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Corrida de invierno en junio

José Suárez-Inclán
martes 15 de junio de 2010, 19:30h
El hule azul cubre el gran círculo del ruedo. Cientos de trozos de plomo, como tubos de escape rescatados de un desguace, hacen de taras de sujeción para que no vuele la protección plástica. Como observadores de una gigantesca instalación artística en galería circular, los aficionados miran desde gradas y tendidos. De pronto, catorce operarios dirigidos por un hombre de amplia tonsura, cazadora clara y paraguas marrón, saltan al ruedo y comienzan a retirarlo. Ha llovido sobre Las Ventas y un cielo plomizo, de nubes blancuzcas y sucias, amenaza con nuevas descargas. En unos minutos se han hecho grandes fardos con los hules celestes, una vagoneta trae arena que se esparce a paletadas, la banda afina sus instrumentos, algunos taurófilos inquietos pitan por el retraso, el de la carretilla de cal pinta las rayas concéntricas y los clarines anuncian el comienzo de la corrida.

“Joyerito”, el 1º, se paró en el saludo, costó dejarle cuatro palos, punteó y cabeceó en la muleta a la que acudió a arreones y topetazos; nunca embistió. Manolo Sánchez, más que aseado y con oficio, tardó en despacharlo y optó por el degüello.

“Madrileño” se llevó una media verónica con palmas en el tercio de sombra, aplausos cuando El Juli lo cuidó en varas y oles al comenzar las tandas a derecha e izquierda. Un misterio sociológico: la plaza parecía mostrarse propicia hoy con el torero. Que no era el mejor Juli. Dominador y templado como siempre, pero un tanto al hilo, forzado y retorcido por ambas manos, propenso al barrigazo; barredor y eléctrico, garboso en los remates. No quiso desaprovechar la corriente favorable de la afición, tenía en mente los toros pasados de faena en la feria, y acabó con él de estoconazo. El presidente negó la oreja.

Talavante brindó en 3º. Tres estatuarios, dos firmas, un molinete y airosa salida por alto. Buen recibo. En los medios, espigado y compuesto, metió en cintura al toro codicioso curvando y obligando con mando y gusto. Hasta llegar a una serie de naturales caros que comenzó de frente y acabó quebrado en el remate. Se acercó al callejón a por la espada: debió matar. Sobraban, como ya es habitual, las manoletinas, y aunque dejó el estoque en los gavilanes no tuvo paciencia para verlo caer. El verduguillo fue su perdición.

“Mancheguito” empujó al caballo con tal empeño que dejó al picador sentado en tablas, al penco en el suelo, la montura y los arreos esparcidos por la arena. Bravo. El toro tendía al toque y el recibo del matador, largo y espacioso, llegó pleno de torería en el cambio de manos y el desmayado remate. Pero en los medios el toro acusó el esfuerzo, y tras doblar perdió la chispa —que no la fijeza— en la embestida. Manolo Sánchez no perdió el temple ni la torería. Pero pinchó.

“Acomplejado” acudió bravo como relámpago al piquero: lo derribo junto al caballo en la segunda vara. Toro importante, pero el público —misterios de sociólogos— ya se había enfriado. Julián porfiaba en el platillo, comenzó a llover, se oyó un rumor oscuro de telas de paraguas y un sinfín de aceros demorados dejaron al animal con las patas mirando al cielo.

Había silencio cuando Talavante tomó la muleta en el tercio para torear al 6º. Un silencio que no se levantó. Un ahogo de la noche que avanzaba hacia el camino mojado que había trazado en el arrastre el lomo del toro anterior.

Plaza de Las Ventas de Madrid, 12 de junio, frío. Toros de El Ventorrillo, de buena presentación y notable juego 2º, 3º, y 4º para Manolo Sánchez, El Juli y Alejandro Talavante.
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