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Memoria Histórica: Barruntos del Juicio Final

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 28 de junio de 2010, 20:29h
Por más que semejen estar en los antípodas de las tendencias y corrientes prevalentes en nuestro tiempo, tal es la música que parece escucharse y la letra que en efecto se lee en numerosos escritos historiográficos –estudios, monografías, artículos…- La ideologización extrema que yermara incontables paisajes del panorama ofrecido por las disciplinas sociales medio siglo atrás ha retornado, con efectos, se insistirá, devastadores. España aquí sí es o, al menos, está siendo diferente. En el resto de Occidente, la caída del mundo de Berlín tuvo en el referido plano consecuencias beneficiosas para una más cercana aproximación a la objetividad analítica y devolvió al cultivo de las humanidades buena parte de la imparcialidad que éstas perdieran en la profunda crisis ideológica de los años treinta.

Después de un periodo casi alciónico, en el se creyó haber recuperado el clima tolerante tan propicio para el trabajo y la reflexión intelectuales, un sectarismo vigoroso se adueñó, en la España de los inicios de la actual centuria, de los ambientes mediáticos y académicos. Las perniciosas secuelas en su atmósfera ideológica del pensamiento “con”, fomentado en Norteamérica por el presidente Bush con su cruzada maniquea contra los agentes “países del mal”, alentaron la vuelta de la de signo contrario, dominante en el llamado mundo libre durante la segundad mitad del novecientos. Revisionismo antagónico de la guerra civil, memoria histórica y crítica doctrinalmente polarizada de la tentacular depresión económica en la que el planeta se halla todavía en verdad sumergido, acabaron de aportar las condiciones idóneas para el crecimiento casi exponencial de un ambiente cultural y una convivencia social desgarrados por la politización más radical.

Entretanto, la incorporación al tajo historiográfico de jóvenes investigadores ha ensombrecido, en la dimensión aludida, el horizonte atalayado desde la actualidad. Un apodicticismo sin fisuras y una axiología sin matices imperan a la hora de enjuiciar épocas y hombres y mujeres del pasado, remoto y próximo. El oficio de historiador se trasmuta en el de fiscal, y condenas sin apelación se dictan pródigamente por plumas no infrecuentemente intonsas. El “contexto” es de ordinario el vocablo mágico instrumentado para el ejercicio incansable de la requisitoria encendida y unilateral. “Buenos” y “malos” configuran, a lo largo de toda la aventura humana, simplista y compactamente el mencionado “contexto”, siendo de fácil adivinanza e intelección los individuos y sectores sociales integrados en una y otra categoría moral e histórica.

Contra lo que pudiera imaginarse, no hay un adarme de caricaturesco en el cuadro acabado de trazar. Con iguales lineamientos existía y estuvo vigente, como se recordará, en los días predemocráticos y en los de una porción considerable del proceso que condujo felizmente al consolidamiento de la transición. En tal etapa, más de un factor pudo contribuir a una relativa comprensión del estado de ánimo entonces existente en ciertas esferas intelectuales y anchos estrato de la población. Hodierno resulta, empero, de muy difícil justificación. Todos los antepasados merecen justicia, y la pulsión por lograrla del lado de sus herederos es, sin duda alguna, la actitud más noble que cabe hallar en la condición humana; pero nunca, nunca, ha de activarse para acumular más injusticia, si no se quiere, claro, degradar la esencia más honda de mujeres y hombres.
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