¿Qué quieren los catalanes?
martes 13 de julio de 2010, 20:03h
De vez en cuando es bueno poner las cosas blanco sobre negro, para situar a cada cual en su sitio. La prudencia y la paciencia no tienen por qué estar reñidas con la claridad y la información de lo que sucede. Por más que no me alegre, todo lo contrario, me entristece profundamente, es evidente que una gran parte de nuestra clase política está dando muestras indiscutibles de falta de valores democráticos y respeto a los mínimos esenciales del Estado social y democrático de Derecho (art. 1.1 CE), que los españoles hemos tardado más de dos siglos en conquistar.
Me refiero a la actuación enormemente triste y lamentable de la mayor parte de la clase política catalana, acompañada también de casi todos los medios de comunicación social catalanes. La incógnita es el pueblo catalán que no apuesta por la independencia ni respaldó mayoritariamente el Estatut, pero protagoniza una multitudinaria manifestación -aunque bastante menos numerosa de lo que se publica.
El Presidente Montilla, máximo representante institucional y líder del socialismo catalán, ha manifestado públicamente, en distintas ocasiones, lo siguiente: “la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña es una agresión. Que ésta se publique un día antes de la manifestación es una provocación por parte del Tribunal y se está atacando la dignidad de Cataluña”. Creo que merece la pena reflexionar un poco sobre lo que este hombre tiene en la cabeza, que parece, y esto es lo que me intranquiliza, comparte con la mayor parte de otros políticos de esta Comunidad.
Hay unas normas básicas en democracia que cualquier demócrata convencido y con conocimiento de lo que ha sido el nacimiento, desarrollo y consolidación del Estado democrático sabe. La primera de ellas, sin duda, es el respeto al Estado de Derecho, a la norma, a los tribunales, a la jerarquía normativa. Los totalitarios o los anarquistas son los que no creen en las normas, en su jerarquía y en el funcionamiento del Estado de Derecho. Quieren imponer su criterio, su visión de la vida y para ello pasan por encima de las reglas del juego democrático. Sus argumentos nunca son racionales, jurídicos, equilibrados, aquí pierden la batalla, por ello los argumentos tienen que basarse en el terreno de lo irracional, de los sentimientos, de las pasiones, algo siempre muy, pero que muy peligroso en política. El Presidente Montilla lo sabe, por eso, la sentencia de nuestro máximo Tribunal para él es una agresión. Es el único representante institucional de las democracias modernas y consolidadas que conozco, que ve la labor de un Tribunal Constitucional como una agresión, quizás esto sea normal en Venezuela, Cuba, Bolivia o Nicaragua, pero no desde luego en Francia, Reino Unido, Alemania o Estados Unidos. Montilla sabrá qué camino quiere seguir.
Que se haya utilizado el argumento tan efímero, vago y demagógico como el de la dignidad de Cataluña, me parece una verdadera falta de respeto a cada uno de los ciudadanos de Cataluña. La dignidad es de las personas, no de los territorios y que yo sepa no más del 15% de los catalanes están a favor de la independencia según las consultas populares realizadas en estos últimos meses y no más del 34% de los catalanes están a favor del Estatut. La manifestación del 10 de julio fue realmente numerosa pero ¿a qué porcentaje de catalanes representa -El Mundo sostiene que a no más del 1 %-? ¿todos están a favor de la nación catalana y que ellos decidan? ¿existe una manipulación desde arriba -clase política y medios de comunicación- sobre el pueblo catalán?
No me gusta nada el nacionalismo porque siempre pone las personas al servicio de grandes causas etéreas, lejanas y muy grandilocuentes: la historia, la nación, la raza, la religión, etc. Y bajo su amplio manto a lo largo de la historia se han escondido no pocas mentiras y grandes barbaridades. El nacionalismo no ha aportado nada bueno a la historia de la humanidad, salvo la manipulación de los sentimientos de la gente, que es el terreno donde mejor se mueve.
A los políticos catalanes les importa bien poco los ciudadanos catalanes y sus problemas cotidianos y diarios. La realidad de su gestión en estos años no deja lugar a dudas respecto del paro, PIB, niveles de pobreza, calidad de los servicios, etc. Eso sí, ¡Todo por Cataluña! -dicen-, detrás de la señera todos los errores y corrupciones se pueden esconder. ¡Viva la nación catalana! Los políticos catalanes están llevándonos al siglo XIX, a la España profunda, a la de los sentimientos y la manipulación (nos agreden, nos provocan, dañan nuestra dignidad), cuando realmente lo único que sucede es que funciona el Estado de Derecho y las instituciones. Ni más, ni menos. No tienen reparos en llevarse por delante el Estado de Derecho, la Constitución de 1978 y la paz y democracia que hemos conquistado con mucho esfuerzo entre todos. Es inadmisible que no se respete una sentencia de un Tribunal y se llame a la desobediencia civil, que les dé lo mismo el ordenamiento jurídico y el respeto a los jueces. Este es el peligro del nacionalismo, cuando todo se pone al servicio de la gran causa: la nación, y ante ella, todo debe ceder, todo vale. Sinceramente, el nacionalismo no me gusta ni un pelo, me preocupan mucho los discursos que se alejan de los argumentos racionales y democráticos para entrar en el de los sentimientos y manipulaciones de los ciudadanos y personas libres. Después de dos siglos y dentro de un régimen democrático como el que vivimos, es el momento de decir ¡basta! al nacionalismo y su dogmatismo demagógico. La vida de 46 millones de personas no la marcan el 6 o 7% que representa el nacionalismo en España, si no el 92 o 93% de personas libres que creemos y respetamos la Constitución de 1978 y los Tribunales que la aplican.
Créanme, fuera del Estado de Derecho hace mucho frio y somos mayoría los españoles que queremos paz, igualdad -en España no hay ciudadanos de primera y de segunda- y libertad, y ambas sólo existen dentro del Estado de Derecho. Los catalanes deben decidir dónde quieren estar. Así de claro: con el orden constitucional -cuyo pilar básico es el Tribunal Constitucional- o con un nuevo orden del cuatripartito -PSC, CiU, ERC e ICV- que está por decidir y en el que, por cierto, no son capaces de consensuar un mínimo manifiesto. Demasiado electoralismo y poco sentido de la responsabilidad y valoración de lo conseguido. Espero y deseo que al final reine el sentido común y la mejor convivencia que todos los ciudadanos de España -incluidos los catalanes- hemos disfrutado en estos años. ¿Tenemos que volver necesariamente a nuestro peor pasado de ataque a las normas jurídicas, a los Tribunales y al Estado de Derecho?
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Catedrático de Derecho de la URJC
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