Como coordinador en ese país de la misión salesiana encargada de amparar a la minoría cristiana, Miguel Ángel es un claro objetivo para el fundamentalismo islámico y corre serio peligro de muerte. El padre Miguel reconoce que Paquistán es uno de esos lugares a donde nadie te recomienda que vayas; es más, intentan evitar que arriesgues tu vida para conocerlo. Para él, es un riesgo que merece la pena correr.
Trata de convertir Paquistán en un lugar mejor. Para vivir allí, Miguel asegura que es imprescindible tener un gran sentido del humor y una inquebrantable fe que te dé suficiente valor para no sucumbir al miedo en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Junto a él, un equipo de gente joven que ha dejado todo para montar una escuela técnica para cristianos y musulmanes. Miguel Ángel asegura que la imagen que Occidente tiene del Islam no se corresponde, en absoluto, con la realidad.

La principal diferencia entre Islam y Cristianismo radica en que, cuanto más extremista es un cristiano, más dispuesto está a perdonar mientras que un musulmán, cuanto más fundamentalista es, mayor es su determinación a morir matando por Alá. Para Miguel, todos actuamos en base a nuestra educación y a aquello que llena nuestro corazón. Los paquistaníes “son personas extraordinarias“. El problema es que muchos obran conforme al dolor que sienten y las ansias de venganza que les han inculcado desde críos.
El millón y medio de personas que representa la minoría cristiana, que coincide con el sector más pobre del país, sufre a diario la discriminación y las consecuencias directas de la violencia. La intolerancia religiosa da pie a numerosos ataques contra esta comunidad. Este mes,
una monja salvó la vida después de que varios radicales cortaran su cuello con un frío cuchillo que no tuvo suficiente valor para terminar la sangrienta tarea. El padre Miguel pidió a algunos de sus chicos que pasaran unas noches en el convento para tranquilizar a las atemorizadas monjas.
La pobreza, convertida en un arma de doble filo, es dueña del destino de millones de personas frustradas y cansadas de una vida miserable que, arrastradas por la corriente islámica, desembocan en un mar de odio. Las madrasas (escuelas coránicas) permiten a los clérigos musulmanes rentabilizar el sufrimiento y la desesperación de esa juventud perdida, que desconoce el origen de la sed de venganza que corre por sus venas. “Lavan su cerebro” a bajo precio, o incluso, de forma gratuita. Por desgracia, se trata de lo más parecido a la enseñanza pública con que cuentan en estos momentos.

El padre Miguel nos contó que algunos chicos se acercan al centro donde desempeña su labor en busca de una educación de la mano de su padre. Cuando preguntó a un joven de 18 años si sabía leer y escribir, su padre, después de negarlo, se apresuró a decir que era capaz de recitar el Corán de memoria. El Islam inunda cada rincón de un país creado a partir del nacionalismo religioso. Hasta la Policía de Paquistán obliga a los pequeños delincuentes a estudiar los fundamentos del Islam en una madrasa si no quieren acabar en la cárcel. Al final, estos centros están repletos de criminales en potencia a los que incitan a asesinar por amor a su Dios.
La Inteligencia americana ha revelado que toda la cúpula de Al Qaeda se encuentra actualmente en Quetta, un auténtico cantón militar y zona de fuerte presencia militar a 80 kilómetros de la frontera con Afganistán, en la montañosa región de Baluchistán. Miguel va a visitar varias veces cada año el centro que la misión salesiana tiene en esta ciudad y está obligado a ir en vehículos con los cristales tintados de negro para no ser descubierto. Lo matarían. Muchos pasthus han llegado a este lugar, procedentes de Afganistán. Luchan contra los americanos y después cruzan la frontera para descansar y reponer fuerzas. Aunque el Gobierno no quiere que se sepa, permite a los afganos, como llaman a los talibanes, refugiarse en las montañas de Quetta “siempre y cuando no hagan ruido”. Muchos sólo regresan para ser enterrados, otros, lo hacen completamente mutilados.
Para algunos, el nombre de Miguel Ángel Ruiz suena demasiado occidental por lo que le sugieren que lo cambie. Pero la cultura de este hombre no es obstáculo para que haya sabido ganarse el respeto de la gente y haya conseguido algo insólito que resulta, ciertamente, paradójico; los hombres que viven en las montañas, de fuertes convicciones islámicas, han llegado a acoger al padre Miguel en sus casas y se han dejado fotografiar con él. Viven en una peligrosa zona donde tienen lugar duros enfrentamientos con el Ejército paquistaní.
Miguel habló con uno de estos combatientes. Había perdido un brazo. Cuando le contó al hombre que era español se le iluminó la mirada y soltó una gran carcajada. Le dio un golpe en la espalda con la mano que aún conservaba y le dijo: ¡español! ¡Muy bien, retirasteis las tropas de Irak! Miguel respiró aliviado, probablemente un británico no habría salido de esa encrucijada. El afgano le explicó que cuando los americanos mueren, el lugar apesta; pero el aire huele a rosas cuando fallecen musulmanes. El salesiano nos explicó que no se puede hablar con fanáticos.
En su visita a Madrid, Miguel contó a EL IMPARCIAL que los
clérigos fundamentalistas, con sus largas y descuidadas barbas y que cubren su cabeza con turbantes del mismo modo que los talibanes afganos, dominan el país en la sombra. Son administradores de la fortuna que Arabia Saudí emplea para garantizar la estabilidad y permanencia del Islam en Paquistán. “Están dispuestos a comprar el país. Les sobra el dinero para hacerlo y consiguen así alejar la guerra de sus fronteras. Consiguen extender su tendencia radical sin sufrir víctimas”.

La imagen habla por sí misma. El curtido rostro de estos hombres refleja la extrema dureza de las condiciones en que viven. Dejan a un lado las diferencias religiosas y reciben con guirnaldas al padre Miguel. Y no es para menos.
Construyeron las casas que pintan de azul y rojo la colinaLa comunidad cristiana desempeñó una ardua labor de auxilio para los afectados por el terremoto de 2005. Los que perdieron todo agradecen emocionados la imprescindible ayuda que han recibido de manos de Miguel. En dos años han construido con sus propias manos más de 3.000 viviendas para los que no tienen dónde cobijarse. Han entregado agua, alimentos y ropa a estas personas que viven en la miseria.
"Es perfectamente posible celebrar encuentros entre diferentes religiones cuando ambas partes se muestran dispuestas", asegura Miguel que recordó que "la absoluta mayoría de paquistaníes no quieren saber nada de terrorismo. Las elecciones demostraron que sólo desean llevar una vida normal".
Y, sin perder un ápice de su sentido del humor asegura:
"Yo salgo degollado de aquí, pero como quede un hilo que una mi cabeza a mi cuerpo, haré que lo cosan y regresaré a un país, Paquistán, del que estoy profundamente enamorado".
Para los que deseen colaborar con la Misión Salesiana en Pakistán: migsnm@yahoo.com