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Equipos de supervivencia

jueves 24 de junio de 2010, 21:21h
Coincido con Arturo Pérez-Reverte en que es bueno hacer de vez en cuando un ejercicio mental de emergencia: preparar un listado en el cerebro de las cosas que necesitaríamos si hubiese que poner “pies en polvorosa” o prepararse para los mayores desafíos. Hacer frente a lo que venga en plena emergencia, haciendo una selección de lo más importante para llevar con nosotros, un equipo de supervivencia mental que nos permita afrontar ese viaje trascendental de nuestra vida, que nos lleve a renovar nuestras estructuras gastadas para renacer de nuestras cenizas cual ave fénix.

Así a primeras, no es un ejercicio fácil el de hacer un listado mental de las cosas que habría que echar al petate en caso de emergencia. Y eso que yo llevo los últimos quince años viviendo con dos maletas, de aquí para allá. Sin olvidar aquel momento de locura en diciembre de 2005 en que monté a mi mujer, Elena, en el SEAT León con matrícula diplomática y 300 kilos de equipaje, conduciendo de Skopje a Granada en a penas tres días. Inolvidable viaje. Hoy, después de tantos años tirando de dos maletas, he de reconocer que (a pesar de tener un apartamento en España repleto de chismes y recuerdos) lo cierto es que no son tantas las cosas que necesitamos de verdad.

Miro a mi alrededor mientras escribo estas líneas, en esta tarde lluviosa en Belgrado, y pienso en lo que metería en mi maleta pequeña de fin de semana si tuviese que reunir un buen equipo de supervivencia mental. Una foto de mi mujer e hijos; el ordenador portátil; los dos libros que tengo aquí en mi mesita de noche (“Cabo Trafalgar” de Arturo Pérez-Reverte, y “Rompecabezas” de José María Pérez Zúñiga); el cargador del móvil (ya no podemos ni imaginar la vida sin el maldito móvil); el CD de Roberto Carlos que me regaló mi hermana Irene y que tanto le gusta a mi hija Elena; la foto de Sus Majestades los Reyes (que llevo conmigo a cada uno de mis destinos internacionales y que me aporta un punto de referencia nacional sosegado, elegante y estable); una botella de tinto de Macedonia (a falta de un buen Valdepeñas); la foto de Zapatero en Davos, con cara de pelele entre los líderes de Letonia y Grecia (un aldabonazo más llamando a los españoles a despertar ante una realidad nefasta dirigida por un total incompetente); bloc de notas y bolígrafo; dos planos callejeros de Madrid y Bruselas (con anotaciones para evitar “amigos mortales” y trampas secretas en los truculentos laberintos institucionales respectivos); un buen fajo de liras turcas (que siempre es bueno tener un “plan B”); un traje limpio y una corbata bonita. Lo dicho, cinco minutos, y listo para lo que venga. Más o menos como cuando tuve que salir pitando de Belgrado en 1999, con mis dos puñeteras maletas, los marcos alemanes en el bolsillo, el billete de autobús para Zagreb y el de avión a Frankfurt, dos días antes del bombardeo de la OTAN, mentándole la madre a Slobodan Milosevic y poniendo cara de póker, a verlas venir.

Arturo Pérez-Reverte contaba en una de sus magistrales columnas semanales en 2008 lo que él incluiría en su equipo de supervivencia: “un ejemplar del Quijote, que para cualquier español medianamente lúcido es consuelo analgésico imprescindible. También hay unas pastillas antináuseas que impiden echar la pota cuando te cruzas en la calle con un político o un megalíder sindical, y una pomada antialérgica –buenísima, dice mi farmacéutica- para uso tópico en miembros y miembras cuando las estupideces de feminazis analfabetas producen picores y sarpullidos. También tengo un inhibidor de frecuencias japonés, cojonudo, que impide sintonizar cualquier clase de tertulia política radiofónica o televisiva, un cedé de Joaquín Sabina y media docena de chistes contados por Chiquito de la Calzada, una foto de Ava Gardner, otra de Kim Novak, los deuvedés de Río Bravo, Los duelistas, Perdición y El hombre tranquilo, la colección completa de Tintín, una resma de folios Galgo –o podenco, me da igual– y una máquina de escribir Olivetti de las de toda la vida, que siga funcionando cuando algún gángster amigo de Putin compre Endesa, o toda la red eléctrica, tan antinucleares nosotros, se vaya a tomar por saco. Por si la supervivencia incluye poner tierra de por medio, también tengo una lista de librerías de Lisboa, Roma, París, Londres, Florencia y Nueva York, el número de teléfono de Mónica Bellucci, un jamón ibérico de pata negra y una bota Las Tres Zetas llena hasta el pitorro, una bufanda para poder sentarme en las mesas de afuera de los cafés de París, los documentos de Waterloo de mi tatarabuelo bonapartista, su medalla de Santa Helena y las que me han dado a mí los gabachos, a ver si juntándolo todo consigo convencer a Sarkozy y me nacionalizo francés. De paso, con el pasaporte y la American Express, meteré en la mochila una escopeta de cañones recortados, un listín de direcciones de fulanos con coche oficial y una caja de tarjetas de visita hechas con posta lobera”.

Un equipo de supervivencia esplendido el de Don Arturo, ¿no les parece? Y ustedes, ¿qué meterían en su maleta si hubiese que preparar uno similar? Es posible que, como tantas otras cosas en la vida, la propia elección de lo que incluiríamos en nuestro equipo de supervivencia mental sea algo que sirva claramente para definir nuestra propia personalidad. Y tal vez sea ahora, ya entrado el verano, el momento de preparar mentalmente el petate para ver qué aventuras nos trae la vida en los próximos meses.

No olviden las pastillas contra el mareo y una buena carga de esperanza, que estamos ya hartos de la crisis, de los políticos inútiles, y de tanta idiotez institucional. Quizás sea este el mejor momento para desconectar un poquito, antes de echar el resto, a ver si jubilamos a nuestros gobernantes de pacotilla y mejoramos definitivamente nuestro maltrecho país.

Parafraseando al gran José Saramago, “todos somos viajeros, solo que algunos viajamos y otros no”. Hemos de asumir el reto que la Historia ha puesto ante nosotros como españoles para recuperar el compromiso de los ciudadanos con su país, para poner el bien nacional (el de España y sus gentes) por encima del bien particular, el de los nacionalismos regionalistas y las maquinarias internas de los partidos políticos. No construiremos un futuro mejor con más “militancia pura y dura”, sino con más capacidad de crítica (empezando por la propia autocrítica), con más voluntad de cambio real, y solo con un compromiso sólido y sincero por hacer de España (nuestro hogar común) un sistema democrático mejorado en el que la demagogia y el miedo no le coman el terreno a todo lo bueno que hay en nosotros; un sistema en el que los políticos y sus infraestructuras chupasangres (llámesen PSOE, PP, PNV, CiU o UPyD) estén al servicio de los ciudadanos y no al revés.

Son muchas cosas pues las que tenemos que incluir en nuestro equipo de supervivencia mental, para afrontar ese nuevo viaje que nos lleve de vuelta a nosotros mismos, a esa democracia joven que nació hace tres décadas (anteayer, en términos históricos), ese nuevo viaje que nos lleve a construir un futuro mejor como Nación. Recojamos pues fuerzas: el desafío que tenemos ante nosotros es monumental.

Como dijo el dramaturgo austriaco Arthur Schnitzler, “estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida”. Y el momento adecuado para recomponer nuestra maltrecha España es ahora. Descansen este verano, que vienen tiempos muy interesantes. Comenzamos de nuevo el viaje a nosotros mismos. No se olviden que de aquello que metamos en nuestro equipo de supervivencia mental depende en parte que lleguemos o no a buen puerto…

Álvaro Ballesteros

Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior

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