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Y reventó Madrid

miércoles 30 de junio de 2010, 23:37h
Lo anunciaron en la asamblea del lunes a través de su portavoz, Vicente Rodríguez Illana, que, además, es el secretario general del Sindicato de Conductores de Metro. El Comité de Huelga había decidido que no se iban a respetar los servicios mínimos y que cada paisano se las ingeniara como bien pudiera para desplazarse por Madrid y cumplir con sus obligaciones. Ese no era su problema, porque la consigna estaba clara: que reviente Madrid, ciudad sobre la que presagiaban se iba a cernir una nube negra de desconocido alcance. “Que se den cuenta con quien se la juegan. A nosotros no nos la van a meter”, aseguró el portavoz en la calentona de la asamblea, a la vez que amenazaba directamente a la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, de quien decía que no iba a poder hacer lo que quisiera, porque tiene a los trabajadores de Metro en contra. “Si nadie cumple los servicios mínimos sabemos que no van a poder echar a mil personas a la vez”, advirtió.

La huelga salvaje se acababa de poner en marcha, tomando como rehenes a los madrileños y a los turistas de la ciudad. La mayoría, resignados, miraban con incredulidad las subterráneas estaciones vacías, esperaban al sol su turno para conseguir un sitio en los abarrotados autobuses o trenes de cercanías, reciclados en latas de sardinas para la ocasión. Los más afortunados se lanzaban a la captura de un taxi para meterse en un tapón del que, al final, acabar apeándose para continuar, en caso de que fuera posible, su peregrinación andando. ¿Y éstos, ahora qué piden?, preguntaba algún atónito habitual viajero de Metro convertido de repente en peatón. “Cuestión de perras”, era la contestación más socorrida, sobre todo, porque, al final, todo se reduce siempre a lo mismo. Aunque en el asunto del Metro de Madrid la cosa no sea tan sencilla. En realidad, si uno se detiene a pensarlo, la verdad es que esta huelga no hay quien la entienda en el contexto político, social y económico que el país entero está experimentando.

A ver, el presidente del gobierno anunció hace unas semanas la necesidad de recortar los salarios de los trabajadores públicos en un 5% y los sindicatos empezaron con tibias amenazas porque eso estaba mal, pero que muy mal. Más tarde, el gobierno de la nación presentó su igualmente polémico plan de reforma laboral y entonces los líderes de los sindicatos nacionales se pusieron algo más de morros y anunciaron que eso no se va a quedar así, que se imponía la huelga general para luchar por los derechos de los trabajadores que consideraban claramente vulnerados. Y como lo sucedido era tan grave y no se podía consentir, lanzaron a bombo y platillo la fecha de tan importante y urgente convocatoria: el 29 de septiembre. Casi cuatro meses más tarde de la aprobación de los recortes, porque ahora, con el veraneo de por medio, no son fechas de ponerse a protestar por nada, menudo calor.

Y así se llegó al pasado lunes, cuando la Asamblea de Madrid aprobó, con los votos del PP, la abstención del PSOE y la oposición de IU, el proyecto de ley que adapta los presupuestos de la Comunidad al Decreto del Ejecutivo central que rebaja el sueldo de los funcionarios y empleados públicos un 5%. Y entonces sí, se armó el patín. Y nada de esperar a septiembre, no, sólo unas horas más tarde, con tanta premura en realidad que a nadie se le puede escapar la sospecha de que la “salvajada” ya estaba hace tiempo organizada. Contra Esperanza Aguirre no valen descansos vacacionales. Como sea, pero hay que acabar con “la Esperanza”.


Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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