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Fin a una cuestión inacabable

lunes 14 de junio de 2010, 20:16h
Las palabras vuelan y las promesas más fervientes se las lleva muchas veces el viento. Pero aun así, es propósito decidido del cronista abandonar definitivamente o, cuando menos, por largo tiempo el tajo de un tema quizá per naturam hoy por hoy interminable. La reivindicación no ha de comportar, per se, efectos colaterales; no debe ineluctablemente que confundirse las churras con las merinas; es aconsejable que en ciertas ocasiones los niños vayan con los niños y las niñas con las niñas; las matemáticas son lo más opuesto a la fantasía… Dichos o admoniciones del mayor realismo, extraídos del más elemental sentido común, y, por ende, de pertinente y provechoso seguimiento en gran mayoría de veces.

Para intentar librarse de la pesadilla a la que lo ha conducido su desmaña al tratar asunto tan esquinado como la cultura durante el régimen franquista, el articulista no ve mejor opción, ante la insospechada crecida de la correspondencia al respecto, para concluir de su lado con un tema enquistado hasta un grado por él imprevisto que el acudir como postrer argumento al derivado del mundo de los números, escenario celestial imperfectible de la verdad en el sentir de los pensadores griegos de la Antigüedad…

En el primer quinquenio del periodo abarcado en el escrito de marras del novelista y académico, coincidente con el sexto gobierno de la dictadura, esto es, en los años coincidentes con la recuperación del nivel de vida de finales del primorriverato y el comienzo de la llegada de la ayuda económica norteamericana, en el momento en que una relativa normalización de la vida nacional echaba a andar y daba sus pasos iniciales, el panorama educativo e intelectual del país distaba de la precarización o fragilidad. Encauzado por un ministerio rectorado como ningún otro de la España del siglo XX –y, desde luego, del XXI…- por figuras universitarias y políticas de primera magnitud – Joaquín Ruiz Jiménez, Jesús Rubio García Mina, Joaquín Pérez Villanueva, Torcuato Fernández Miranda, los rectores Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo, Luis Sánchez Agesta, Carlos García Oviedo…- la implantación de un nuevo Bachillerato en sustitución del mítico de D. Pedro Sáinz Rodríguez supuso la adaptación más afortunada a una sociedad que se aprestaba a adentrarse por los caminos de la modernidad con vigor y claridad de objetivos, al paso que la enseñanza primaria era objeto de una singular atención por los dirigentes de la citada cartera ministerial.

Al propio tiempo, en un escenario tan significativo de la auténtica potencia de una cultura como el dibujado por las revistas de investigación así como de alta divulgación la calidad era la característica altamente dominante. En un verdadero enjambre de publicaciones de muy digno nivel intelectual y, con frecuencia, también ya tipográfico, Cuadernos Hispanoamericanos, Clavileño, Revista Europea, Destino, Arbor, Anuario de Historia del Derecho, Garcilaso, Espadaña, Proel, La Estafeta Literaria, Poesía Española, Cántico, Entregas, Verbo, Moneda y Crédito, Simancas, Estudios Americanos, Indice Histórico Español (a partir de 1953), revelaban, entre otras muchas, la marcha animosa y, a las veces, el ritmo trepidante de una vida cultural en acelerado proceso de autoestima y ambición desbordada. La sombra de la censura era en la dimensión de ella ahora aludida –y como en cualquier otra- alargada, pero no lo bastante para descepar todos los brotes de discrepancia e, incluso, disidencia, con polémicas en el seno de las “familias” del régimen que abrían grietas crecientes en el otrora granítico muro dictatorial…
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