Días de fútbol
Mariana Urquijo Reguera
x
lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 29 de mayo de 2010, 16:16h
Hace dos semanas terminaba la carrera de fondo que ha sido la liga de fútbol española, y una semana después, Madrid se convertía en el centro del mundo acogiendo la final de la Champions en el Bernabeu. Al día siguiente comenzó la cuenta atrás para el pistoletazo de salida del mundial de fútbol. De este modo, la vida social del mundo mundial se puede contar a través de los acontecimientos del fútbol, tanto nacionales como internacionales.
¿Pero qué tiene este deporte que pone en juego una pelota entre dos equipos formados por millonarios en pantalones cortos que deben someterse al ‘arbitrio’ de cuatro observadores que procuran aplicar unas reglas difusas y siempre ambiguas?
El fútbol se suele estudiar desde la psicología de las masas. Desde el psicoanálisis de Freud o desde el mismo conductismo, se intenta analizar el fenómeno del hincha, la movilización que cada partido genera antes, mientras y después, las miles de conversaciones que acaparan la vida social de nuestra cultura contemporánea, pero, ¿qué dice la psicología individual?
Como una derivación de la psicología social, el estudio del individuo volcado en un equipo de fútbol, en una selección, aquel que se siente apasionado por este juego, se suele describir y estudiar desde el punto de vista de la necesaria pertenencia del individuo a un grupo. Grupo que en este caso se elige como fruto de una decisión personal ya sea por motivos genealógicos, familiares o geográficos o por identificación. Sin embargo, cómo vive cada sujeto un evento de estas características, un partido y la propia filiación a un equipo.
La reacción psicológica ante la expectativa de triunfo o fracaso, ante el hecho efectivo del triunfo o del fracaso, genera una serie de reacciones cerebrales que son propias de la adicción, de la ludopatía. La tensión y la euforia como emociones necesarias para la vida se encuentran en la base de la construcción social del fútbol.
lacajadelostruenos@yahoo.es
Si muchos lo asocian como el moderno circo romano, como el contemporáneo opio del pueblo, quizá deberían pararse a pensar en la dificultad que encuentran los individuos en apasionarse con los hechos cotidianos de su propia vida, con los componentes de sus propios proyectos vitales. Ahí es donde el fútbol ofrece un torbellino constante de posibilidades de pasión y emoción extrema, que por otro lado son tan pasajeras como efímeras, pero que trascienden al ir construyendo un relato histórico en el que el individuo se inserta, una historia colectiva a la que el individuo une su propio relato biográfico.
La identificación con el grupo es pues un mecanismo psicológico esencial en este fenómeno. Por ello, encontramos hinchas y fanáticos del fútbol de toda clase social y de todas las nacionalidades. La identificación significa a la vez diferenciación, y lucha entre contrarios. Encontramos pues los elementos básicos de una guerra, que en este caso es simulada o atenuada por el componente olímpico.
Esta identificación con los compañeros de hinchada produce a su vez situaciones propicias para la liberación de líbido, de impulsos que cotidianamente están atenuados y reprimidos. La identificación con el equipo tiene otros componentes: el equipo es un ideal en el que el tifoso no interviene: no decide la alineación, no decide la estrategia, no toca el balón, y sin embargo, como buen contemplador, se siente juez y parte de los acontecimientos y de sus resultados, el seguidor participa de la deriva del equipo, identificando equipo a objeto de deseo, pero un deseo que queda fuera del sujeto, fuera de su dominio, por lo que sus satisfacción o frustración también quedan en manos ajenas. Como buen espectáculo, tampoco el fútbol existiría sin ese público fiel. Fútbol y seguidores de necesitan mutuamente.
Esta alienación es también crucial a la hora de entender este fenómeno de masas: tu decides del equipo que será el niño de tus ojos, y ellos, en su independencia y en la incertidumbre de los resultados, aportan una cuota de satisfacción o frustración. Dejar esa satisfacción en manos ajenas habla de la imposibilidad cotidiana de que cada uno sea responsable de su propia satisfacción libidinal, habla de la necesidad de delegar, de dejar de ser uno mismo durante esos largos tiempos de futbol, de evadirse de la propia mismidad y de la complejidad propia para que sea la ajena la que llene una buena parte de nuestra vida y de nuestro ser.
|
Filósofa, profesora e investigadora.
|
lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
|