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Los triunfadores

lunes 05 de julio de 2010, 21:40h
¡España, España. España! Vivimos tiempos de triunfo, que corresponde no solamente a los atletas, sino a sus seguidores. “Hemos arrollado”, “los machacamos”, “somos invencibles”.

El plural es nuestro. O de los que se enfrentan en una cancha a los representantes de un equipo, de una selección española. La derrota nos es ajena, no duele tanto como en Brasil en donde, la “torcida”, inmolan su vida si sus representantes salen trasquilados. Brasil, el país en el que reinan las banderas de la alegría y de la esperanza, es donde la palabra tristeza no figura en su diccionario, para la vida mientras se disputa un campeonato de fútbol.

El fracaso de los reyes del “jogo bonito” prende un crespón negro sobre el verde, el rombo amarillo y la esfera azul y constelaciones de estrellas, de la bandera que augura “Ordem e progreso”. Y acaece algo peor que una tregua a la perpetua alegría que se para y con ella la vida.

La canción de “Orfeo negro” se escucha en sus penúltimos versos.
Después, yo no sé si hay después
Si el sol volverá a despertar…
Pero todo pasará y volverá el azul esperanza:
Azul, la mañana es azul,
El sol si lo llamo vendrá
Porque en Carnaval
Cantará el corazón…

En Buenos Aires esa incompetente y pendenciera incompetencia de un Maradona que se arrastra, brabucón y pendenciero, apagaron los colorines de la Boca a los que añadió rojos fuertes, vivos azules su inventor, el creador del teatro Caminito, Quinquela Martín. Solamente se llorará con versos de Santos Discépolo:
..termino envenenao.
Esta noche me emborracho bien,
Me mamo¡ bien mamao!
Pa´ no pensar.

Dios guarde a los Xavis, Villa, Torres, Ramos, Capdevila, Casillas, Pedrito, a todos los componentes de la roja. A los toques de marcha triunfal de los cláxones, en caso de siniestro total, la decepción saldría a la calle. El “somos invencibles” sería sustituido por el “han sido derrotados esos mamones”. Usase: ganamos todos y pierden ellos.
La verdadera unanimidad siempre nos ha venido de la recia mano, del pulso que acaricia y desgarra la pelota, de los tenistas y las ruedas de los ciclistas. El secreto menos escondido tiene nombres: las contundentes victorias. Que no le llena de arrogancia, desde Manolo Santana a Nadal. La firmeza de Federico Martín Bahamontes que se extiende a Contador, con esa década gloriosa de Induráin por medio. El triunfo de la humidad plena de señorío.

Ellos, y varios más, hicieron que sus victorias fuesen compartidas por los que los que los admiramos.
Otra cosa sucede con un campeón que, en la plenitud de su juventud, vive de su pasado que intenta hacer presente. El chófer de lujo, el señor Alonso es gallo de pelea que únicamente enseña sus espolones, su mal talante señal inequívoca de que a ese gallo que no canta algo tiene en la garganta.

Uno le desea lo mejor. Que la milagrera Virgen de Covadonga, y de su bendita tierra liberadora de las Españas le siga protegiendo. Y que don Pelayo le preste las tizonas con la que ganó tantas batallas. De las que tanto se sigue hablando y no de su pedantería, que es la cualidad hermana mayor y respondona de la vanidad de vanidades. El orgullo más que justificado es de otro guaje, Villa, que va directamente por la victoria y por el título de máximo goleador del llamado Mundial.
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