La vuvuzela y la música clásica
sábado 26 de junio de 2010, 15:36h
Un hombre puede aceptar el capricho zoológico de que el chihuahua se incluyera en la categoría de perro y no en la de rata, o que se llame “monovolúmenes” a ciertos autos y no a otros, pero: ¿puede admitir que se metan en el mismo saco las cantigas de Alfonso X el sabio y el cuarteto para helicópteros de Stockhausen?
Curiosamente –digo “curiosamente” porque se supone que vivimos en una época ilustrada-, casi todo el mundo considera que “música clásica” es una fórmula aceptable, tan aceptable como “renacimiento” o “barroco”. ¿Persistiríamos en semejante creencia si supiéramos que detrás de esta expresión no hay un sesudo catedrático alemán, sino el señor Conejo del Corte Inglés?
La historia se remonta a hace cuarenta años, más o menos. Conejo era entonces un joven emprendedor, el típico dependiente convencido de lograr los objetivos anuales del departamento Su plan, al acceder a la sección de discos, era trasladar las estrategias que había aprendido en la sección de jovencitas al comercio musical. Y lo primero que hizo, en aquella solemne hora, fue clasificar los discos no como deseaba la empresa, por precio u orden alfabético, sino por estilos. En una expositor, la copla; en otro, el pop; en otro, el flamenco; finalmente, los discos difíciles de vender y a los que llamó “clásicos” en recuerdo de su paso por el instituto, donde estudió a Berceo y a Garcilaso de la Vega. ¿Quién podía imaginar que cuarenta años después hasta los musicólogos más famosos emplearían su fórmula con la misma naturalidad con la que un pedagogo esputa “diseño curricular”?
¿Qué significa “música clásica”? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Para los puristas se trata de la música del clasicismo, período histórico que va desde el final del barroco hasta el romanticismo y que excluye, por tanto, a Bach o a Stravinsky. Otros creen que la expresión alude a cualquier obra digna de tomarse como modelo, cosa que incluiría a composiciones flamencas o del pop y que descartaría a muchas que suelen considerarse clásicas. Los clientes del señor Conejo, más apegados a la realidad, como la universidad de pago, denominan “música clásica” a la que tiene que interpretarse con ayuda de una partitura, práctica que para unos es indicio de clase y, para otros, de arteriosclerosis.
Si el lector está familiarizado, como supongo, con las anfibologías de la Razón Pura, no necesita que le aclare cuáles son las consecuencias de utilizar una fórmula tan ambigua. Mencionaré de todos modos, a modo de ejemplo, un caso colateral ilustrativo. Me refiero a la controversia suscitada hace unos años a propósito de si un helicóptero es o no un instrumento musical. Para Stockhausen, el primer compositor que se sirvió de ellos, la pregunta es ociosa. No en vano estudió la frecuencia de hélice de un modelo de combate, el Black Hawk, a fin de componer su cuarteto. Pueden consultar la partitura en internet. La existencia de esta partitura demuestra que el helicóptero es un instrumento musical y, de acuerdo con el popular canon del señor Conejo, un instrumento de música clásica.
¿Significa esto que si a alguien compusiera una sonata para vuvuzela, vuvuzela y viola de gamba, por ejemplo, deberíamos considerarla también un instrumento musical? Yo tengo mis dudas. La vuvuzela no sólo no resiste la comparación con instrumentos de viento más nobles, la trompeta o el oboe, sino que, a diferencia del helicóptero, tampoco está a la altura de otros parecidos que no han formado parte jamás de la orquesta: el olifante, por cuya causa murió Orlando en Roncesvalles (sopló tanto y con tanta fuerza que se le reventaron las venas del cuello) o el shofar, que aún usan los hebreos al final de los servicios religiosos el día del kippur.
Sé que en los próximos años la cuestión desencadenará amargas polémicas, pero, lamentando que mis lectores tengan que encontrar de nuevo en estos artículos ideas tan políticamente incorrectas, me atrevo a afirmar que el sonido monolítico, de enjambre o termitera, que produce la vuvuzela no guarda, aun expresando los íntimos sentimientos de una raza oprimida, la menor relación con la música. Ni siquiera la publicación de un manual para soplarla (“la vuvuzela bien temperada”), puede persuadirme de ello. Acaso se trate de un instrumento indispensable para disfrutar plenamente del espectáculo del balompié –il calcio (¿o era il cazzo?) non vuole pensieri-, pero quitando esto, me temo que su única posibilidad estética la tiene en los vomitorios del botellón o en las bandas de música militar, y eso a condición de que queden estrategas que recuerden la batalla que ganaron los persas a los escitas gracias a los rebuznos de sus asnos, animales que estos nunca antes habían visto ni oído y que los amedrentaron hasta el punto de retirarse precipitadamente a sus estepas y no volver a pensar jamás ni en Nínive ni en sus míticos jardines.