Ruido de sables americanos en Afganistán
viernes 25 de junio de 2010, 01:55h
En una decisión no exenta de polémica, el presidente Obama ha cesado al general Stanley McChrystal, máximo responsable del ejército norteamericano en Afganistán, reemplazándolo por el General Petraeus, hasta ahora responsable de la región de Oriente Medio. El relevo en cuestión se produce por unas explosivas declaraciones de McChrystal en las que vierte gruesos cometarios sobre Obama y su equipo. Si dichos comentarios fuesen constructivos o, al menos, hechos en un tono respetuoso, la situación podría tener un pase, pero no es así. Los juicios de valor y descalificaciones de McChrystal sacados a la luz pública no son admisibles. Ni en Estados Unidos ni en ninguna parte.
Caso distinto es que alguien en el ejercicio de su libertad de expresión diga lo que le parezca, siempre dentro de los cauces del respeto que todos merecemos. Límites que McChrystal ha rebasado con creces, a lo que hay que añadir que sus declaraciones se han efectuado a un semanario -Rolling Stone- donde iban a tener una repercusión máxima. El cargo de McChrystal es de confianza, que se pierde si insulta y cuestiona a su inmediato superior, el comandante supremo de las fuerzas armadas y, a la sazón, presidente de Estados Unidos. Si McChrystal tenía alguna crítica que formular, lo suyo es que hubiese utilizado cauces más adecuados. Además, un hombre de su posición tenía acceso directo a Obama, por lo que bien podía haber descolgado el teléfono y decirle lo que pensaba en lugar de airear en público sus diferencias.
Más allá de que McChrystal tenga o no cierta razón en sus comentarios, lo cierto es que se comportó indebidamente. De ahí que su cese sea una decisión acertada, aunque nada fácil de adoptar, a juicio de cómo se ha tomado Obama todo este asunto. Asunto que bien se le podía haber ido de las manos si no hubiese actuado con la celeridad y contundencia con que lo ha hecho. Un aviso a navegantes.