Jugar con fuego
lunes 12 de julio de 2010, 20:49h
La imagen de Montilla huyendo por pies -y en automóvil, claro- de la manifestación que él mismo había irresponsablemente convocado en contra de la sentencia del TC es el símbolo perfecto de la incoherencia socialista y de su total falta de respeto por el Estado de Derecho. Como en el cuento del aprendiz de brujo, Montilla y todos cuantos comparten sus planteamientos respecto de ese Estatuto de sus pecados –que no de los nuestros- han suscitado y movilizado unas fuerzas que después no han sabido controlar. Y que a saber adónde pueden llevarlos. En el siglo XIX, tan profuso en revueltas y algaradas, se decía aquello de que la revolución acababa devorando a sus hijos y aunque en Cataluña sería excesivo hablar de revolución (de momento no es más que la rebeldía de cuatro “piraos”) lo que sí parece cada vez más probable es que los catalanes acabarán echando por la borda a esa irresponsable clase política que les ha metido en un callejón de difícil salida por falta de tacto, de prudencia y de esa cualidad tan catalana que se llama el seny. Desde el principio plantearon mal la cuestión del Estatuto –empujados, ciertamente, por ese insolvente máximo que es Zapatero- e hicieron creer a los ciudadanos de aquella Comunidad que poseían un “derecho a decidir”, esto es una soberanía, para la que no hay ninguna apoyatura legal, constitucional ni histórica. Sencillamente porque Cataluña no es una nación, como deja claro la sentencia del TC, aunque admita que cada uno se pueda poner las medallas que quiera, pero sin valor jurídico de ningún tipo. Los hay que hasta se creen que son Napoleón.
Como es bien sabido, los nacionalismos que pugnan por su reconocimiento (esos que erróneamente se autodenominan “naciones sin Estado”) se caracterizan no tanto por el amor a sus patrias como por el odio a esa otra patria en la que ven la causa de todos sus supuestos males. Aman a lo suyo, por supuesto, pero odian con mucha más fuerza al otro. El nacionalismo catalán ha cultivado extensiva e intensivamente el odio a todo lo español, incluidos los toros y la selección nacional de futbol. Aunque en este último caso se atempera la animadversión por el hecho evidente de que más de la mitad de los componentes de la selección son jugadores del Barça, aunque no todos sean catalanes. Les pone de los nervios la evidencia histórica de que es incomparablemente mucho más importante lo que tenemos en común que los cacareados “hechos diferenciales”. Incluida la lengua, que merece todo el respeto y apoyo, pero sin caer, por ejemplo, en el ridículo de utilizar “pinganillos” para debatir en una institución del Estado, como es el Senado. O multar a quienes rotulan en “la otra” lengua oficial de la comunidad. Da risa, además, comprobar cómo hablan algunos de esos nacionalistas de “Madrid” -oscura madriguera donde se maquina sin descanso contra ellos y se fraguan todas sus desgracias- cuando se sabe que prácticamente todos los Gobiernos que se han sucedido en este horrendo y mesetario lugar no se han atrevido a dar ni un solo paso importante sin consultar previamente a “los socios catalanes”. Que tantas y tantas veces han tenido la última y decisiva palabra. Nadie puede negar la habilidad de los nacionalistas catalanes para influir en Madrid, en una proporción muy superior a su peso parlamentario, cualquiera que sea el color del Gobierno del Estado. El enfermizo victimismo de los nacionalistas, incluido Montilla, se olvida de este hecho.
Pero si sólo puede tener funestas consecuencias hacer creer a los catalanes que la Constitución es un pacto entre la “soberanía” catalana y la española –que de ahí nace todo ese monstruo jurídico de la bilateralidad,, que irresponsablemente se introdujo en el Estatuto- es aún todavía más grave esa visión alternativa e instrumental del Derecho, de típica raigambre socialista, de la que el tándem Zapatero-Montilla son un cumplido ejemplo. Los socialistas, al menos los españoles, pero no sólo ellos, nunca han creído en el Estado de Derecho –el venerable imperio de la ley de los anglosajones- como muestra sobradamente su historia. Nacidos por y para la revolución, nunca se han liberado de la tesis marxista que ve en el Derecho “una superestructura burguesa”, que Vichinsky, el más destacado jurista soviético, definió como “un medio en la lucha por el socialismo”. Está en el ADN socialista y, por eso, no es nuevo, aunque no hace falta remontarse hasta 1934. De esos genes nace el famoso “entierro” de Montesquieu y la instrumentación política del TC, iniciada con la sentencia de Rumasa y culminada con la “sentencia interpretativa” del artículo 122 de la Constitución, punto de partida de la escandalosa politización del Poder Judicial.
Por todo eso –y por tanto más- no puede sorprender que ante los aspectos menos gratos para Zapatero y Montilla de la sentencia del TC sobre el Estatuto (¿pero no decían que el único perdedor era el PP?), el primero no se corte un pelo y afirme que ya lo arreglará él con algunas leyes, orgánicas o no, que eso da lo mismo. Montilla engaña a los catalanes haciéndoles creer que aquel referéndum (no sé cómo se atreven a recordarlo) que aprobó, más o menos, por un 20 por ciento del censo, el malhadado Estatuto, fue la expresión de “su soberanía” y de su “derecho a decidir”. No sabe o no quiere saber que en un Estado de Derecho nada está perfeccionado hasta que no se sustancia el último trámite, que en este caso era la sentencia del TC. Todo lo demás es pura política, mala política, que no encaja en el Estado de Derecho ni en una democracia que, al menos en nuestro caso, está muy lejos de tener un carácter plebiscitario. Con el agua al cuello ante las próximas elecciones autonómicas, se ha dedicado a criar los cuervos que le van sacar los ojos. Posiblemente se los han sacado ya, porque sólo con la ceguera más absoluta se pueden hacer las cosas con tanta torpeza como las hace este organizador de manifestaciones. Alguien ha dicho agudamente que la manifestación era como el entierro político de Montilla, al que, como en un cuento de Allan Poe, asistía el propio “muerto”. En paz descanse.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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