Historia sin memoria
viernes 18 de junio de 2010, 20:04h
Comprendo que el título puede resultar un poco provocador. ¿Se puede concebir la historia sin memoria? Nuestro medio cultural nos presenta múltiples sentencias o admoniciones en un sentido inequívoco: un pueblo sin memoria es un pueblo sin historia, un país sin memoria está condenado a repetir su historia, las naciones que no tienen memoria caen en los mismos errores del pasado, etc. Dejando aparte ese tipo de consideraciones y yendo a lo esencial, a la fragua misma de la historia como indagación del pasado, tenemos que preguntarnos: ¿se puede realmente hacer historia sin memoria? Dado que tanto una como otra miran al pasado, la confluencia en el recuerdo (el ayer recreado) lleva a muchos a enlazar inextricablemente sus destinos. A confundirlas, en una palabra. Y, sin embargo, no es eso, no es eso...
Por no rehuir las cuestiones que se han puesto sobre el tapete, digamos que en términos asépticos sí se puede hacer historia sin memoria, es decir, sin las implicaciones que ésta conlleva (baste pensar por ejemplo en las investigaciones sobre el pasado remoto), pero hay que reconocer que las cosas se ponen bastante más difíciles cuando se trata de los siglos más próximos y no digamos ya nada cuando nos referimos a acontecimientos cercanos en un doble sentido (geográfico y temporal). Se ha dicho que en estos casos el historiador -en cuanto tal- tiene que hacer un esfuerzo por deslindar su labor profesional de sus inclinaciones ideológicas, simpatías políticas o, simplemente, sus convicciones como mero ciudadano. La historia tendría que ser, si no objetiva (aspiración no sólo ilusoria sino en el fondo carente de sentido, porque cada generación tiene su propia representación del pasado), por lo menos imparcial o, si se prefiere, lo más imparcial posible. A la memoria en cambio se le permitiría que fuera parcial, dicho sea en sentido estricto y no peyorativo, pues siempre se recuerda una parte y no el todo, y se recuerda desde una parte, no desde un punto de vista totalizador. Por ello mismo, quien apela a la memoria o se refugia en ella, no tendría que enmascarar su perspectiva subjetivista. En el fondo, eso es lo que hacen los mejores memorialistas, ya sea en forma de testimonios, como evocaciones más o menos fidedignas o, más elaboradamente, como materia prima de recreaciones literarias.
Hay que reconocer sin embargo que, a la hora de la verdad, las cosas no son tan sencillas como pretende la mera teorización expuesta. En una sociedad como la nuestra, la mayoría de los ciudadanos, sin ser historiadores y tan ni siquiera saber historia, tienen una determinada concepción del pasado reciente, una amalgama probablemente poco estructurada de ideas y creencias, poco científica en una palabra y hasta falsa o falseada en múltiples aspectos, pero no por ello menos reconocible y operativa. La historia, y no sólo la historia sino el conjunto de las ciencias sociales, sabe y admite hoy día que tales apreciaciones colectivas, aunque se reputen como simplificaciones o incluso mistificaciones, constituyen una realidad con la que hay que contar. No pocas veces en la historia las cosas terminan siendo como la gente se empeña en verlas y así, determinadas actitudes de fervor, pánico o belicosidad desembocan en un movimiento incontenible por más que, como diría un marxista, no hubiera en principio “condiciones objetivas” para ello. Como sostienen los politólogos, por poner un ejemplo sencillo, los movimientos nacionalistas anteceden a las naciones, es decir, son aquéllos quienes crean muchas veces las condiciones para que surja una nación.
En la medida en que la historia aspira a conocer, objetivo que no es aplicable a la memoria, pudiera decirse que el conocimiento histórico es cosa de la razón, mientras que la recreación memorística pone en juego los sentimientos. Ya sé, ya sé que es una esquematización simplificadora, pero reconózcase que el deslinde es así -o tendría que ser así- en lo esencial. Con todas sus limitaciones, la historia aspira a ser ciencia o, al menos, entendimiento y análisis del pasado, cargas y cargos de los que la memoria puede prescindir sin perder un ápice de su vigor. Pero entendimiento es comprensión y este último concepto se aproxima peligrosamente a la justificación, por lo menos en sus acepciones habituales. Cuando alguien dice que no justifica el terrorismo pero que “de alguna manera” comprende al terrorista, todo el mundo traduce que está excusando o incluso alimentando las razones profundas por las que aquél toma las armas.
Cuando intentamos comprender alguna monstruosidad del pasado, ¿estamos también justificándola, aunque sea implícitamente o como resultado no querido de nuestra investigación? Nadie en su sano juicio sostendría tal cosa, porque entonces el historiador abdicaría de sus responsabilidades -el conocimiento de los hechos: ni más ni menos- para adoptar un papel que no le corresponde, de juez, abogado o fiscal. Pero la historia no tiene nada que ver con la constitución de un tribunal de justicia. Dicho de otra manera, en su examen del pasado, por muy delicado que éste sea, el investigador no tiene que dictar sentencia, absolver o condenar. La concepción militante de la historia ha hecho un gran daño a la misma, porque la ha convertido en simple medio o instrumento para otros fines. No dudo que las intenciones hayan sido en muchos casos buenas y los objetivos, nobles y santos, pero en cualquier caso el resultado ha sido siempre el mismo, la instrumentalización de la historia en función de unos designios apriorísticos. Y eso sí que significa -perdóneme Fukuyama- el fin de la historia.
Siempre en estos casos hay que defenderse de los que le sitúan a uno, por criticar algo, en el polo opuesto. No, no abogo por una historia supuestamente imparcial y aséptica, simplemente porque ni existe ni puede existir. Al contrario, sin que se entienda necesariamente en términos peyorativos, debe reconocerse que cada época inevitablemente construye un pasado a su medida. Y precisamente por ello los acontecimientos que nos son cercanos y dolorosos, por estar en carne viva, sin cicatrizar, despiertan en nosotros sentimientos encontrados: ¿se puede aspirar a ser objetivo, frío o racional cuando los padecimientos son de ayer mismo, cuando el sufrimiento aún perdura, cuando las consecuencias de una atrocidad determinada siguen viviendo en cierto modo en nosotros o en quienes nos rodean?
Por eso no es ninguna tontería hablar de distanciamiento, de perspectiva histórica, para que el analista del pasado pueda examinar los hechos sin los ojos nublados de lágrimas, de rencor o ira. En Los chicos de historia, una exitosa pieza teatral de Alan Bennet, un alumno se rebela en un momento dado contra el profesor que propone como tema de análisis -un tema más del programa- la barbarie hitleriana. Se trata de un chico judío, cuya familia ha sufrido en su propia carne los horrores del Holocausto. Otro personaje ironiza sobre el asunto: siguiendo esa senda, Auschwitz se convertirá en un parque temático para turistas ignaros y para alumnos que sacarán su bocata y su refresco entre barracones y alambradas. Al igual que pasa en la existencia individual, tampoco en la vida colectiva podemos mirar cara a cara las heridas abiertas. El dolor suele ser mal consejero. Necesitamos que el tiempo -ese gran escultor, que decía Marguerite Yourcenar- cicatrice las heridas y talle en la piedra de los años las señales de la desdicha humana. Sólo así podemos mirar y ver y comprender.
Cuando asistimos, como pasa hoy en España, a una enervante campaña política, judicial, sociológica y cultural que, desde ángulos muy diversos pero siempre cuidadosamente complementarios, trata de recomponer una memoria hemipléjica o usar de modo oportunista el pasado o reavivar dolorosos episodios en función de intereses concretos, se comprenderá que con mesura, con rigor y con prudencia aboguemos por el deslinde más diáfano posible entre historia y memoria.