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Vida y no Muerte en Pateras

Antonio Domínguez Rey
viernes 09 de julio de 2010, 19:25h
El Estado es algo muy serio como para confiarlo a economistas y políticos de trasiego.

Corrían los últimos meses de 1991, recién terminada la Guerra del Golfo, y entrábamos en 1992, inquietos con los fastos del V Centenario del Descubrimiento de América y la Exposición Universal de Sevilla. Eran horas de mucho bullicio y, tal vez, ocasión única de lanzadera internacional de España en Europa y América. Un buen brindis por la joven democracia del antiguo imperio hispano sobre un fondo en sombra de dictadura. Europa nos invitaba a retomar el eco de Iberoamérica y ante la puerta también milenaria de África.

Un grupo de intelectuales, políticos, economistas, empresarios, más de treinta personas convocadas por el entonces eurodiputado Raúl Morodo, ideó un inteligente proyecto de desarrollo para el Magreb. Pretendía crear un foco estratégico de atención socioeconómica, política, empresarial y cultural en los países y estados de la zona magrebí para consolidar su relación histórica con sus homólogos europeos. La idea era brillante, oportuna y fundadora.

Europa quería compartir un proyecto de globalización sin precedentes con el norte de África. La oportunidad venía motivada por el vacío diplomático que la primera Guerra del Golfo había generado entre las cancillerías de esos países. Ocasión única, por tanto, para España, de cubrir un hueco internacional relevante con una iniciativa de envergadura. España era y es natural frontera europea con África. Y a ello se unía, y une, la relación histórica por excelencia con América.

Nacía además una esperanza nueva para millones de personas, muchas con familia en comunidades del continente europeo. Norte y Sur por fin solidarios. El prólogo de una verdadera alianza de civilizaciones.

Nos reuníamos con los embajadores del Magreb en un edificio de la calle Cedaceros de Madrid, próximo a la de Alcalá; en una sala, los españoles, y en otra, los representantes magrebíes. Se resumían después los acuerdos al final de una cena conjunta. Además de Raúl Morodo, había personalidades como Luis González Seara, ex ministro de Educación; Miguel Boyer, que lo había sido de Economía y Hacienda; Alfonso de la Serna, ex embajador en Marruecos, ya fallecido; Emilio Cassinello, comisario posteriormente de la Exposición Universal citada, etc.

Sorprendente la agilidad con que, en diez minutos, apalabraron más de tres millones de pesetas iniciales -aún no se había creado el euro- para proceder al alquiler de un local y la contratación de tres secretarias con dominio cada una de ellas de tres lenguas relacionadas con los países concernidos. Se ofrecieron bancos e instituciones de inmediato. Aquello iba en serio. Y así se esbozaron coordenadas y áreas de proyección posible. La cultura debía ser carta de presentación y ámbito de entendimiento común. Ahí entraba quien suscribe y así lo hizo saber a los reunidos. Europa siempre tiende la alfombra de la cultura en las negociaciones internacionales.

Y ahí terciaba el español como lengua internacional en crecimiento constante gracias al continente americano. El número de musulmanes emigrados a América ya era notable entonces y las expectativas aumentaban, por lo que muchos habitantes magrebíes aprendían esta lengua. Quienes habíamos conocido la emigración de gente africana y latina en ciudades europeas, ya promovíamos desde algún tiempo atrás un instituto español específico de lengua y cultura española para el extranjero.

Los más interesados por el aspecto cultural fueron los libios. Al finalizar la primera reunión, y antes de la cena, se me acercó el representante de Libia para preguntarme qué acuerdos culturales habíamos determinado. Lo acompañaba un ingeniero catalán que introducía en el desierto de este país un ingenio francamente curioso. Se trataba de una palmera sintética capaz de absorber la humedad del aire y el rocío de la noche para crear condiciones idóneas de vegetación en su base.

A la segunda reunión acudieron dos nuevos economistas para exponer sus opiniones al respecto. Desaconsejaban, decían, un propósito de tal calado, pues España carecía de experiencia en este tipo de empresas. Por otra parte, lo realmente atractivo y urgente desde un punto de vista diplomático y de estrategia política era [sic] el dinero que Estados Unidos estaba invirtiendo en Kuwait después de la Guerra del Golfo.

Mi sorpresa fue enorme. Les pregunté si acaso pretendían que, de invertir en aquel momento -las veinte horas y diez minutos de la tarde- veinticinco pesetas (quince céntimos de euro), al día siguiente obtendríamos, a las ocho de la mañana, cien (sesenta céntimos actuales). Me dijeron: “Sí, efectivamente”. Nadie trabaja seriamente con tales márgenes de negocio, repliqué. Es la mejor ocasión para España en la zona, el dinero fresco americano, insistieron.

El diferencial económico citado resulta hoy más estrecho con el cambio de moneda. Una metonimia que actualmente nos requiere e impone equilibrar la proporción sincopada.

Aquella actuación, nada fortuita, sino auspiciada por algún despacho oficial, desbarató el intento. Para mí fue más que oráculo del altísimo. Si este es el nivel de nuestros ideólogos, mejor dedicarse a otra tarea.

Pasados seis meses, obtengo información de que dos ministros españoles de la época, uno de ellos también ya fallecido, el otro recién retirado de altas funciones internacionales en Europa, andaban por los despachos del Parlamento europeo con el proyecto en el bolsillo. Más tarde, me llegó incluso un viento cálido de desierto con el rumor de que la autonomía catalana también lo pretendía.

Sobran comentarios y me ahorro comparaciones con lo que hoy vivimos. Piensen sólo en cuántas vidas hubiera alumbrado, y no engullido, el Mediterráneo; cuánta miseria redimida, cuánto ferry, helicóptero, carguero, en vez de pateras entre África y España. Pueblos enteros abandonan sus lugares en dirección Norte hasta hacinarse cerca de las costas africanas con la ilusión de alcanzar terreno europeo en las españolas. Buscan condiciones básicas de vida.

Imaginen ahora a Sevilla capital pionera de Europa para el desarrollo de África. Tal era el objetivo de fondo. La Expo-92 continuaría en el Magreb con Sevilla como centro internacional, quinientos años después, de tecnología innovadora en un horizonte euroafricano de trascendencia americana. Esto y no guerra ofrecíamos algunos españoles.

El diferencial político y democrático de España en el contorno de Europa es aún muy notable. Sigan ideando, señores ministros, presidentes, consultos de reflexión europea.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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