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Escultura en el camino: memoria de José Díaz Fuentes

viernes 18 de junio de 2010, 20:12h
“El horizonte es una línea biológica, un órgano viviente de nuestro ser; mientras gozamos de plenitud el horizonte emigra, se dilata, ondula elástico casi al compás de nuestra respiración”, dice Ortega y Gasset en “La deshumanización del arte”.

Quien vive entre montañas, en la estepa o llanura, al borde inmenso del mar, comprende el volumen de vida que, a lo lejos, revierte sobre uno mismo y lo dilata. La necesidad, el afán que la existencia dicta en su límite, crean otro tipo de vuelo y viaje que también expande el ánimo y lo impulsa a salir, saltar el monte, devorar el llano, hendir las olas, el cielo que las cubre, allí donde la vida reclama. Esto debió sentir el escultor José Díaz Fuentes cuando decidió emigrar a Francia en 1970. Fallece en París inesperadamente el mes de junio de este Año Jacobeo de 2010.

Nos conocimos en esta ciudad lumínica una década después y entre el ambiente de la colonia emigrante española. Nos reuníamos en el centro gallego con otros españoles de diferentes provincias. Eran tiempos de inquietud y ambiciones. Se había instaurado la Democracia en España y entre los emigrantes y exiliados sonaba la palabra “retorno”. Profesores enviados desde nuestro país para colaborar con la emigración española en centros franceses creamos un ambiente literario en el local gallego del Faubourg du Temple, cerca de la Plaza de la República, en el colegio español de la calle de La Pompe, y alguna vez en la Biblioteca de la Embajada. Allí leyeron poemas u otros textos José Ángel Valente, César Fernández Moreno, Eugenio Padorno, Juan Gelman, Agustín Delgado, Claudio Rodríguez, Bernard Noël, Jorge Semprún, Edmond Jabès, Juan Goytisolo, Severo Sarduy, etc. Y en ese ámbito surgieron ideas, proyectos.

José Díaz Fuentes se relacionaba sobre todo con las alcaldías de los alrededores de París, con distritos de la ciudad, o con alguna de las instituciones internacionales en ella ubicadas. Buscaba siempre alguna posible conexión con Galicia o con los pueblos que cruza el Camino de Santiago. El suyo natal, Sarria, próximo al monasterio benedictino de Samos, y entre Monforte y Lugo, se alza precisamente en un vértice hondo y, a la vez, alto de la ruta jacobea. Allí muere en el siglo XIII Alfonso IX, fundador de la villa y de la Universidad de Salamanca. Y con ese fondo de lontananza histórica proyectamos conjuntamente ambiciones galaicas que incrementen el sentido secular y europeo de la vivencia jacobea. Unir culturalmente la Tour de Saint Jacques en pleno centro de París, el kilómetro cero del Camino, con Santiago de Compostela. A ello contribuyen la asociación AULIGA, con sede en la Biblioteca América de Santiago, y la mutua relación establecida en la ciudad del Sena con la Academia de Montmartre en Europa, situada al pie de la colina de igual nombre, donde se alza la basílica del Sacré-Coeur, templo también centenario y coevo del compostelano.

El escultor lucense promueve y participa en la idea de sembrar el horizonte románico del Camino con esculturas de artistas notables. Propone y colabora en el empeño de destinar el uno por ciento de los presupuestos nacionales de los estados europeos al cultivo y desarrollo del arte. Emprende una acción escultórica ciudadana introduciendo sus formas en pavimentos, parques, plazas, allí donde resuena el pie peregrino, fluyen aguas fluviales entre montes y prados, o donde se vive la calma de un jardín público. Alza una mano, una taracea de cemento. Estampa conchas de hierro en la baranda que sortea las aguas del río Sarria. Abre en pétalos de madera los dedos que presienten el aire y conforman la materia. Recuerda al viandante el silencio de las losas que pisa con el roce de sus pasos. Sueña el viento ensortijado en los huecos de sus formas y, sobre todo, inclinado con memoria de cantero, escucha el sonido de la piedra al labrarla con punzones que tactan la mirada. O suspende en alabrastro el sinuoso sentido de una resonancia interna, adentrado en el cerne de un volumen invisible, donde ahora habita.

Es reconocido en 1980 por la Academia Europea de Bellas Artes y en 1981 por el Senado Francés, instituciones que le conceden sendas medallas. Forma parte además del comité organizador del Salón de Otoño de París, cuya presencia extiende a Galicia en Sarria, Samos, Triacastela y Santiago.

La sorpresa del verdadero escultor se halla en el hueco que Ortega sitúa entre la córnea del ojo y el punto de vista por la superficie del horizonte. Y las pupilas de José Díaz Fuentes oscilaban sagaces. Entreabrían la huella del tacto. Vibraban en el vacío interno del órgano. Un vacío que se puebla de formas y vida en su propio instante.

La inquietud de sus manos lo impulsa también a actividades pedagógicas en colegios de Francia y Galicia, especialmente a la creación de un taller de escultura en la prisión lucense de Monterroso. Allí organiza experiencias de forja y talla con presos de distintas naciones.

El último proyecto de José Díaz Fuentes era crear un anfiteatro con forma de concha en Sarria. Un alto de arte en el Camino apenas se adivinan, entre nubes o despejadas, las torres catedralicias de Santiago. Para ello, el año 2007 consigue fundar en la villa de Sarria un club UNESCO cuya misión debe consistir en alzar este nuevo templo de la cultura europea.

Antonio Domínguez Rey

Catedrático, escritor y crítico literario

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