Colonialismo portugués con Telefónica
sábado 03 de julio de 2010, 01:09h
Una de las ventajas de la Europa de los 27 es la libertad de capitales y mercados a escala continental. Ese ha sido el fundamento del colosal progreso que se la producido en la Península Ibérica y sus Islas desde 1985. En base a esa misma libertad, cualquier inversor portugués -pongamos por caso- adquiera participaciones de una sociedad española y viceversa. Bien es verdad que cada estado tiene radicadas una serie de compañías de referencia cuya razón social interesa que siga sin moverse de donde está, al igual que su accionariado principal. Para evitar que esto suceda, algunos países conservan lo que se conoce como golden share o “acción de oro” por la que el gobierno de dicho país se reserva una opción de veto en el caso de que alguna compañía extranjera pretenda desembarcar en una nacional. Es el caso de Portugal Telecom, en la que la española Telefónica había puesto sus ojos y cuya entrada era aceptada por más de las tres cuartas partes del accionariado luso. Pero Lisboa no lo ha visto así y ha ejercido una prerrogativa más propia de épocas coloniales y una economía mercantilista que de una economía de libre mercado.
La privatización de empresas públicas, otrora de bandera, ha sido y es una necesidad imperiosa. Hay ejemplos por doquier. Por lo que a Portugal se refiere, su descomunal deuda externa debería hacerle reconsiderar la posibilidad de llevar a cabo algo de esto. O, al menos, no torpedear ilegalmente una operación avalada no sólo por reputados expertos financieros, sino también por accionistas y mercados. Es inaceptable que un estado intervenga en las transacciones mercantiles de dos empresas privadas, por más que una de ellas -Portugal Telecom- aún tenga visos semipúblicos. Priva de seguridad jurídica a accionistas e inversores y, de paso, deja en mal lugar a un gobierno que no sólo mantiene al país en una delicadísima situación económica, sino que además boicotea operaciones ventajosas. Para todos. La mejor política lusitanista, aquella que está haciendo de Portugal una nación progresiva y próspera, es la del libre mercado. El nacionalismo proteccionista e intervencionista condenará a las naciones que supuestamente dice proteger al subdesarrollo y al atraso: así ha sido siempre en Portugal, España o en Laponia.