Las complicaciones imperiales de Estados Unidos en el macizo afgano. II: Caesar’s Caesar
viernes 09 de julio de 2010, 19:17h
No hay necesidad de remontarse al caso del jefe de Estado Mayor americano que fuera Douglas MacArthur (1880-1964), para advertir que tanto las “grandes guerras” como las guerras coloniales de envergadura, han solido ser viveros de militares capaces, ambiciosos, e incluso ineptos. Ni tampoco es necesario recordar el pulso que algunos de ellos han echado a lo largo de la Historia a un monarca o a un presidente de gobierno. Por ejemplo, como ocurrió en Estados Unidos cuando H. S. Truman hubo de destituir sin piedad a Mac Arthur en 1951 por razones de Estado.
El caso, ahora, es que la cúpula civil americana, con el Presidente Obama y el Secretario de Defensa Robert Gates en primera línea, se han visto retados por declaraciones y comentarios -con visos de chascarrillo- que profirió hace poco Stanley McChrystal, general en jefe de las tropas americanas destacadas en Afganistán. Recuérdese: para reducir a los insurgentes, atraer a la población civil (campesina, agro-pastoril) y facilitar, de este modo, al gobierno de Karzai la asunción de un orden y control políticos prolongados, antes de que finalice 2011. Con anterioridad a que un periodista intrépido -un tal Michael Hastings- publicara en la revista Rolling Stone (semana del 8-12 de junio) las susodichas declaraciones de McChrystal, habían aflorado en la prensa comentarios críticos al método y los plazos fijados por la Junta de Jefes del Estado Mayor americano para llevar a buen y rápido fin la intervención estadounidense en Afganistán. La más importante fue aquella de “no confundamos la esperanza (del triunfo) con una política (adecuada)”. Probablemente, McChrystal no ha jugado sino a ser el factor humano desencadenante de una reacción presidencial que ha fulminado al general en armas en aras de la auctoritas. Eso sí, luego de un convencional tête-à-tête con Barack Obama en Washington, en donde se convocó al general estadounidense el miércoles 23 de junio. Obvio es apuntar que -en una operación sustitutoria de vértigo- David Petraeus, el aclamado pacificador de Iraq, acaba de ser designado para llenar el hueco dejado por McChrystal; para proseguir con el método ANTISUR (Antisurgency tactics) y el escalonamiento de la guerra prolongada en Afganistán que viene manteniendo Estados Unidos desde 2004. Veremos si es posible.
El antes citado Kissinger, a la cabeza de una comitiva de expertos reducida, ha pedido una rectificación de la política americana en Afganistán. Kissinger ha redondeado su argumentario, haciendo ver al Presidente que el gobierno actual de USA debe evitar, a todas luces, que Afganistán se convierta en el epicentro de conflictos múltiples y solapables, procedentes de China, India y Paquistán. Por el contrario, trabajar a fondo a la población de regiones insurrectas como Kandahar, jugar con cálculo dúctil (atracción del colaborador y castigo al rebelde) y manipular la división existente entre los jefes de tribus y las gentes del común, habría de ser siempre, según el criterio del antiguo Secretario de Estado americano de los presidentes Nixon y Ford, el principio vertebrador de la estrategia americana en la lejana frontera oriental del Gran Oriente Medio (Washington dixit). El ejército combatiría así con más seguridad, aunque no menos calculadamente, intentando, empero, priorizar el ejercicio de la persuasión psicológica con la población local, instalada en la incertidumbre de su fidelidad actual. O sea, si girar hacia el gobierno de Kabul, o hacia el polo de los rebeldes de Kandahar y de otros focos de resistencia abierta o larvada. Cierto es que algo de lo que ha estallado en los últimos quince días en el núcleo del poder cívico y militar de los Estados Unidos, venía barruntándose desde hacía un par de meses. Se “mascaba” la crisis. Y de ello creo que existe algún testimonio en esta mismísima columna de EL IMPARCIAL.
Sin embargo, como sucedió con frecuencia en tiempos del imperialismo colonial, la cuestión afgana ha adquirido un carácter dramático que, o logra ser contrarrestado paralelamente tanto desde Washington como desde Asia central, o bien puede ser que se agrave el dramatismo que acaba de alcanzar esta cuestión en el arranque del verano.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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