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La democracia en un sólo país

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
lunes 24 de mayo de 2010, 20:11h
Uno de los signos que indican que se cambia de época es la ausencia de la política en los lugares donde se adoptan decisiones políticas. No es una redundancia: las instituciones económicas europeas adoptan medidas que no han sido discutidas en ningún foro político, sea nacional o comunitario. Si los parlamentos eran el lugar central para discutir las orientaciones de las sociedades democráticas, donde las ideas se expresaban políticamente, las Cámaras nacionales no han pintado casi nada en este cuadro. Y el Parlamento Europeo no aparece en un momento en que los ciudadanos de países con el “euro” escuchan, aterrados, la posibilidad de que sus ahorros queden sometidos a una especie de “corralito argentino”. En el mejor de los casos, la institución deliberante por excelencia ha mostrado sus límites. Desde luego, sus miembros, sufren la falta de consideración que los votantes sienten por la política.

Unos años antes de que la crisis mostrara su fea cara, las democracias atlánticas vivían la coyuntura de crecimiento económico más espectacular de la Historia. Ha habido otras con mayores tasas de enriquecimiento. Pero en esta última fase, además de la sensación de omnipotencia que la revolución tecnológica creaba, la sociedad accedía en masa a los beneficios del Estado del Bienestar.

En esas circunstancias, la política, como método civilizado de obtener el poder, había sido desplazada por el dinero. Hay un interesante paralelismo con este papel del dinero. Para simplificar: los poderes económicos mandan más que los Gobiernos, más que los políticos, se suele decir. Pero los políticos creyeron que cualquier problema de resolvía con dinero. Se podía pagar desde la solución a un problema de empleo, a la creación de nuevos derechos sociales.

Esa confianza en que no existían problemas con soluciones difíciles produjo una ideología característica. La política como arte de “los conseguidores”, unos personajes dadivosos de un famoso concurso televisivo. El síndrome de “los conseguidores” llevó a toda Europa a confiar su seguridad colectiva a Ejércitos con soldados reclutados con dinero. Otra de las formulaciones de esa ideología fue afirmar que “aumentar los impuestos” no era una idea de izquierda. La frase tenía su lógica trucada. La cuestión residía en que la política fiscal era un instrumento que los socialistas democráticos habían empleado para hacer más justa la política económica del Estado.

Mientras la riqueza fluía por doquier las formulaciones “teóricas” no pasaron de este nivel de pura publicidad. Era un “argumentario” apropiado para una política mínima.

De pronto, la Unión Europea, se encontró cercada por el capitalismo internacional, que jugaba como quería con las enormes deudas de los principales Estados europeos. Éstos ya no tenían impuestos capaces para obtener ingresos, y lo que es mucho peor, aunque ahora intentaran aplicarlos de nuevo, sería inútil, pues la riqueza actual se evade sin problemas del marco de los (viejos) Estados.

Los titubeos del presidente Zapatero, y el desconcertante coro de sus ministros opinando de los impuestos a los ricos, responden a que el Gobierno español se ha dado cuenta de que la dimensión nacional no sirve tampoco para aumentar la recaudación fiscal sobre la riqueza y sobre el capital. Como el dinero que falta ya no sale (como en el pasado) del ámbito estatal, los Gobiernos no tienen más opción que apretar a los únicos que cobran “estatalmente”: los funcionarios y los pensionistas. Y no se les imponen tributos, porque no pueden contribuir más, sino que directamente se les exprime en sus retribuciones. La impotencia tributaria lleva a los “Estados nacionales” a aplicar exacciones propias de épocas antiguas.

Lo mismo le acaba de pasar al Gobierno alemán. La canciller Ángela Merkel creyó que Alemania podía regular sola un producto financiero –“las ventas en corto al descubierto”-. Merkel, llevada de un populismo bienintencionado, lo prohibió en ciertos casos y supuestos. ¿Qué sucedió después? El dichoso producto financiero emigró velozmente a Londres, donde se negocia libremente con él, en libras esterlinas, y al fugarse del sistema del euro, debilitó a la moneda europea, dejando a las empresas alemanas que obtenían así dinero para hacer frente a sus deudas, en una desgraciada posición.

¿Cuándo la Unión Europea tendrá una posición común para reformar el sistema Bretton Woods-GATT, el averiado sistema económico mundial? Mala cosa es que un problema de deuda se intente solucionar endeudándonos más. El problema es mundial, y los dirigentes europeos deben salir de su limitada autarquía ideológica, sólo preocupada por las próximas elecciones. Un teólogo-economista del siglo XVI, Martín de Cellorigo, a propósito del endeudamiento español de entonces, definió a los líderes de su tiempo como: “Hombres encantados, viviendo fuera de la realidad”. ¿No convendría pensar en un gobierno de coalición con un horizonte de seis años para acometer las gigantescas tareas que nos aguardan?

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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