grandes ¬—Valencia, Sevilla...— a revalidar sus notas ante la cátedra venteña. Y allí lo esperaba un nutrido tribunal de catedráticos —“gafedráticos”, los llama el ingenio guasón de algún castizo— armados de lupa y prismáticos, para analizar coma por coma la ortografía de los trofeos. Notó Julián la presión de las gradas y se atacó más de la cuenta. Su primer Garcigrande, el más toreable de la tarde, lo avisó desde las primeras verónicas de que su pitón bueno era el derecho. Chicuelinas de tirón y giro pellizcado y una buena media de muñecazo y caída apenas calentaron al público. Un aviso. No desmayó el torero, pero su propio pundonor, su confianza luchadora se la jugaron. Con doblones suaves y toreados lo metió en la tela pero al engarzarlos con el natural el toro protestaba. El toro, con la cara alta, tragó en los derechazos barredores (un poco al hilo, algo despegados) y cuando ya estaba medio hipnótico, Julián volvió a la izquierda. Así por tres veces. Solo un cambio de manos para el recuerdo. Y su tesón. Eso le perdió: se pasó el toro, se pasó El Juli y ni siquiera le asestó uno de sus clásicos sartenazos. En el segundo —animal difícil al que fue bajando la tela imperceptiblemente— el tribunal de Las Ventas había hecho valer su severidad. Julián aprobó como pudo. Castella y Luque, ni eso. El francés, con capote silencioso y pies juntos, de vuelo adormecido y poco brazo, mantuvo el silencio y la expectación en la primera parte del examen, sufrió dos desarmes y compensó una labor insulsa con un arrimón. Luque brindó su 1º, quizá pidiendo perdón por los 6 toros del domingo de Pascua. Fue un brindis al sol. Nada pasó. El calamocheo del ganado, la tensión de la plaza... imposible superarlo. Primero, descompuesto, luego semicompuesto, finalmente, pesado. En el último toro, como en tantos festejos de esta feria, había un griterío de desesperación. “Ni a San Isidro, respeta este Sanisidro” —masculló un señor.

Si las esperadas luces de la feria se tornaron en penumbras, los siguientes festejos pusieron un collar de sombras en el anillo de la plaza. La sombra de la mediocridad, que todo lo uniforma y cae como un capote de tristeza sobre la luz de la plaza. El cartel del 16 era un cartel de agosto. De los de dos mil aficionados repartidos entre japoneses, americanos y cabales pertinaces. Toreros sin corridas para toros de Los Bayones y J.L. Pereda que dieron la sorpresa: del primer hierro embistieron 1º, 2º y 6º; del segundo, el 4º. Una corrida para armarla. Pero esto no era agosto y la plaza llena, la falta de corridas… pudo con ellos. A Gabriel Picazo, eficaz y enérgico, meritorio sin arte gracia ni reposo, lo dejó en evidencia un toro codicioso que humillaba embistiendo, comiéndose su mansedumbre; a Emilio de Justo, que mostró maneras con capa y muleta —una media sabrosa, una tanda ligada de naturales, una trinchera de clase— no consiguió ligarle cuatro y matarlo. Ni lo uno ni lo otro. A un gran toro. Lloraba tras el tercer aviso. De Israel Lancho, solo recordar su brindis emocionado a D. Máximo, el médico que le devolvió la vida en la feria pasada, su apurado esquivar gañafones, giros rápidos y hachazos secos de su primero —que olía las cicatrices de la vieja herida— y su afligida, incapacitada figura en su segundo, que lo devolvía a una época dura y lejana.

Continuaba agosto en mayo en la novillada del día siguiente; una novillada dura y fiera de Moreno de Silva, corrida de las de antes, de las del verano inclemente y cegador, de las de aquí te espero, para diestros bisoños, con hambre de nombre: Paco Chaves, Manuel Hidalgo y Antonio Rosales. El público sufría porque venía con la ilusión primaveral de mayo y la empresa hacía el agosto. Los dos primeros escucharon los tres avisos, el tercero solo escuchó silencio. Pocas veces se habrá visto en Sanisidro algo semejante, quizá ninguna. Una perfecta representación de la situación socioeconómica reinante: el fracaso social de la avaricia a mayor beneficio del triunfo de los avariciosos. La plaza llena con entradas a precio de primeras figuras, mofándose en público de la afición: como las entidades financieras y allegados. La crisis. Los toros. No le faltaba razón a Ortega.

El 18 de mayo, ante una notable corrida de El Puerto de San Lorenzo —ofensiva, con casta y trapío, creciendo en los tercios, como corresponde—, El Cid, que echaba el bofe de angustia antes de salir sobre las tablas del callejón, no consiguió vencerse ni convencerse. Planchó la muleta y la enseñó, echó el percal, pero ninguna de las telas reía ni lloraba. El público apreciaba en silencio su disposición ¿o era frialdad? Castella, en su primero, cogió ritmo, lo miró, paró y lo metió dentro tirando con la tela baja, con su valor templado. Pero no encontró el estallar rotundo de la ligazón. Se tiró a matar con rabia y pinchó. Vengativo, se le vino el toro en cima en un descuido, y del aire al piso se ensaño con él. Pero no pudo empitonarlo, aunque quería. Ruben Pinar, firme y bastó, rubricó otra tarde grisácea, otra decepción.

En la corrida del 19 —que hube de ver por televisión y a toro pasado— los Núñez del Cuvillo permitieron poner a dos extremeños en lucha por el triunfo. Cada uno en su estilo y en sus faenas, demasiado previsibles: si el segundo de la tarde le dio una paliza a Perera, valiente y arriesgado hasta la extenuación, Talavante dibujó con la izquierda eses líneas largas que le han abierto puertas grandes y desbarató las mismas líneas que le han cerrado las mismas puertas por alargarse y desinflarse. Curro Díaz es otra cosa. Ya lo dijimos cuando cortó su primera oreja. Cierto que tuvo el peor lote, cierto que dejó hermosos detalles. Terminó, herido en una mano, en la enfermería. Abrió plaza un toro de rejones de Luis Terrón, que Moura hijo toreó con gusto: creo que muchos consideraron que fue lo más cuajado del la tarde.

El día 20 de mayo el torero catalán Serafín Marín hizo el paseíllo con barretina envuelto por capote de paseo en una senyera que abogaba por la libertad para esta fiesta en Cataluña y su gesto se interpretó con división de opiniones. Es más que probable que ninguna de las posturas, los pitos y los aplausos, refrendase o censurase la explícita metáfora del diestro: tristemente era más bien sangre enardecida a favor de la Fiesta Nacional (con mayúsculas ambas) en Cataluña y “mala sangre” que se les hizo a otros de ver las barras rojigualdas sustituyendo las sedas floridas. Allá cada cual. Si aplausos torpes, pitos zafios. Serán malintencionadamente aprovechados en ambos casos. Pero mientras escribo estas líneas, el paseíllo de Serafín es hoy portada en todos los periódicos. Valiente el torero de Moncada, cosido a cornadas, que tomó luego montera y muleta y se templó en más de una serie dejando constancia de su patria: la arena de los ruedos. Que es la patria de todos los toreros. También dejó trazos de su buen hacer Eugenio de Mora: aquel torero que pudo ser y no es, que acepta las torceduras del destino con mirada manchega de ave rapaz. Bravo por Eugenio, último exponente del toreo templado de rodillas. Tras los intentos de Bolívar con el último de la tarde, un astifino con trapío y caja, noble y sin picante como la corrida de Baltasar Ibán en general, la gente se fue de la plaza con la sensación, ya rutinaria, de que la feria daba comienzo mañana.
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