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Mitos de las cosmovisiones materialistas I parte

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
miércoles 02 de junio de 2010, 19:33h
Mediante una pertinaz agresión contra el cristianismo, se han venido promoviendo tres mitos de cosmovisión materialista. Con la acometida se promueven cambios constitucionales y hasta la idea de eliminar toda referencia de Dios en la Constitución. Esos mitos son, 1) que un mundo desarraigado de la cultura cristiana es más pacífico y seguro, para lo cual niegan que el fundamento de los derechos humanos radica en los valores cristianos, 2) que la cultura cristiana impide el avance de la libertad individual y la moral y 3) que el cristianismo es enemigo de la ciencia y la razón. En tres artículos combatiré estos mitos. Con este primer artículo, pretendo combatir el mito que arguye que la fe escandaliza a la razón y que es enemiga de la ciencia. Sostener que la cultura cristiana es enemiga de la ciencia refleja desconocimiento o mala fe. Empecemos preguntándonos: ¿por qué la ciencia, -como empresa organizada y sistemática- surgió durante el apogeo de la cristiandad en Europa? Se debió a la importancia primordial que el cristianismo da a la razón. Por ello el desarrollo continuo de la ciencia surge como producto de la cultura cristiana. Aunque sabemos que los griegos desarrollaron actividad académica, no lo hicieron sistemáticamente mediante instituciones permanentes. Son las órdenes cristianas las que legaron al hombre el concepto y fundación de las primeras universidades del mundo, procreadoras a su vez de la investigación científica. El concepto universitario surge de esos monasterios porque el verdadero cristianismo no solo es búsqueda de lo trascendente a través del espíritu, sino también a través de la razón. Analicemos solo un ejemplo de lo que aquí afirmo. Cientos de años antes del descubrimiento de la relatividad del espacio y del tiempo, la búsqueda racional que hacían San Agustín y otros padres de la teología cristiana, los llevó a concebir el concepto, -hoy plenamente científico-, de que antes del surgimiento del universo, el tiempo no existía. Aunque Agustín hacía una afirmación que contradecía la intuición sobre la naturaleza de la realidad física, por la astrofísica actual sabemos que aquel razonamiento -derivado de su fe-, es una verdad. El tiempo es una propiedad del universo que nació con éste mismo a partir de un instante dado. Aunque cause escozor a algunos, fue una de las conquistas más abismales de la razón humana y primariamente la debemos al razonamiento cristiano producto de su convicción espiritual. Después -y solo después-, lo confirmó la ciencia. ¿Pero cómo resumir la esencia del debate? Los científicos dan por sentado la idea de que el universo funciona según leyes. El físico E.Wigner confiesa que el fundamento matemático de la naturaleza “es algo que raya en lo misterioso, sin que exista explicación racional para ello”. Pues bien, los creyentes sostenemos que, en tanto lo que existe refleja implacables evidencias de orden y propósito, su causa primigenia debe ser razonable. En síntesis, para quien cree, es lo racional el fundamento de lo existente. Absoluta defensa de la razón. Por el contrario, quienes rechazan la fe, afirman que lo existente conocido es producto de un azar incausado, o sea, de la sinrazón. Bajo ese prisma materialista, hasta la razón misma debe considerarse hija casual de lo irracional. Por el contrario, la ciencia hunde sus raíces profundamente en la abonada tierra del cristianismo, porque sin el presupuesto de que el cosmos estaba ordenado y era accesible, la ciencia era inviable. Un concepto que originalmente Europa debe a la judeocristiandad. Por ello las ideas de ciertos griegos presocráticos -que hicieron filosofía sobre la base de un mundo accesible a la razón humana-, fueron ahogadas por la irracionalidad del culto a las caprichosas deidades paganas. Por el contrario, la coherencia ideológica de la cultura cristiana sienta las bases de la era de la ciencia y la razón. Por ello Whitehead, en su clásica obra Ciencia y mundo moderno, concluye que la fe en la viabilidad de la ciencia es una derivación de la teología medieval. Aún más, los reconocidos fundadores del método científico son dos indiscutidos creyentes, el Obispo Grosseteste y Fray Roger Bacon.

A raíz del prolongado caos provocado por las invasiones bárbaras contra el mundo grecorromano, al cristianismo tocó la ardua tarea durante el Medioevo, de adquirir, preservar y promover el conocimiento. Ahora los enemigos del cristianismo, por desconocimiento o mala fe, promueven el mito de que la ciencia surgió como una revuelta contra la cristiandad. Por eso, entre otras falacias, han manipulado la historia para reescribir el caso contra Galileo haciéndolo aparecer como ejemplo de la guerra entre la “fe ignorante” y la “razón ilustrada”. Pero como bien lo afirma el prestigioso historiador D.Lindberg, tal guerra nunca existió. La realidad es que la teoría del heliocentrismo no era nueva en los tiempos de Galileo. A lo largo de la edad media la idea ya existía. Pese a que sabemos que la teoría que defendía era correcta-, varias de las pruebas y argumentos que aportó para sustentar su razón, lamentablemente eran incorrectas, lo que debilitó el fondo de su tesis. Esto dio pie para que científicos conservadores de la época lo vencieran al confrontarlo. Galileo persistió inyectando polémicos elementos teológicos y sumó el hecho de que ridiculizó al Papa al montar un diálogo ficticio en donde el personaje que representaba a Urbano VIII resultaba abiertamente estúpido. Por ello le impusieron una sanción de arresto temporal en el lujoso Palacio del Arzobispo de Siena, y después se le permitió seguir investigando. En la historia de la Iglesia no existe otro ejemplo donde se impusiera condena por una teoría científica. Lo que sí es cierto es que el opulento poder que acumuló el clero, alejó a sus más poderosos representantes de toda espiritualidad sincera, arrastrándolos a la arbitrariedad abominable de la Inquisición. Pero salvo ese caso, las persecuciones inquisitoriales no eran por asuntos científicos y nada tenían que ver con la genuina vocación cristiana, pues su verdadero trasfondo eran intereses político económicos que aquellos poderosos disfrazaban de teología. Ahora bien, el problema de la cosmovisión ultrasecular es que se basa en el espejismo de que el desarrollo material puede satisfacer integralmente las necesidades humanas y que uno de los motores de ese desarrollo -la ciencia-, es la única generadora de la verdad. Pero el genio de Kant liberó a la razón de la idolatría de las cosmovisiones materiales, pues por él sabemos que el conocimiento humano siempre estará cautivo de nuestro limitado mecanismo de percepción sensorial. Lo paradójico es que, quienes defienden ese mito materialista de que es la azarosa sinrazón la causa inicial de todo lo existente, se han dedicado a descalificar a los creyentes como irracionales. Sustentan su discurso en una cosmovisión limitada que los ha convertido en una suerte de talibanes del materialismo. Continuaremos respecto de los otros mitos.

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Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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