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El sexo y otros hechos imponibles. Ideas tributarias ante la crisis

jueves 17 de junio de 2010, 16:25h
Al menos en mi época se asustaba a los niños con el coco –aunque ahora probablemente se escriba con dos Kas- o con el dragón de las mil cabezas incendiarias. El monstruo contemporáneo es el poder tributario. No hay foro que se precie en el que ministros, ministrillos, consejeros, ediles o cualesquiera altos cargos investidos del peso de la púrpura, no hagan su correspondiente digresión sobre nuevos impuestos o tasas, sobre la resurrección de los fenecidos o sobre actualización (eufemismo que se traduce por “subida”) de tarifas y tipos. El coco nunca llegaba. Todo lo más se corporeizaba a través de un tortazo o azote (hoy inconstitucional). Pero los impuestos enseguida se hacen realidad.

La imaginación, sin embargo, del poder tributario es bastante limitada. Siempre se acuerdan de las rentas de trabajo, del ahorro, del piso y del coche; del tabaco, de la gasolina y de la cerveza con tapa. Resulta cansino, redundante y aburrido, por lo que sería deseable que devolviera a la biblioteca los libros de la literatura del terror y comience lecturas de fantasía, imaginación y picardía.

Fuera de la imposición queda el sexo. La gente lo practica a su antojo, sin dar cuenta a la Administración Tributaria. Dicen que incluso lo hace con frecuencia y con gusto, hasta en época de crisis. Todos los pecados –beber, fumar, comer y hasta viajar para evadirse- tributan y sin embargo el mortal de los mortales queda al margen del hecho imponible. Incluso a la afamada Viagra se aplica el tipo reducido del IVA cuando debería ser un artículo de lujo. Me preguntarán por el método de estimación. No parece factible la autoliquidación pues se mentiría mucho. Tampoco es aconsejable la instalación de contadores dado que se sabotearían. Ante el vicio no hay más respuesta que la media ponderada en razón de una escala por edades. ¡Ah! Y en esto no cabe discriminación positiva para los gays.

Pasear es también gratuito. También lo es sentarse en los bancos y protegerse del sol bajo los árboles de los parques. En lugar de trabajar (los que disponen de este bien escaso) la ciudadanía pierde miserablemente el tiempo sin producir. ¿Por qué no se cobra la entrada en los jardines? ¿Por qué no se gravan las sentadas en los bancos y en la hierba? Simplemente por desidia. Carece de todo rigor tolerar que las personas se abandonen a su libre albedrío sin que los inspectores de las haciendas múltiples de nuestro Estado multicolor saquen la calculadora. Tomar el aire, que es un bien escaso, debe costar, así como hacer “footing” o bien ocupar el carril-bici o manifestarse con pancartas.

La entrada de cine está sujeta al IVA, pero ver la televisión horas y horas ... nada. Habría, sin duda, que instalar huchas activadoras del encendido de la caja mágica, como en los hospitales. Como algunos intentarían escaparse a Internet o a la radio, debería hacerse lo mismo en PC’s y transistores. Toda diversión debe tributar. Ninguna exención para los amigos de cualquier forma de evasión.
¿Y pensar?

Afortunadamente hace mucho tiempo que se ha dejado de pensar. No interesa como hecho imponible. La recaudación sería insignificante. Además, seguro que dentro de poco se prohíbe.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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