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crítica

Al Gore: Nuestra elección. Un plan para resolver la crisis climática

viernes 21 de mayo de 2010, 23:58h
Al Gore: Nuestra elección. Un plan para resolver la crisis climática. Traducción de Rafael González del Solar. Gedisa. Barcelona, 2010. 416 páginas. 29,50 €
Al Gore fue vicepresidente de Estados Unidos durante ocho años (Clinton/Gore, 1993-2001). En las elecciones presidenciales del año 2000, como candidato demócrata, obtuvo el mayor número de votos populares, ganando finalmente George W. Bush por el mayor número de votos electorales. A partir de entonces comenzó su carrera de comunicador ambientalista, que tiene en el documental Una verdad incómoda su mejor expresión. Su trabajo de concienciación se vio reconocido, junto con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, con el Premio Nobel de la Paz del año 2007.

El activismo ambientalista de Al Gore ha tratado de difundir los terribles efectos que el cambio climático de origen antropogénico –es decir, el efecto invernadero generado por el hombre– puede ocasionar a la humanidad y al equilibrio de la biosfera. La mayor fuente de emisiones de gases de efecto invernadero procede de la producción de energía a partir de los combustibles fósiles, carbón, petróleo y gas natural. Su labor de comunicación política señala la necesidad de tomar una decisión firme y común que modifique el actual modelo de producción energética. Fortalecer y desarrollar un consenso global alrededor del cambio climático es la labor política que su liderazgo propone.

En este libro que ahora publica, Nuestra elección. Un plan para resolver la crisis climática, Gore vuelve con nuevas energías a su tarea divulgadora antes de que sea demasiado tarde. Su finalidad es eminentemente práctica: llevar a un cambio en el comportamiento de los habitantes del planeta que modifique sus insumos de carbono. Estos proceden del consumo de electricidad producida por fuentes no renovables, de la falta de eficiencia en el transporte o de la actividad agropecuaria, responsable de la mitad de las emisiones de metano de origen humano. Expone de manera intuitiva, gracias al importante reportaje gráfico, las principales causas del efecto invernadero antropogénico y las soluciones energéticas que corregirían las emisiones.

Gore plantea problemas que van más allá del cambio climático, como la dependencia energética exterior o el peak oil (pico petrolero). Algunos geólogos y economistas afirman que probablemente estemos en el máximo de producción global de crudo pero, independientemente de que sea verdad o no, es sólo una cuestión de tiempo que el mundo se vea obligado a adaptarse al desajuste entre la menguante tasa de descubrimientos petroleros y la demanda cada vez mayor de petróleo por parte de las economías emergentes, China y la India. Las tres crisis, la de la seguridad, la de la economía y la del clima, parecen tener una respuesta común: independizarse de los combustibles fósiles y desarrollar la infraestructura y la tecnología para un cambio hacia formas renovables de energía.

Estudia el ex vicepresidente norteamericano el coste de las energías renovables señalando que será cada vez menor, necesitándose políticas que compensen las ventajas artificiales que los subsidios otorgan al petróleo y al carbón. Al hecho de que su combustible es gratuito de manera ilimitada se suma su capacidad de mejora gracias a la innovación y la eficiencia. La producción de tecnologías renovables se comportará de la misma manera que la demanda de ordenadores ha llevado a sus fabricantes a tener mayores presupuestos para investigar y desarrollar la tecnología informática, reduciendo su precio.

La idea fundamental que Al Gore quiere transmitir es que se ha llegado a un punto donde se debe tomar una decisión colectiva de nivel trascendental; el resultado de esta decisión será decisivo para la conservación de nuestra civilización. Sin embargo, el cambio climático de origen antropogénico no ha generado unanimidad, desatando algunas polémicas entre ecologistas y los llamados "negacionistas". Para los ambientalistas son los intereses que se derivan de estas energías no renovables lo que impide que se tomen decisiones globales comunes. Al Gore habla de una campaña de comunicación financiada por la industria petrolera para “reposicionar el calentamiento global como teoría en lugar de como hecho”. Para otros, es el lobby ecologista el que ha exagerado un problema cuyo origen no está confirmado.

En este sentido, Bjorn Lomborg, autor de El ecologista escéptico, alerta de que el gasto de recursos en la reducción de emisiones es un derroche inútil que no va a reducir el aumento de temperatura y debe ser destinado a ayudar a los países en desarrollo, que son los que van a sufrir el calentamiento global. Lomborg no niega la realidad del cambio climático pero sí su alcance, que se exagera de manera apocalíptica; la reducción de emisiones es costosa y poco productiva, y el mundo en conjunto se beneficiará más de las inversiones dirigidas a reducir la pobreza y a investigar en el desarrollo de renovables que de las políticas centradas en el cambio climático. Otros no parten de las premisas de Lomborg, que acepta las tesis del cambio climático antropogénico del IPCC. Para los llamados negacionistas, no hay suficiente evidencia científica para defender la existencia de dicho cambio; Nigel Lawson, autor de Una mirada fría al calentamiento global, defiende que, aunque las emisiones de CO² aumentan con gran rapidez, ha habido un estancamiento en el incremento de temperatura. Esto contradice lo expuesto por los modelos informáticos, que son los responsables de establecer las predicciones futuras sobre el comportamiento del clima, base científica de las decisiones globales. Para Lawson, la ciencia climática se halla lejos de estar consolidada.

Al Gore ha elaborado un buen libro de comunicación, de divulgación científica y tecnológica, si obviamos el debate alrededor del origen y consecuencias del cambio climático. Alerta, además, sobre la deforestación y el desmonte de selvas vírgenes para la generación de biodiesel, repensando el impacto de los biocarburantes, sobre la pérdida de la fertilidad de la tierra y la correlativa liberación de grandes cantidades de carbono y sobre la necesidad de estabilizar el crecimiento de la población, señalando que una tasa de mortalidad baja conduce a una población de menor tamaño.

Nuestra elección contiene un fuerte contenido moralista de fondo, pues bajo su perspectiva somos responsables de tomar una decisión que de no producirse hará que las generaciones futuras vivan en un mundo menos habitable y más hostil. La presidencia de Obama supone un cambio en las prioridades de la agenda política norteamericana, y la esperanza de Al Gore reside en que Estados Unidos represente la autoridad moral que el mundo esperaba.

Por Joaquín Fernández Mateo
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