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El valor de Simon Wiesenthal

miércoles 16 de junio de 2010, 20:59h
Una mañana de sábado, allá por 1980, la tranquilidad que habitualmente solía reinar en la calle George Haddad de Damasco se vio interrumpida por una fuerte explosión. Provenía de la casa de Georg Fisher, un médico europeo que apenas se relacionaba con nadie, y al que muy pocos habían visto ejercer su profesión. En realidad, ni era médico ni se llamaba Georg Fisher. Su verdadero nombre era Alois Brunner, Hauptsturmführer -capitán- de las SS y mano derecha del tristemente célebre Adolf Einchmann, autor de la llamada Solución Final que se tradujo en el asesinato de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Esa misma mano derecha perdería tres dedos a causa del estallido de un paquete bomba enviado por los servicios secretos israelíes, el Mossad. Años atrás ya había sufrido la pérdida de un ojo en idénticas circunstancias, pero nada de ello le hizo abandonar de un pasado del que decía no arrepentirse. Su pista se pierde en 1992, aunque posteriormente concedería un par de entrevistas en las que proclamaba sentirse orgulloso de lo que hizo.

Alois Brunner y Josef Mengele, el médico del campo de Auschwitz, son casi los dos únicos fracasos de uno de los hombres más extraordinarios de todo el siglo XX: Simon Wiesenthal. Nacido en Viena en 1908, donde estudió arquitectura, con apenas 33 años fue capturado por las SS y deportado Mauthausen. Allí sería liberado por las tropas norteamericanas en 1945. Su estado era deplorable: pesaba 44 kilos y casi no podía moverse. De hecho, era un milagro que estuviese vivo; muy pocos pasaron por una docena de campos de concentración y sobrevivieron para contarlo. 89 miembros de su familia no tuvieron esa suerte, engrosando la infame lista de víctimas de la Solución Final.

Pero Simon Wiesenthal no perdió el tiempo durante su cautiverio. Se dedicó a anotar el nombre y graduación de todos los que participaron en aquella pesadilla y, al acabar la contienda, entregó esas notas a los norteamericanos. Gracias a ello se pudo incriminar a muchos de los encausados en el proceso de Nuremberg, si bien los años siguientes a la finalización de la guerra Wiesenthal vería con estupor como soviéticos y norteamericanos perdían interés por seguir persiguiendo criminales de guerra nazis. En su lugar, preferían reclutarlos para sus respectivos bandos: la partida de ajedrez del espionaje de la Guerra Fría acababa de comenzar. No le importó. Junto a una treintena de voluntarios, fundó el Centro de Documentación Judía en Linz -Austria- en 1947. Su misión, hallar al mayor número posible de criminales de guerra.

Más de medio siglo después, en 2003, anunció su retirada con la satisfacción del deber cumplido. Gracias a su infatigable trabajo, 1.100 antiguos nazis fueron puestos a disposición de los tribunales. Casos como la captura del “número dos” de las SS, Adolf Einchmann, trasladado a la fuerza por el Mossad desde Argentina a Israel para ser allí ejecutado, o el descubrimiento de la verdadera identidad de Karl Silberbauer, el suboficial de las SS responsable de la detención de Ana Frank, son sólo algunos de sus éxitos más sonados. Fue muy difícil. Tuvo que enfrentarse a la incomprensión de muchos, la indiferencia de otros tantos y el odio de sus antiguos enemigos, quienes -supuestamente a través de la organización Odessa- intentaron acabar con su vida en más de una ocasión. Por fortuna no lo consiguieron. Gracias a Wiesenthal, hoy hay menos impunidad. Y la convicción de que la justicia y la verdad siempre acaban resplandeciendo.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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