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Recuerdo de Jovellanos a propósito de la universidad

Víctor Pérez-Díaz
domingo 27 de junio de 2010, 20:05h
Un premio es como un don, liberal, generoso, que requiere a su vez la contraprestación de otro don, en este caso, menor, de unas palabras de gratitud. Palabras muy sinceras, porque me honra el premio y, con él, su referencia a Jovellanos, un ser humano de una calidad excepcional, persona sabia y ciudadano atento, que nos ha dejado el testimonio de una vida y una obra que nos han servido y nos siguen sirviendo, hoy, de referencia.

Lo ha sido, referencia, y muy clara, para la obra que el jurado ha creído merecedora de este premio: un libro sobre la universidad.

Como saben, hay muchos que hablan de la universidad en clave de presente y de futuro, y apuntan al horizonte del siglo XXI, aunque...¿por qué no del siglo XXII?, e incluso, si me permiten la ingenuidad, ¿del siglo XXIII, o del siglo XXXIII? Quienes hablan así, en clave de futuro, son gentes enérgicas, de acción. Pero a veces la acción es... agitación. Sobre todo, si no está dirigida por algún tipo de pensamiento razonable, por ejemplo, por una idea acerca de la universidad.

Porque sin “una idea”, pudiera ocurrirles lo que a quienes quisieran hacer una reforma laboral sin saber la reforma que quieren, o dibujar un
“mapa autonómico”, digamos, el de un país cualquiera, cuyas fronteras institucionales fueran fronteras borrosas; o hablaran de un modelo productivo sin identificarlo, o de una Europa que fuera actor y no actor político, todo al tiempo; o de una morosidad que se disfrazara de aplazamiento de créditos, o de una solvencia que no lo fuera.

En fin, que hicieran esas cosas que (claro es) no pueden pasar en la España llena de enérgicos hombres y mujeres de acción del siglo XXI. Cosas que suenan como las de aquellos “alucinados” del siglo XVII, como llamaban los arbitristas a muchos de los hombres de acción de la época. O como les consideraba Gracián cuando les ubicaba en la cueva de la nada (¿o era en la cueva de la agitación, o era en la de la nada?).

La idea de la universidad que expongo y gloso en el libro es la de una comunidad (o serie de comunidades) de gentes libres buscadoras de la verdad. Forman una comunidad y, en este sentido, son como una pequeña ciudad, con su conversación continua en el ágora, sus reglas de juego, sus divinidades locales, el Dios de la verdad y el de la amistad que propicia el diálogo sin el cual el logos no puede desarrollarse. Pero la forman en tanto que cada uno busca, a su manera, la verdad en cuestión, explorando, como nómadas, el espacio en todas las direcciones, el espacio del ancho mundo y el del pasado, que es, al cabo, como un país extranjero por explorar. Aunque no tanto, no tan extranjero, porque de él venimos, y de él viene nuestra identidad y la idea misma de la universidad.

Nos viene como lugar de encuentros, en gran medida, en la mejor medida, inútiles y azarosos. Inútiles, sí, porque aun siendo lo útil, importante, lo es menos que la aparente inutilidad de la cultura, es decir, del cultivo (porque “cultura” es “cultivo”) de las virtudes básicas: la sabiduría y la prudencia, la fortaleza y la templanza de la confianza en uno mismo, y la justicia que se prolonga en la apertura del alma como diría Jan Patocka, o mejor, Bergson, a la sociedad de los otros y de lo muy distinto. Y esto (la comunidad, el cultivo) no se planifica; se prepara, sí, indirectamente, pero “tiene que ocurrir” según una lógica de encuentros y desencuentros que, en cierto modo, carecen, deben carecer (para que sean genuinos), de demasiada lógica.

Así se forman, o deben formarse, universidades que son como micro-sociedades, civilizadas (civiles) o simplemente buenas. A falta de lo cual, los esfuerzos por tener “excelentes” (creo que “excelente” es la palabra canónica) escuelas profesionales o “excelentes” centros de investigación suelen quedar en menos, o mucho menos, de lo que parece.

Pero, en fin, no quiero ahora cuestionar nuestros lugares comunes más queridos; baste señalar que el libro los cuestiona y, como verá el lector, desarrolla la idea de la comunidad de gentes libres buscadoras de la verdad como la seña de identidad, por antonomasia, de la universidad. Idea arcaica, al menos arcaizante.

¿Y qué tiene esto que ver, se me dirá, con Jovellanos? Yo entiendo que mucho, porque Jovellanos es un hombre volcado al conocimiento y la difusión de la verdad sobre la sociedad de su época, la España del último tercio del XVIII y comienzos del XIX; la sitúa en el contexto de su tiempo, la Europa de fines del antiguo régimen; lo hace intentando que esa verdad, descubierta entre varios y compartida entre todos, sea al tiempo el camino para la mejora del país, para su bien.

Y en ello empeña toda su vida. Ordenando el mundo, en lo posible, con el pensamiento y la acción. Porque su reflexión “crítica” de lo que observa es reflexión que aboca a “crisis” entendida la palabra en su acepción clásica, es decir, aboca a juicios a formular y a decisiones a tomar con vistas a la acción.

Una acción orientada, precisamente, hacia la ampliación de la aplicación de la idea de una sociedad civilizada y buena, del ámbito menor al ámbito mayor: hacia una sociedad que fuera...

como la sociedad civilizada que se estaba gestando en esos momentos en el Reino Unido, por ejemplo (y que se gestaba en Francia y hubiera llegado antes a puerto si no hubiera sido por la famosa revolución, que la retrasó, y distorsionó, un tanto). Soñando quizá en que el binomio Escocia de las Lowlands y Londres se hubiera podido repetir en el de una Asturias y un Madrid. Y haciendo todo ello mientras gustaba, al paso, de la amistad, y de la belleza del mundo, del paisaje y, a veces, se supone, del espectáculo de la vida social.

Lo hace con moderación, es decir, respetando la complejidad de las cosas, no atropelladamente y tampoco con el despliegue de una libido dominandi que fuera, como suele ser casi siempre, entre destructiva e irrelevante. Y lo hace ligando su experiencia a una tradición de espíritus afines: una tradición que mira hacia atrás, hacia el pasado, pero que también mira hacia el futuro, hacia nosotros.

Mirando al pasado, mira quizá a los españoles de algunas generaciones atrás, críticos, ellos, con el desorden del tipo de barroco que les tocó vivir. Sin ciencia apenas y con un exceso de disimulación y fingimiento, sin sentido de la realidad (económica, por lo pronto) y con una voluntad a la postre errática y gastada, imperiosa y expresada con gestos del valentón del soneto al túmulo de Felipe II en Sevilla de nuestro Cervantes, con aquél suyo: “... y quien dijere lo contrario miente/ y en esto, incontinente/ caló el chapeo, requirió la espada/ miró de soslayo, fuese, y no hubo nada”. Yendo así directamente a la cueva de la nada de que hablara Gracián.

Pero, ¡cuidado! No a la nada de la quietud interior, sino a la nada activa, agitada, del impedir vivir a todo lo que se mueva en el entorno, del poner obstáculos, interponer silencios, dejar atisbada la insidia y gozarse en la compañía de parásitos ansiosos con un espíritu, digamos, casi fraternal.

Y siempre en la disposición de ir hacia atrás. Como el personaje del Criticón de Gracián que se nos aleja con la cara vuelta hacia nosotros, como viniendo. O como las madres cangrejos de la fábula de Samaniego, una generación o dos anterior a Jovellanos, que amonestan a sus hijos cangrejos para que avancen mientras con el ejemplo les predican: ¡caminad hacia atrás!

Lo que Jovellanos comprende, y Gracián, mucho antes, es que el problema de mejorar una sociedad es, sobre todo, cuestión de cabeza y corazón: de virtudes intelectuales y de carácter. De cultura: de cultivo de virtudes. Y tal sería la tarea de la universidad (aunque, por supuesto, no sólo de ella): tarea de mejorar el corazón y la cabeza. Porque de gentes cainitas y descerebradas, por decirlo con una inmoderación y una claridad que, reconozcámoslo, no son ni de Jovellanos ni de Gracián, poco puede esperarse.

Y si no se espera... se desespera.

Gracián construyó su obra como una forma de defensa contra el desengaño: un manual de supervivencia, una apelación a la ecuanimidad de quien sueña y de quien articula, con sus pensamientos, una obra de arte: a la ecuanimidad que resulta de ese sueño y de esa obra.

Jovellanos... Jovellanos hizo todo lo que pudo. Estudió, escuchó, visitó, escribió, apoyó las decisiones que creyó prudentes, se afanó tanto. Y murió diciendo, se dice, aquello de “¡país sin cabeza...desgraciado de mí!”.

Pero prestemos mucha atención: no debemos, por mor de un dramatismo mal entendido, en modo alguno, exagerar la importancia de este cri de coeur del último momento, ni para él ni para nosotros.

Su grito refleja, en parte, quizá, la inminencia del desenlace; y probablemente, los azares de unos viajes turbados, entre Cádiz y su Asturias, de sus últimas semanas. Probablemente, también, el desasosiego lógico de quien ha tenido que manejarse demasiado tiempo y perder demasiada energía entre patriotas y afrancesados, no todos, cierto, pero sí bastantes de los cuales parecían tribus con proyectos aparentemente opuestos pero de talante bastante afín, de gentes iracundas y confusas.

Pero en el fondo de ese cri de coeur late el testimonio de un amor por lo próximo y por lo lejano, que te sigue indignando precisamente porque lo sigues amando; e incluso lo amas tanto que identificas, lúcidamente, su mal como uno relacionado con una debilidad... “en la cabeza”, es decir, si se quiere, en su cultura.

O en todo caso, en él subyace, como imagen en un espejo invertido, el testimonio del amor por el orden y la belleza del mundo que sueñas, y que adivinas como latiendo dentro de él, o más acá o más allá, de él. Un mundo poblado, sí, por gentes un poco menos iracundas y confusas (¿más amorosas y más lúcidas?), en lo posible.

Quizá la universidad “de alguna parte”, incluida la que corresponde al pasado o al futuro, nos haya dado o nos dé un día gentes así. En todo caso, el testimonio de Jovellanos nos invita a esperarlo e intentarlo. Y permítanme que yo, ahora, con este ensayo sobre la universidad y esta invocación a Jovellanos, y en prenda de gratitud a su generosidad por este premio y a la amabilidad de todos por su presencia, formule mi voto y me deseo de que así sea.

Víctor Pérez-Díaz

Sociólogo

VÍCTOR PÉREZ-DÍAZ es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Director-fundador de Analistas Socio-Políticos (ASP), Gabinete de Estudios, miembro de la American Academy of Arts and Sciences y doctor en Sociología por la Universidad de Harvard.

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