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Olfato

José María Herrera
martes 22 de junio de 2010, 20:52h
Si usted tiene pensado darse una vuelta por la selva guatemalteca le aconsejo que no use Obsession for Men, un perfume de Calvin Klein que atrae a los jaguares. El aviso acaban de darlo unos científicos que utilizan fragancias de marca para realizar sus estudios de campo. Ya sé que cuesta imaginar a nadie espolvoreando un aroma de seis mil euros el litro en medio de la selva, pero eso es lo que dicen los periódicos. En Chueca, más crédulos, se han agotado las existencias.

Los perfumes, originalmente, eran sustancias que se quemaban para encubrir olores indeseables. De ahí la palabra, cuya raíz es fumare, hacer humo, como el botafumerio. Luego se aprendió a impregnar de olor ciertos aceites para untar en el cuerpo. El procedimiento era caro y, por eso, los perfumes fueron durante siglos un lujo reservado a la gente pudiente, de sensualidad sofisticada. Hoy se producen sintéticamente en el laboratorio y están al alcance de cualquiera, pero antes había que recurrir a flores raras y animales exóticos que los encarecían sobremanera. El almizcle, la algalia o el ámbar gris, indispensables para producir perfumes de calidad, costaban una fortuna.

Muchas de estas sustancias proceden de los genitales de ciertos animales. Nuestros antepasados compartían con nosotros la creencia, cultivada profusamente por los publicistas actuales, de que las fragancias extraídas de estos órganos provocan en nosotros reacciones similares a las que desencadenan las feromonas humanas. La cosa es dudosa, aunque pone de relieve que en el origen del perfume no estaba tanto el deseo de oler bien como el de atraer sexualmente a la pareja. Ungüentos afrodisíacos, en suma.

Nada de esto habría sido factible sin cierta conciencia del carácter ofensivo del olor corporal. Los seres humanos olemos mal y seguramente en otro tiempo olíamos mucho peor. Algunos evolucionistas suponen que ese olor operó en tiempos como una defensa contra los depredadores. Desde luego, hay que tener mucha hambre para hincarle el diente a un bicho como el homo sapiens. La hipótesis es razonable. Prueba de ello es que el progreso cultural suele ir acompañado de un incremento de hábitos higiénicos. En cuanto el hombre somete a los depredadores que podrían devorarlo, comienza a lavarse para no tener que soportar sus propias emanaciones corporales.

La culpa la tiene el olfato, un sentido que opera con la respiración y que, por eso, no deja de funcionar nunca. Como el aire que movemos al respirar está lleno de incitaciones, el mundo constituye para nosotros una fuente de información inagotable. El uso que hacemos de ella es, sin embargo, menor que el que hacen los animales. La posición erguida nos ha alejado del suelo donde se concentran la mayoría de los estímulos olfativos y, por eso, nuestro olfato, comparado con el suyo, parece menos desarrollado. Hay incluso quien ha llegado a sostener que el cerebro es fruto de la evolución del tejido olfativo y que si olemos poco es porque pensamos. Si yo fuera San Isidoro de Sevilla argüiría a favor de esta hipótesis el hecho de que la palabra usada por los primeros filósofos griegos para designar la acción de pensar significaba originalmente husmear o rastrear.

Con el tiempo, la vida humana se ha vuelto más artificial que natural y los sentidos han perdido parte de su condición de instrumentos para convertirse, sobre todo, en una fuente de placer. En cuanto prosperamos un poco, intentamos refinarlos para gozar más intensamente del mundo. Recuerden a nuestros promotores inmobiliarios catando vinos a sorbetones en los restaurantes antes de que desencadenara la crisis. Claro que el refinamiento sensorial no sirve de nada si no va acompañado de un cierto refinamiento espiritual. La naturaleza es pródiga en estímulos, pero su elocuencia es limitada. Cuando Baudelaire dijo que la cerveza belga sabía como una cerveza que ya hubiese sido bebida o cuando Gombrowicz exclamó en el Hermitage ante un plato de riñones que olían como un retrete de lujo, estaban haciendo algo más que una simple cata.

Pero hemos llegado al final sin hablar de los jaguares guatemaltecos, unos animales en peligro de extinción a los que sólo satisfacen las fragancias más intensas, igual que les sucede a los pueblos embotados y decadentes. ¿Imaginan ustedes el efecto que puede desencadenar en la ciudad un perfume capaz de abrirse paso en ese inmenso palimpsesto de efluvios animales, olores vegetales y emanaciones terrestres que es la selva?

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