De tertulias y tertulianos
sábado 29 de mayo de 2010, 16:11h
Hoy voy a hablarles de tres fenómenos que por alguna razón tienden a confundirse: la locuacidad, la garrulería y la charlatanería. Admito que hay cosas mucho más urgentes de las que ocuparse, pero nunca está de más dedicar unos minutos a meditar sobre el significado de las palabras: nuestra incapacidad para comprender ciertos hechos se debe a menudo a que empleamos un lenguaje inadecuado.
Comenzaré aclarando la diferencia entre los dos primeros de acuerdo con lo que hizo el primer tratadista del tema, Teofrasto, el discípulo predilecto de Aristóteles, en los capítulos tercero y séptimo de sus Caracteres.
La locuacidad, decía el filósofo griego, es una incontinencia de palabra que convierte a quien la padece en un pesado y a quien la sufre en una presa acorralada. El tipo locuaz no para de platicar en ningún momento, cualquiera que sea la ocasión, aunque esto no significa que no sepa lo que dice o que diga sólo tonterías. Su defecto no es la insensatez, sino la verborrea. El desenfreno de su lengua tiene más que ver con la necesidad de escucharse que con la de comunicarse y, por eso, resulta tan fatigoso. Este tipo de personas juegan pese a ello un cierto papel social, pues alegran los saraos, sobre todo cuando la gente no se conoce, algo que por desgracia no siempre sucede. Teofrasto hizo gala de excelente humor al rematar el capítulo dedicado a la locuacidad citando a unos niños cuyo progenitor padecía este mal: “Anda, papá, cuéntanos algo para que nos entre el sueño”.
La garrulería es otra cosa. El gárrulo habla tanto o más que el tipo locuaz, pero lo hace sin ton ni son, como si simplemente odiara el silencio. Carece de tema de conversación y va de una cosa a otra sin que nada lo frene. Para este tipo de sujetos es indiferente si su interlocutor está vivo o muerto, el caso es tener alguno a mano. El filósofo griego dibuja muy bien su figura evocando la imagen del desconocido que se sienta por casualidad a nuestro lado y empieza a relatarnos lo que soñó la noche anterior o a explicarnos lo bueno que sería para el campo que lloviera. El texto clásico sobre la garrulería, , un opúsculo el que se muestran las funestas consecuencias de este vicio y sus improbables remedios, lo escribió Plutarco. Al igual que los Caracteres, es un texto muy recomendable, lleno de observaciones agudas. Mi favorita aparece al principio, cuando comenta que la naturaleza se mostró compasiva con nosotros al otorgarnos dos oídos y una sola lengua.
Tratemos, por último, de los charlatanes. El charlatán, de acuerdo con la raíz italiana del término, es el individuo que va por calles y plazas embaucando a la gente con sus discursos a fin de colocar sus mercancías. Si habla mucho no es por locuacidad o garrulería, sino porque sabe que el silencio es necesario para pensar y que su ausencia favorece el negocio. Frente al comerciante honesto, que expone su género al juicio reflexivo del comprador, el charlatán no duda en confundirlo, sin duda porque es consciente de que la intimidación funciona mejor que la argumentación, sobre todo cuando se mercadea con quincalla. Dicha quincalla puede serlo efectivamente, o sea, cosas de escaso valor, pero también pueden ser opiniones y creencias, el género de políticos y tertulianos, gremio que en España ha adquirido la omnipresencia de un grifo que gotea.
Los tres tipos indicados tienen en común la falta de sobriedad, el apresuramiento a la hora de dar cualquier respuesta, la propensión al exhibicionismo y un odio mortal al silencio, del que Sófocles dijo que encierra muchas cosas bellas, principalmente el oír y el ser oído. Tal vez por eso se decía antes que las personas bien educadas aprenden primero a callar y luego a hablar. Mientras que los hombres hablan, los dioses, mucho más sabios, guardan silencio. Es un signo de los tiempos sobre el que valdría la pena reflexionar un poco que a este sólo se le consagre ya algún minuto suelto para protestar contra cualquier acontecimiento deplorable.