A Casillas y Bardem
miércoles 14 de julio de 2010, 21:54h
Que todas somos Sara, lo anunciaba una simpática pancarta en lo alto de un edificio de la madrileña Gran Vía al paso del autobús descapotable que paseaba a los héroes de la selección española de futbol por la capital. La ciudad estaba abarrotada como nunca en su historia por los miles de seguidores y curiosos que habían acudido a ver a sus ídolos, inflamados con una electrizante pasión, que a punto estuvo de acabar con la menguada energía que les quedaba tras la gesta dominical de Suráfrica, antes de que tuvieran ocasión de llegar al restaurante donde esa noche iban a tener una cena, más o menos tranquila, con sus familias.
Era el gran triunfo de los vasallos, que había lanzado a España a revivir una especie de Nochevieja veraniega nada más acabar el angustioso partido, un mensaje espontáneo que un pueblo vestido con sus colores mandaba a los políticos y que, por supuesto, éstos no van a escuchar. Y el inesperado beso de Iker a su chica mientras ésta le entrevistaba delante del mundo, que por fin miraba a España sin compadecerla por su mala suerte de perdedora, había añadido un elemento más a todos los que conformaban una enorme victoria. La conquista que ha conseguido, no se sabe hasta cuándo, que el españolito moreno con ojos castaños de menos de 1.70 de estatura se haya quitado el complejo de sucesor de Alfredo Landa, reivindicando, incluso, a Manolo Escobar quien, a sus años y después de la ola cultureta y esnob que había mandado al profundo olvido abanicos, carros y peinetas, seguro que no esperaba verse como una nueva star en el escenario, haciéndose fotos con los chicos de moda.
Es verdad que hoy en día la media de estatura en las nuevas generaciones españolas está muy cerca de la de los demás países occidentales, pero, aún así, ver a Iniesta, Pedrito o Navas regateando a los gigantones de otros equipos, como el alemán o el holandés, en vez de darnos risa, esta vez nos enorgullecía Así es que ya que estábamos en racha y nos habíamos llevado la ansiada copa dorada ¿por qué no hacernos también con la fama de románticos que siempre han llevado, por ejemplo, franceses e italianos? ¿Por qué no decirle al mundo que el español, como antaño la española, cuando besa, es que besa de verdad?
Personalmente, no sé si a Sara Carbonero le habrá parecido un sueño maravilloso que su chico le diera un beso como colofón a la que tenía que ser una de las entrevistas más importantes de su carrera, o si, por el contrario, se habrá mosqueado con él un poquito, porque después de tanto defender su estatus profesional, al final, todo el mundo acabara por verla como novia del capitán de la selección. Espero, por su bien, que sea una sentimental y que haya elegido la primera de las formas para vivir con el protagonismo de por vida que ese beso le ha traído, y que las campanas de boda que ya anuncian el final feliz de la historia se escuchen pronto. Igual que las que hace días sonaron en riguroso privado para Penélope Cruz y Javier Bardem, esa pareja huidiza a la que el amor también atrapó en sus redes hasta el punto de convertir al duro Javier en otro moderno héroe romántico, por la inesperada declaración a su amada ante el auditorio del Festival de Cannes.
En todo caso, sería de justicia que ahora que las féminas made in Spain se han volcado con el futbol como nunca lo habían hecho antes y hasta han aprendido de verdad el significado del rollo ese del fuera de juego, los machos españoles se hayan convertido en unos verdaderos románticos. Eso sí, chicas, sólo nos faltaba tener también competencia de más allá de nuestras fronteras, porque, a pesar de la pancarta y del deseo inconfesable de muchas, por desgracia, no todas somos Sara. Tampoco Pe.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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