Carta sin espacios en blanco
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 21 de mayo de 2010, 21:24h
Madrid, a 12 de Septiembre de 1941
Querido Luis, mi genial calígrafo:
Esta guerra nos está complicando la vida a todos. Si la Cruzada de Hitler contra el bolchevismo fracasa, podría ocurrir que el comunismo y el ateísmo se adueñaran del mundo. Y, por si fuera poco, España se queda aislada con su hidalga pobreza. Bueno, al menos el Caudillo nos mantiene en la paz, y mi hermano V., como sabes, está seguro que Hitler acabará con la Rusia soviética. Muchos oficiales superiores soviéticos se han pasado a los alemanes, ofreciéndose para luchar contra los soviets. ¡Uno de ellos ha sido el mismísimo jefe de Estado Mayor del mariscal Timoshenko! Si Hitler deja claro que la guerra no se entabla contra la Santa Rusia, sino contra el comunismo bárbaro, los alemanes ganarán la guerra pronto. Pero yo quiero escribirte esta carta para darte una noticia que nos ha hecho inmensamente felices tanto a R. como a mí: el próximo febrero, si Dios quiere, seré madre. Si nace niño se llamará J., y si niña, P. En otro tiempo hablé contigo de los nombres de los hijos que quería tener. ¿Te acuerdas? Pero, perdona, ahora sería un recuerdo impertinente... La verdad es que estamos los dos locos de contentos, como no puede ser menos. ¡Traer un ser humano al mundo! ¡Ayudar a encarnar un alma! ¡Permanecer para siempre de algún modo en la corriente humana! Teníamos tantas ganas…Mi madre también está loca de alegría. Por cierto, me ha dicho que estuviste ayer en su casa para visitarla. Hacía mucho tiempo que no te veía, y me ha dicho que te ha encontrado más delgado y trefe - ¡y no te estoy llamando judío! - de lo que ya sueles estar. Debes cuidarte, amigo Luis. Comer y cenar en la pensión, y dormir las ocho horas correspondientes. Tienes que venir a vernos en estas horas de alegría. Tú, como nadie, sabes darme alegría, y mi hermano L. dice que es muy importante que esté contenta y alegre. Alégrame, Luis. Cuéntame tus cuentos de Gere. Te necesito muchísimo. ¿Por qué no te pasas el sábado con nosotros y celebramos contigo la buena nueva? He entregado en propia mano esta carta a la señora de la pensión para estar segura que la lees hoy mismo. Quiero verte, saber que estás bien, que eres feliz, y que me hagas reír mucho. Que tu amiga está embarazada de cuatro meses, hombre. Ven. Te lo ordena tu madrina. Quiero saber que estás bien, y estoy preocupada contigo. Y eso es malo en mi estado. ¿Entiendes? Además, estoy empezando a escribir un libro sobre San Juan de la Cruz. ¡Mi primer libro! Quiero que sea una biografía y un libro de crítica literaria, de valoración. Y sólo tú sabes recitar a San Juan como Dios manda. Que sepas que ya cuento contigo para comer y cenar. Ven. Y piensa que nuestra grandísima amistad está grabada en el firmamento de forma indeleble. Y tiene la pureza del Cielo. No te preocupes jamás. Considera cómo una pareja de mariposas glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo, un solo día vale por una vida entera. Y las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros. Ven a casa, mi dulce Luisín, como te llama tu hermana V. Déjame cuidarte un poco. Cuidarte a ti representa para mí el mayor de los placeres. Ver tu sonrisa me dará energía y, lo que es mucho más importante para mí en estos momentos de estar en cinta, alegría, mucha alegría. Ven ya, y deja de roncear tus apariciones queridas.
Tu amiga Josefina
P. D. Me he enterado de una hermosísima historia, de cómo te hiciste amigo de Don Ángel Herrera Oria después de que un brutal “sargento de ferrocarriles” te torturase horriblemente en la prisión con una vara de acebo nudosa. Tú no le quisiste contar la mezquina razón que le llevó al feroz sargento a darte la paliza ( una razón que hubiese llevado al malvado sargento a la cárcel de inmediato ), sino que sencillamente dijiste a Su Eminencia:
? Nunca hay razón suficiente para pegar a un ser humano.
Desde aquel momento Don Ángel Herrera Oria quedó prendado de ti, y no hay día que no rece una oración por tu bienestar personal. ¿Lo ves? Lo mismo que tu madrina que tanto te quiere.
Cuando vengas a vernos tengo preparado para ti un regalo muy dulce que compré en Viena la última semana de agosto, durante la gira que R. dio en Austria, concretamente en Linz, en Viena, en Salzburg y en Innsbruck. Por cierto, Viena, la Viena de la pobre Sisí, tiene unos museos grandiosos, tanto en pintura como en arqueología; los vestigios de Éfeso y de algunas ciudades de Egipto son sublimes. En su gran Museo de pintura pude admirar los impactantes cuadros de José Arcimboldo, de Alberto Durero, de nuestros Velázquez y Murillo, de los Cranach, padre e hijo, de Rubens, del asombroso Vermeer, del gran paisajista urbano Canaletto, y de tantos otros. Los vieneses se sienten, por lo demás, muy contentos incorporados al Reich, a pesar de la guerra – Viena ya ha sufrido algún pequeño bombardeo de la R.A.F. cerca de su gótico Ayuntamiento -, y recuerdan con alegría y felicidad el día en que el Führer les habló cariñosamente y con pasión pujante desde una tribuna del Museo de Éfeso frente a la hermosa estatua de la Reina María Teresa, sentada en su trono, rodeada de cuatro de sus más fieles, y mejores ministros, como Kaunitz, el gran consejero de la pobre reina austríaca María Antonieta, acusada de tribadismo y estupro incestuoso con su pequeño hijo, el príncipe Luis Capeto, días antes de ser guillotinada. La gente – aunque te parezca mentira – era inmensamente feliz oyendo a “su” adorado führer. Al fin y al cabo, Adolf Hitler es austríaco, de una pequeña ciudad que hace frontera con Alemania, cuyo nombre ahora no recuerdo. Como ves, se me acaba el papel para seguir enlazada a ti. Adiós, mi dulce Luis.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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