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Dilemas de la representación

En la historia del régimen representativo cabe distinguir al menos cuatro etapas diferentes. Primero fue la representación por mandato imperativo, es decir, aquel modelo en que el representante (como ocurriera con los Estados Generales de la Francia preabsolutista) resulta ser más bien un portavoz de sus electores, de quienes recibe instrucciones precisas.

Luego se pensó la representación fiduciaria, defendida entre otros por Sidney, Montesquieu, Burke, Sieyès, J. S. Mill, etc. En este caso, el representante no recibe propiamente un mandato sino un voto de confianza. Se delega en él la decisión porque se presume que él, mejor que nosotros, podrá discernir los intereses no sólo de sus electores directos sino de la nación entera. En otros términos, no hay aquí mandato particular sino general y nacional, que convierte al representante en una suerte de tamiz (ver así el artículo 10 de los Federalist Papers) que filtra las consideraciones parciales para reorientarlas hacia el bien público. De más está decir que la deliberación y la órbita legislativa son respectivamente el vehículo y el ámbito propicios para ese discernimiento.

Más típica del siglo XX, en cambio, es la representación partidaria que coloca al legislador en una verdadera disyuntiva cuando la opinión del partido choca contra su conciencia o su particular interpretación del interés general. Aun siendo canales de mediación insustituibles en las democracias, lo cierto es que los partidos no dejan usualmente margen para la independencia de criterio que, llegado el caso, puede ser vista como deslealtad.

Según la divulgada tesis de Bernard Manin, en los últimos tiempos una nueva “metamorfosis” de la representación habría abierto paso a la democracia de audiencias en la cual, a diferencia de lo que ocurre con la democracia de partidos, la personalidad de los candidatos se ubicaría en primer plano siendo la oferta electoral determinante para inducir el voto en una u otra dirección.

Mientras tanto, la tan mentada crisis de la representación continúa su curso. De ahí que Carlos Strasser se refiriera a las nuestras como democracias representativas pero no representadas.
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