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Crónicas venecianas. Las villas del Véneto

José María Herrera
sábado 17 de julio de 2010, 15:35h
La mayoría de los turistas que visitan Venecia desconocen que la ciudad fue un Estado independiente durante cerca de mil años, el doble de lo que tiene el reino de España, y que poseyó un reino considerable, que se extendía por los Balcanes, las islas griegas y el norte de Italia.

De la potencia veneciana, y en particular de su clase gobernante, una aristocracia que en su momento de máximo esplendor estuvo compuesta por unas seiscientas familias, quedan numerosos testimonios en todo el Véneto. Entre ellos sobresalen las villas patricias. La palabra “villa” tal vez haga pensar en una casita de campo más o menos espaciosa, con un jardín y un estanque, pero la nobleza veneciana eran prodigiosamente rica y muchas de estas villas tienen tamaños extraordinarios, grandes como palacios reales. Napoleón Bonaparte, el célebre pirata, confiscó una pretextando que era demasiado para un particular y compró otra, villa Pisani, en Stra, a orillas del Brenta, entre Padua y Venecia, compuesta por un edificio con ciento catorce habitaciones, un gigantesco salón de baile pintado por Giambattista Tiépolo y un jardín de cincuenta hectáreas en los que se encuentra uno de los más conocidos laberintos vegetales del mundo.

A pesar de su belleza y de su valor artístico, son pocos los turistas que visitan las villas del Véneto. Hasta cierto punto es lógico porque se encuentran desperdigadas por un territorio muy amplio y porque son muchas. Sin embargo, difícilmente se encontrará nada que satisfaga tanto los sentidos y el espíritu. Las villas son la máxima expresión de una forma de vivir en la que sabiduría y deleite iban juntos. Si usted, amable lector, no es un Simpson cualquiera, con su pantaloncito a media pantorrilla, su camisetilla de tirantes y su tatuaje, disfrutará sin duda conociéndolas.

Hay muchas villas famosas. Quizá la más célebre sea la villa Rotonda de Palladio, con sus cuatro pórticos. Mi favorita, sin embargo, pero no por motivos estéticos, es villa Contarini, en Piazzola sul Brenta. De dimensiones fabulosas, particularmente el jardín, dentro del cual hay un estanque navegable, ha sufrido mucho a lo largo del tiempo, aunque sigue siendo una residencia principesca. Su hora de esplendor pasó de todos modos hace casi tres siglos, en la época en que su dueño era Marco Contarini, uno de los grandes melómanos de la historia.

Los Contarini eran una de las estirpes patricias más antiguas de Venecia. Para hacernos una idea de su riqueza e influencia les diré que Marco, procurador de San Marcos, levantó en la villa de Piazzola un teatro para quinientas personas. Su colección de instrumentos tenía fama en toda Europa, e igualmente su colección de partituras, hoy en la Biblioteca Marciana. De no haber sido por su desaforada afición, una parte importante del repertorio operístico del siglo XVII se habría perdido. Cavalli, el discípulo de Monteverdi, sería de hecho prácticamente un desconocido.

Si alguna vez visitan este lugar les recomiendo la llamada “sala de la música” o también “de la guitarra al revés”. Marco Contarini la mandó construir de acuerdo con un plan acústico muy original, que recuerda la caja armónica de una enorme guitarra. En el centro hay una apertura circular por la cual entra el sonido que producen los músicos dispuestos en cuatro balcones situados a los lados. De este modo se comunica la sala de la música con el auditorio de la planta inferior. Los guías que enseñan el edificio dicen que aquí se inventó el hilo musical, pero se trata en realidad de todo lo contrario, pues el hilo musical es una forma de ruido y lo que Contarini pretendía cuando diseñó esta sala es precisamente lo contrario: una escucha consciente.

Al salir de la villa, en el vestíbulo principal, se venden algunas cosas: libros, postales, recuerdos y dos discos. Yo me he comprado este año uno de ellos, las Cantate Contarini, nueve cantatas anónimas de la colección de Marco Contarini. Cuesta trabajo entrar en ellas, pero una vez que se hace el goce está garantizado. Que la obra haya sido grabada gracias a la Xunta de Galicia y que la mezzosoprano que bellamente la interpreta, Marta Infante, sea española, es sin duda una casualidad, pero me ha llenado de orgullo patrio. Mucho más, por cierto, que la victoria de los futbolistas.
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