Memorias y política actual (y 2)
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 12 de julio de 2010, 18:10h
Conforme a los ponderados e invariablemente buidos cómputos de Tácito, quince años es un periodo harto adecuado para afrontar el juicio de la historia. De acuerdo con cálculo y medida tan de fiar, el quindecenio transcurrido desde la llegada a la Moncloa de José María Aznar en 1996 a la fecha constituye un tramo temporal susceptible de análisis y crítica. En el terreno que ahora nos ocupa, la literatura política de naturaleza o signo memorialístico, la cosecha entrojada del afán reconstructor de los ministros o ex-ministros de tal ciclo es llamativamente menguada, incluso cotejada con la ya muy escasa de la fase precedente. –(El testimonio del bibliófilo Federico Trillo sobre su polémica gestión en el ámbito castrense es acaso la salvedad más notoria)-. Para consuelo, sin embargo, de los lectores de los libros de dicha índole –muy numerosos, por lo demás, según estadísticas de librerías y editoriales-, tan asombrosa orfandad se encuentra un punto compensada por ser el mismo José María Aznar la mayor excepción de paisaje tan desértico. Parvo consuelo, no obstante. Pese a provenir su autoría de manu servato, las diversas obras memoriográficas del ex-presidente conservador no poseen atractivo ni interés mayor desde el ángulo historiográfico o estético. De sólito, el estilo plano y grisáceo que caracterizara la oratoria del antiguo caudillo de los populares españoles, imprime sus rasgos en la escritura de sus obras memorialísticas. Ojalá que no se descubra como negro augurio de los afanes historiográficos o literarios de sus colaboradores en las altas tareas de gobierno que, en un futuro próximo o lejano, se decidan a poner negro sobre blanco los lances de su vida pública y lo observado en ella.
De lo recogido hasta el día de hoy en entrevistas periodísticas, radiofónicas o televisivas y en escritos ocasionales a la manera de prólogos y comentarios bibliográficos, debidos a los miembros del poder ejecutivo de la etapa 1996-2004, no es mucho lo que cabe esperar en cuanto a fuerza interpretativa o sensibilidad evocadora de la pluma de los mencionados ex-gobernantes. De ordinario con precario bagaje cultural y corto número de lecturas más allá del ámbito de su respectiva especialidad, el fruto que previsiblemente quepa recoger en el porvenir de su exigencia política o su inclinación por las musas no será, hélas, ni serondo ni copioso. No es prudente, con todo, importará repetir, aventurar cábalas ni juicios de valor en la materia aludida. Personalidades como, verbi gratia, Rodrigo Rato o Manuel Pimentel –tan imantado por los cimbeles de la novela histórica y las fantasías telúricas- acaso estén muy capacitadas para reverdecer los mejores laureles del difícil género de los recuerdos y memorias políticas. Se admiten aquí las apuestas por su lanzamiento al ruedo citado…
Finalmente, en cuanto a la aportación un día a la literatura memoriográfica de los componentes de los diferentes gabinetes del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, sería tan arriesgado como ocioso sentar plaza de adivino frente a su extensión y valor. Partícipes, generacionalmente, de las mismas coordenadas educativas, culturales y sociales de los ex ministros del periodo aznarista, quizá estuviera en razón no albergar demasiadas ilusiones respecto a la cuantía y calidad de sus eventuales contribuciones al acervo historiográfico de la España del despegue del siglo XXI. Sin embargo, como siempre, el correr del tiempo proporcionará la exacta medida de su presunto y deseable esfuerzo en tan importante materia como la aquí tratada hasta ahora.