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Las consecuencias de un Reino Unido liberal-conservador

viernes 04 de junio de 2010, 19:22h
Tiempos de grandes cambios en el Reino Unido. La formación del primer gobierno de coalición desde hace setenta años no sólo ha traído un insólito gabinete formado por conservadores y liberales, sino que puede tener consecuencias mucho más profundas en la democracia británica.

La gran novedad de las últimas elecciones no ha sido David Cameron por haber logrado llevar a los conservadores a la victoria después de trece años, sino Nick Clegg, el líder de los liberaldemócratas, que ha pasado en dos meses de ser prácticamente un desconocido para el gran público a ocupar el cargo de viceprimer ministro y transformar a un partido minoritario en la clave de la gobernanza británica. No conforme con esta extraordinaria hazaña, su principal objetivo en el gobierno es cambiar la ley electoral y lograr así que un sistema que penalizaba siempre al tercer partido permita a los liberaldemócratas jugar un papel mucho más importante en la política de su país. En esta legislatura tendrá lugar la mayor reforma electoral desde 1832 y con ella Nick Clegg su principal defensor se habrá ganado un lugar destacado en la historia de Inglaterra.

No cabe duda de que el matrimonio de conveniencia entre conservadores y liberales en un contexto económico tan difícil como el que atraviesa el Reino Unido puede acabar en un escandaloso divorcio, pero también es muy probable que el tándem Cámeron-Clegg sobreviva con éxito a esta legislatura y como consecuencia de ello tanto los conservadores como los liberales salgan reforzados en las próximas elecciones. En ese caso los laboristas tienen mucho que temer, pues este puede ser el comienzo de una nueva era en la que ellos dejen de ser la alternativa en el gobierno y pasen a ser el tercer partido. Quien crea que esto es imposible no tiene más que remontarse varias décadas atrás en la historia británica. Tradicionalmente los conservadores y liberales se alternaban en el poder hasta que irrumpieron los laboristas en los años veinte, y en una sociedad tan polarizada y dividida entre clases sociales como la de entonces, los laboristas lograron atraer a los votantes de centro-izquierda hasta tal punto que los liberales prácticamente desaparecieron como partido. Pero ahora puede pasar justo lo contrario, que los liberaldemócratas logren consolidarse como un gran partido de centro-izquierda y arrinconen a los laboristas en la izquierda y sin posibilidades de volver a formar gobierno.

La lección que conviene aprender del caso británico para el resto de las democracias europeas es que en ningún sitio está escrito que los terceros partidos estén condenados a simplemente atraer el voto de los desencantados sin ninguna posibilidad de alcanzar el poder. También, que en estos tiempos de crisis ya no es posible justificar el despilfarro gubernamental y la deuda pública, ni siquiera por jefes de gobierno tan experimentados en política económica como Gordon Brown.
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