Fútbol es más que fútbol: Lo que no logran los políticos
martes 29 de junio de 2010, 19:05h
Países enteros que se paralizan, calles vacías, millones de personas ante el televisor, en los hogares, en los bares, ante grandes pantallas en las plazas y hasta en los cines. ¿Qué ocurre? ¿Qué hay en el fútbol que mueve a tanta gente? ¿Qué pasiones hace emerger? ¿Qué cosas se ponen en juego?
Compartir un sueño, una ilusión, disfrutar con los tuyos del éxito de un equipo que lo hacemos nuestro y con el que nos identificamos. Detrás de este fenómeno encontramos un proceso psicológico de suma importancia en el psiquismo humano, el proceso de la identificación. Los futbolistas de hoy cumplen el rol de héroes, que antaño personificaban los guerreros o los gladiadores, son los llamados modelos de identificación. Y por ello se venden millones de camisetas con el dorsal y el nombre preferido inscritos en la espalda. El proceso y los modelos de identificación son de especial relevancia en la infancia, nuestros pequeños aprenden conductas y valores por pura identificación.
Todos, niños y mayores, nos identificamos con nuestro equipo y no sólo hacemos nuestros el éxito, sino también el fracaso. Véase si no los casos de Francia e Italia, eliminados en Sudáfrica en las primeras de cambio y que supone un revés para todo un país. Los titulares hacían de ello una especie de “vergüenza” nacional. Está el fútbol tan metido en el tuétano de nuestra sociedad que los grandes triunfos obtenidos por un equipo son ofrecidos en la “Mariana España” a la Virgen del lugar, ya sea ésta “la Moreneta” o “la Almundena”. Sé de gente que pide ser enterrado vestido con la camiseta de su club o que desea que sus cenizas sean extendidas en el césped de su estadio. Un exceso sin duda si uno lo ve desde fuera, pero no lo es tanto si uno lo analiza desde otra perspectiva y se percata que en el psiquismo se produce con frecuencia otro fenómeno psíquico que explica estos “absurdos” y que llamamos “desplazamiento”. Afectos, emociones o sentimientos generados por un objeto son transferidos de manera inconsciente a otro objeto con el que existe alguna conexión simbólica o indirecta. El fútbol se convierte así en nuestra cultura en un objeto de culto.
El deporte competitivo en general y el fútbol en particular es la expresión de otro proceso psicológico de notable significación para el psiquismo, la sublimación. Mediante este otro mecanismo inconsciente los instintos más básicos, como la agresividad o la sexualidad, se canalizan y se convierten en algo socialmente aceptado. A través del fútbol se descarga mucha agresividad y no sólo en los que lo practican sino en los aficionados que lo siguen, sólo hay que estar en un graderío y escuchar los gritos y los improperios dirigidos al árbitro o a los jugadores adversarios.
Además el fútbol tiene algún otro encanto indudable, como es que a veces el pez chico se come al grande. El Alcorcón esta temporada a todo un Real Madrid; y Ghana, un desconocido país que la mayoría no sabría situar en el mapa, uno de los más pobres del mundo, vence al todopoderoso imperio estadounidense (USA 1 – GHANA 2) ¿Se imaginan la felicidad de aquella gente el pasado sábado? Pero hay más, mucho más. La afición, los aficionados, forman un todo con el equipo, es el jugador número doce, la fuerza que inyecta es tan notoria que explica el hecho de que resulte siempre mucho más difícil ganar en campo contrario, cuando los jugadores y las reglas del juego son las mismas juegues donde juegues. Pero lo cierto es que la afición puede llevar a su equipo en volandas hacia el triunfo y esa misma afición es capaz de atemorizar al equipo contrario, metiéndole ese miedo escénico paralizante del que hablaba Valdano, el argentino que hace del fútbol filosofía.
El psiquismo humano tiene sus misterios y sus rasgos característicos, uno de ellos es que somos seres sociales. Todos necesitamos pertenecer a algo mayor que nosotros mismos, eso nos da seguridad, además de otorgarnos identidad. Es algo presente a lo largo de todo el ciclo vital pero que vemos especialmente en los jóvenes, en la adolescencia, donde la pertenencia a un grupo de amigos, la pandilla o la cuadrilla, resulta tan significativa. Crecemos, nos hacemos adultos, ancianos y seguimos, unos más que otros, siendo sociales y siendo niños. Somos como las matriuskas, esas muñecas rusas que esconden en su interior otras más pequeñas hasta llegar a una diminuta, todos llevamos dentro de nosotros a un niño. Y ese niño se destapa con el fútbol.
El fútbol tiene otra vertiente, otra derivada. El Madrid y el Barça son los equipos que más aficionados arrastran en España y todos sabemos que mueven cosas que trascienden lo deportivo. El caso de la selección española está trayendo también algo que trasciende lo meramente deportivo. Cuando uno pasea estos días por las calles de muchos pueblos y ciudades encontramos banderas de España colgadas en los balcones o sujetas en las antenas de los coches. Lo que no han logrado los políticos lo logra el fútbol. Hasta hace nada hacer ostentación de la bandera española era considerado, injustamente sin duda, como propio de la derecha de la derecha. Afortunadamente un grupo de jóvenes en Sudáfrica está logrando terminar con esa idea. Quizás en estos tiempos de crisis económica, en la que andamos inmersos desde hace un par de años, y de crisis de identidad, en la que España está sumida desde hace un par de siglos, el éxito de 23 jóvenes (7 catalanes, 3 madrileños, 3 andaluces, 2 castellanos-leoneses, 2 navarros, 2 canarios, 1 asturiano, 1 castellano-manchego, 1 valenciano y 1 vasco), puede hacer por esta piel de toro, por esta España, siempre invertebrada, algo que trasciende lo futbolístico y lo deportivo.
Podemos.