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El cementerio etrusco

Concha D’Olhaberriague
martes 13 de julio de 2010, 21:22h
Ayer visité un cementerio etrusco al pie de Orvieto, ciudad asentada en la roca, la antigua Velzna según los recientes hallazgos arqueológicos del pasado mes de enero.

Reutilizado en época medieval, hoy el camposanto lleva el nombre cristiano de Il Crocefisso del Tufo.

Se compone de calles dispuestas en trazado ortogonal y flanqueadas por tumbas de tuba en forma de dados o bloques superpuestos en seco que replican fielmente las casas que habitaron sus dueños en la primera vida.

Así, estas moradas del más allá constan de un atrio distribuidor, comedor o tablinum al fondo y cubicula o habitaciones a ambos lados.
Excavadas bajo tierra, desde la calle sobresale la edificación a la que se accede por una puerta en cuyo dintel se lee el nombre de la familia propietaria en escritura sinistrosa, es decir, de derecha a izquierda, la más abundante en esta cultura.

Hay otras necrópolis etruscas con más colorido y variedad. Aquí impone la solidez sobria y la concepción urbana del conjunto.
Es frecuente que se señale con un cipo fálico la condición masculina del ocupante y con una casita con tejado a dos aguas la femenina.
Para los estruscos el cementerio no es un lugar donde los vivos honran la memoria de sus difuntos. Tampoco hacen honor a la etimología griega que nos habla de un dormitorio. Ellos lo conciben como una auténtica ciudad con un complejo lenguaje símbólico de ceremonias, juegos, tabúes, danzas marciales de hombres y mujeres, con preferencia oficiantes de la casta sacerdotal, augures intérpretes de las aves, dioses y actividades cinegéticas. Su decoración y ornato no escatiman medios ni minimizan las diferencias sociales.

A veces, el homenajeado, sentado en un escabel, atiende, atento, al ceremonial fúnebre que se lleva a cabo en loor suyo.
Este arte del mundo ultraterreno posee alma e intimidad y no recuerda al egipcio, grandioso y distante.

En los museos de Volterra y Perugia puede contemplarse una ingente cantidad de urnas cinerarias de terracota, piedra caliza o mármol. Las hay con una sola figura humana esculpida en la cubierta o con una pareja, tales como las del prototipo del obeso portando una patera cultual en la mano, mencionado por el poeta Catulo, transparente representación de la opulencia, o las muy famosas de los esposos con variantes de finos matices y gradación sentimental. Siempre están reclinados o tumbados y suelen vestir con prendas expresivas de su dignidad y alto rango.

La capital de la región de Umbría, Perugia, conserva, además, una monumental puerta etrusca en su muralla, que abraza la colina sobre el Tíber.

Fue una de las principales Lucumonías o circunscripciones, llamadas de esta manera por Lucumón, quien reinó en Roma con el nombre de Lucio Tarquinio Prisco.

A pocos kilómetros en dirección a Asís, se descubrió en el XIX el fastuoso Hipogeo de los Volumnios. De época helenística, reproduce una amplia casa romana de diez estancias y contiene animales ahuyentadores, esculturas, lámparas y asientos junto al ajuar obligado de urnas, sarcófagos, cerámica y objetos personales tales como espejos en bronce, ídolos, amuletos y joyas.
Hoy, siguiendo la ruta por la Etruria meridional he recorrido la necrópolis de Tarquinia, la que conserva más tumbas soterrañas provistas de vistosas pinturas de escenas ingenuas, abigarradas, rituales y hasta alguna cruenta como la protagonizada por el “phersu”, especie de verdugo enmascarado que azuza un perro rabioso a un reo con la cara tapada por una coroza, posible antecedente de los juegos romanos de gladiadores.

Con todo, el conjunto urbano de la vida del ultramundo más sin par es el de Cerveteri. Al quedar tapado y cubierto por tierra hasta el XVIII, preservó los grandes túmulos cónicos que coronan las sepulturas excavadas en hondón, y el panorama que se divisa al otearlo, con el mar Tirreno en lontananza, es asombroso y fantástico.
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