Salvemos los bares: ese bien público
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 04 de junio de 2010, 19:28h
Recientemente he descubierto una curiosa campaña publicitaria contra la reforma de la ley del tabaco promovida por las asociaciones de empresarios de locales de ocio nocturno. Según afirman, 15000 empleos se perderán por culpa del cierre de 3000 locales, a lo que habría que añadir un agravamiento de los problemas de ruidos en la calle. Sólo les ha faltado alegar que la industria del colirio para los ojos caerá en picado.
Así deciden algunos celebrar el día mundial sin tabaco: defendiendo su consumo. Si vamos a jugar a la argumentación dramatizante y a practicar la guerra de números, hagámoslo: Según Saludalia.com, una persona encerrada durante 5 horas en una habitación de 30 metros cuadrados de superficie, en la cual se fumasen 2 cigarrillos a la hora, estaría sometida a una exposición equivalente a fumar un cigarrillo. Estas realidades sobre el tabaquismo pasivo –que no predicciones– se traducen en una cifra de entre 5000 y 6000 muertes al año (el doble del número de locales cerrados). Reconozco firmemente que los ceses de negocio son una tragedia que últimamente se produce con gran frecuencia, pero técnicamente puede decirse que no son el fin. Y que me perdone el mundo de la medicina si me equivoco, pero que yo sepa, a día de hoy, la muerte no tiene alternativas o segundas oportunidades.
Estos representantes de la “calidad del ocio” (tal y como se autodenominan), deberían hacer honor a su nombre y probar a liberar de humo los espacios cerrados. Les reto a que hagan la prueba, aunque sea durante un mes. Les reto a que defiendan los intereses de los trabajadores de su sector, para que respiren un aire menos viciado. Les reto a que defiendan los intereses sanitarios de quienes les mantienen acudiendo todos los fines de semana a sus locales para olvidar que sus vidas son una basura.
Estoy de acuerdo en que la vía prohibicionista es siempre un recurso triste. Pero allá donde escasee el respeto tiene que hacer acto de presencia la coacción. Es muy fácil aducir que el respeto a la libertad pasa por dejar que esos enfermos adictos al tabaco que no vean limitados sus márgenes de actuación. Pero también es justo pensar en la intromisión, en forma de humo, sobre la libertad de quienes no lo son. Una ley de espacios separados parece proponer un “Apartheid” entre fumadores activos y pasivos, y sabemos perfectamente que los grupos de gente no se dividen según esa categoría. Una ley permisiva promueve el chantaje: o chupas humo o quedas excluido de todo lo que sea “ocio de calidad”.
Mi consejo: que se ahorren el dinero utilizado en empapelar marquesinas diciendo lo bueno que es para el país pasar nuestro tiempo libre aspirando las delicias de una industria tabaquera descontrolada, y lo empleen para autosubvencionar la fatalidad que se les viene. He de manifestar mi escepticismo ante unas previsiones tan catastróficas (así como ante la causalidad del factor tabaco), teniendo en cuenta que vivimos en un país donde los bares son prácticamente bienes de interés público, lugares privilegiados para la sociabilidad, y de que fuera del ámbito privado monopolizan el consumo de otro gran vicio no estigmatizado, el alcohol. Pero aun siendo dichas cifras ciertas, señores, me da igual: están ustedes defendiendo que se permita la expulsión indiscriminada de veneno en lugares cerrados.
Estoy más que harto de que se exija la perpetuación de prácticas irresponsables, insostenibles, y sin sentido bajo la excusa de que son buenas para la economía (pero malas para todo lo demás).
A mi, por ejemplo, los recortes presupuestarios y la crisis me han afectado muy de cerca, y ante eso no puedo hacer nada, me lo como según me viene. No escribo una misiva al Gobierno ni hago una campaña que exija protección para mi sector (probablemente tan útil o inútil a la sociedad como el de la banca, el automóvil o los locales de ocio). No le deseo la miseria a nadie: que los cultivadores de tabaco, tan perjudicados, se dediquen al más respetable girasol, y que sus amigos de los bares, que tanto se empeñan en convertirlos en criaderos de cáncer, vendan pipas en vez de cigarrillos (precisamente un viejo truco de marketing para aumentar el consumo de los clientes que tienen miedo a perder).
Volvemos al tema de siempre: el mercado contra el pueblo. Cuando no lo es contra la salud, es la ecología, el respeto, las relaciones humanizadas... pero parece que siempre en detrimento del sentido común. Que vivan los beneficios y que mueran las personas.