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Fin de una cuestión inacabable (y 2)

jueves 17 de junio de 2010, 16:50h
En numerosas de las revistas con cuya mención terminaba el artículo anterior así como en muchas otras de las publicaciones que veían la luz en las dos ciudades que monopolizaban la capitalidad cultural de la nación –Barcelona y Madrid (¿continúa la situación?...)- colaboraban asiduamente o trabajaban de sol a sol no pocos autores de nombradía represaliados al término de la guerra civil y más o menos proscriptos aún por las esferas oficiales. Así, por ejemplo, el todavía recomendable y en su tiempo magnífico de la cruz a la raya Diccionario de Literatura Española, impreso por Ediciones de la Revista de Occidente en 1949 y reeditado en 1953, estaba dirigido, como bien se recordará, por Germán Bleiberg y Julián Marías -ambos encarcelados acabada la contienda: el primero, prolongadamente y el segundo, por fortuna, fugazmente-, con la participación a destajo de otras plumas de temple liberal, a la manera de José Manuel Blecua, Heliodoro Carpintero, Rafael Lapesa, Manuel Cardenal Iracheta, Jorge Campos, Dolores Franco, Consuelo Burell…

Con mayor intensidad y volumen el fenómeno se visualizaba igualmente en la capital del Principado. Un andaluz sensible en grado sumo a todo lo catalán, como muchos por entonces de sus grandes coterráneos -Melchor Fernández Almagro, Jesús Pabón, Antonio Gallego Burín, Antonio de la Torre y del Cerro, Juan de Mata Carriazo-, Florentino Pérez-Embid, director general de Información –del que dependía la política -y censura…- del libro-, fraternal amigo de Jaume Vicens Vives y decidido protector del sevillano José Manuel de Lara que por entonces, al frente de la mítica Planeta, daba el salto a la cúspide del negocio editorial, potenció y facilitó un incipiente pluralismo en el Principado y un decidido impulso a los autores y obras catalanas que convierte en leyenda urbana algunos de los agravios de la reciente Memoria histórica de aquella gran región española, proel de tantas aventuras intelectuales. La aparición en 1956 del volumen inicial de la Historia de España del conspicuo estudioso catalanista Ferran Soldevila constituye por sí misma un hecho que ahorra mayores expensas exegéticas sobre el fenómeno aludido. En sus densas y bien escritas páginas –nota común ésta última de los historiadores del Principado más sobresalientes de la centuria pasada, v. gr., Bosch Gimpera, Pericot, Maluquer, Vicens, Fontana, Jordi Nadal-, la revisión hipercrítica de múltiples episodios del imaginario histórico colectivo español o castellano agrietaba ostensiblemente la visión más oficial u oficialista del pasado común, con cantos bombásticos, a su vez, de los momentos estelares de la trayectoria de Catalunya.

Las circunstancias de la hora presente han hecho, lógica y comprensiblemente, detener la volandera andadura periodística per se apresurada y espasmódica en el ámbito de lo acontecido en el primer lustro de la década de los 50 de la anterior centuria, sin dar ya espacio a otras enumeraciones stendhalianas sobre la producción cultural del ecuador de la España franquista. En 1951 la bibliografía de una rama tan expresiva de la vitalidad cultural de una nación moderna como la historiográfica se enriqueció con el Cánovas de M. Fernández Almagro; en 1952 con el primer volumen de la biografía política de Cambó, a cargo del sevillano J. Pabón; un año más tarde, Vicens dio a la estampa su incomparable Juan II de Aragón y M. Artola Gallego a su tesis doctoral sobre Los Afrancesados y en 1955 L Sánchez Agesta, quien un bienio atrás alumbraba El pensamiento político del Despotismo Ilustrado español, publicaba Historia del Constitucionalismo español (1808-1936), y, finalmente, en 1956, su paisano M. Fernández Almagro aumentaba su extenso catálogo bibliográfico con el volumen I de su Historia política de la España contemporánea. ¿Ha habido otro quinquenio en la cultura española contemporánea en que se haya entrojado una cosecha historiográfica más óptima? Y al distar de circunscribirse el hecho recordado al estricto ámbito indicado, su trascendencia quizá propicie una reflexión más detenida de los impugnadores de lo aquí defendido sine ira y un poco de estudio.
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