Mercurio y Herse en el palacio del duque de Lerma
martes 08 de junio de 2010, 21:29h
Mercurio es el dios romano réplica del Hermes griego. Protector de comerciantes, viajeros y ladrones, ya de niño robó el ganado a su hermano Apolo, distraído en su tarea de pastor por la belleza del joven Himeneo. Entre los olímpicos, ejerce el papel de mensajero de su padre Zeus-Júpiter, y se le reconoce en la iconografía porque porta el caduceo, su vara, el pétasa o sombrero de ala amplia, y las sandalias talares.
En la mitología griega prealejandrina no es un dios especialmente mujeriego, sobre todo si se le compara con su padre. Ovidio narra, no obstante, en el libro segundo de las Metamorfosis, su obra más influyente, la fábula del amorío del heraldo divino con Herse, hija del rey del Ática Cécrope y hermana de Aglauro y Pandroso, un cuento de seducción y envidia, con tres hermanas, temas harto frecuentes en los relatos tradicionales.
Todo comenzó, según la narración ovidiana, el día en que Mercurio divisó desde el aire la vistosa procesión de las doncellas atenienses portando en la cabeza sendas coronas de flores en honor a Palas con ocasión de las fiestas Panateneas.
Allí sobresalía en belleza, de manera muy especial, una muchacha y el dios, inflamado, recompuso su figura y se dispuso a cernerse hacia ella cual un milano en pos de su presa, nos dice el poeta.
La primera en verlo fue Aglauro, quien, de las tres hermanas, ocupaba la habitación de la izquierda en el palacio familiar. Un ataque de celos y envidia se apodera de la moza cuando el visitante divino le confiesa el motivo de su aparición en la morada real y le asigna, por ende, la tarea de mediadora discreta. A cambio, Aglauro pide al seductor celestial un gran peso de oro al tiempo que lo conmina a salir de la casa.
Interviene, luego, la diosa guerrera Minerva; anhelaba vengarse de un acto de deslealtad e indiscreción cometido contra ella por la joven, y, con tal propósito, acude a la lúgubre espelunca de la Envidia comedora de serpientes y le ordena que emponzoñe a esta hija de Cécrope.
Finalmente, Aglauro, al igual que tantos personajes de este extenso libro, acaba mutando su forma. El castigo que le infligen es el de la petrificación, escena con la que concluye la alegoría.
La obra de las Metamorfosis de Publio Ovidio Nasón se convirtió en el gran repertorio mitográfico de Occidente y surtió historias y motivos para los artistas de todas las ramas de las bellas artes y la literatura.
Prueba notable de ello es la espléndida y singular exposición de tapices renacentistas que se inauguró, recientemente, en el Museo del Prado. Ocho piezas de factura exquisita, enmarcadas en cenefas similares a las de Los Hechos de los Apóstoles de la Capilla Sixtina, componen una película, en otras tantas escenas, de los amores de Mercurio y Herse, tal y como la presenta el poeta latino desterrado al Ponto por Augusto.
Con tonos bermejos y azules e hilo de plata dorada, fueron tejidos en Bruselas por el maestro flamenco y proveedor de reyes Willem de Pannemaker, a partir de cartones de un discípulo aplicado de Rafael.
Los lujosos y elegantes paños, hoy de varios dueños, pertenecían en origen a Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el afamado duque de Lerma y valido de Felipe III, y se pueden contemplar juntos por vez primera desde su dispersión en 1909.
Quién sabe si el poderoso noble y mediador monárquico, elogiado por Luis de Góngora en un acartonado panegírico, no se vería secretamente reflejado en el dios emisario.
De esta suerte, disfrutaría sin duda, de forma acrecida, del hermoso revestimiento de los muros de su vivienda palaciega y el ornato henchiría, a la par, la aureola de su orgullo.