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El silencio anónimo de José Ángel Valente

Antonio Domínguez Rey
viernes 04 de junio de 2010, 19:36h
En secreto duerme la memoria insepulta del poeta. En una tumba sin otros nombres que el del padre e hijo muerto en edad temprana. Está en un ángulo de la avenida central del cementerio romántico de San Francisco, en Ourense. Una de las alas a la izquierda mediado el remonte entre panteones y batida por vientos de crestas milenarias.

El nombre oculto en la raíz del patrimonio y de la filiación emigrante: Orense, Santiago de Compostela y en Chile, Madrid, Oxford, Ginebra, París, Almería, ciudades vividas en estudio y meditación poética, de emigración y exilio, con dos lenguas ancladas en la matriz de su palabra, gallego y castellano, y otras adquiridas, francés, inglés, italiano, alemán…

No acude en vano su memoria. Es uno de los escritores más agudos de la segunda mitad del siglo XX. Poseía el don del aticismo griego, la síntesis de visión helena, el eidos o forma de la palabra. Así el poema, flor geminada del pensamiento.

Y viene su recuerdo al hilo de vigencias extrañas en nuestros usos culturales. Pienso en el ruido mediático de hace poco tiempo en centros de la Universidad española. Lo que en sí mismo es un acto de exaltación democrática, pierde condición ciudadana al extrapolar las funciones de edificios consagrados al desvelo de la ciencia, las artes y el pensamiento.

Valente desmenuzaba con acritud de estilo el estado intelectual de gran parte de la Universidad y cultura españolas en las últimas décadas del siglo XX. Invitado en cierta ocasión a un acto universitario en el sur de España, abandonó la sala porque el rector cedió la silla magna a un político de la zona. El gesto del poeta fue duramente criticado. Y su respuesta, fulminante: la silla rectoral ni al Rey le pertenece.

Profesores de Literatura del lugar sureño aludido lo habían invitado en otra ocasión a un seminario sobre Cervantes. También tuvo que abandonar la sala al percatarse, me dijo, de que el director del departamento ni había leído El Quijote. La crítica también se cebó en lo que consideraban orgullo.

Esta fama de arrogancia cundía en el medio por él criticado. El tono creció en altura cuando lo invitaron a entrar en la Real Academia de la Lengua Española. Se lo pedía un grupo de numerarios. ¿Academia? Les recordó la respuesta de Juan Ramón Jiménez en igual situación: sería como llevar un árbol al Ministerio de Agricultura.

Prueba de este espíritu independiente fue la vivida por quien suscribe a las puertas de la Academia de San Fernando de Madrid y dentro de su recinto. Habíamos quedado allí media hora antes de iniciar Valente una lectura pública de sus poemas. Paseamos algunos metros por delante del edificio. A los pocos minutos llegó doña Carmen Romero, esposa del entonces presidente del Estado español. Se conocían desde algún tiempo. Saludos efusivos, sonrientes. Conversaron, subieron juntos al piso de la conferencia. Más saludos con otros invitados y animada aún la conversación a poco de entrar en la sala y entre los pasos que conducían al estrado. Doña Carmen se sienta en primera fila y Valente sube, toma asiento, escucha las palabras del presentador, y comienza su charla. El tono de su voz tenía vibraciones entre graves y de resonancia modulada que, me consta, atraían al auditorio femenino. Me lo dijo en otro acto una mujer que lo escuchaba por primera vez, en París: “Este hombre tiene vibración especial para nosotras las mujeres”.

Las palabras iniciales ante doña Carmen y el auditorio, confiadas aquí a la bruma del recuerdo, fueron éstas: “Conviene que el intelectual se mantenga a distancia del político y de su entorno influyente”. Así, directo, y convencido. La sombra de los cuadros se hizo espesa en los muros. Y luego, la voz clara, profunda, de sus poemas.

Sabido es, o era, que a doña Carmen la seguían, allí adonde iba, un largo y amigable cortejo de poetas, novelistas, conferenciantes… letrados de Corte y Palacio.

José Ángel Valente podía hablar así por el prestigio de su obra, pero también al amparo de las funciones que ejercía en la UNESCO. Era consciente del escenario. Lo ejercía también en el marco de la página periodística. Ahí están sus otros escritos sobre la condición cultural de España en el período de la dictadura y transición política.

Hay quienes pretenden hoy, ante el vacío generado tras la muerte del poeta hace diez años y por corrimiento de aura, callar su silencio y cubrir la ausencia con rebrotes de oficio más que dudoso en verso, línea, estrado y púlpito. No atesoran en la raíz de sus palabras aquella sabia griega, latina, árabe, hebraica, europea, americana… Permítanme: galaica. Y porque él mismo lo decía: “dúas adentradas fontes”, sus dos fuentes permanentes, gallego y castellano, sobre las otras lenguas en que también ejercía competencia.

Y esto era, es cultura, y política. Concédanme los lectores de este periódico en red la cita directa: “De tal xeito que o meu vencellamento indeleble ó mundo galego ten sido mantido tanto en lingua galega como en lingua castelá”.

Necesitamos este silencio creador en la vida pública española.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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