Haz bien al lugar donde has nacido
sábado 17 de julio de 2010, 15:57h
Benefac loco illi quo natus es, frase bíblica que recuerda Ortega y Gasset para resaltar el efecto de los valores locales inscritos en el alma de toda persona.
Debiera ser la máxima de todo sentimiento nacionalista, es decir, de toda nacencia humana. La extensión del lugar depende, sin embargo, del punto de mira o perspectiva del marco en que se sitúe el individuo, “de suerte que una misma persona, según los niveles políticos, es ciudadano europeo, ciudadano español o ciudadano catalán”, dice la sentencia reciente del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatuto de Cataluña.
No es lo mismo el pueblo que la región, la aldea que el municipio o la región donde éste se ubica. Ni la región comprende necesariamente lo mismo que el ámbito comunitario que la circunscribe. Y tampoco la comunidad coincide en todas sus atribuciones con la nación que la engloba, aunque se identifique con ella. Al aproximarse más allá de estos márgenes semánticos, rozamos la frontera de las definiciones: nación con minúscula o mayúscula, Estado, éste siempre con letra inicial grande.
Si vamos al fondo, encontraremos como reducto último de atribuciones la existencia y el mundo acotado, la parte de tierra en que nos toca vivir afirmando la humanidad allí donde nos encontremos, nuestro carácter humano, que no es otro que el de individuos, lo indiviso, no divisible, único, singular…, la persona últimamente, único sujeto real de atribuciones, derechos y exigencias obligadas. Por ello, la única instancia de derecho, su fundamento mismo.
Apelar, como se hace en la reciente sentencia aludida del Tribunal Constitucional a los conceptos de Nación y Estado, ambos con mayúscula, frente a la nación con minúscula, nos inmerge, cuando menos, y para el primero de los conceptos citados, en un problema lingüístico de extensión semántica notable. La nacencia aludida en nación ya no es el locus nativo, aunque se viva en él, sino la natividad política, constituyente, la localidad adquirida en razón de convivencia más amplia, la Nación o Estado, la Nación-Estado español, en este caso. El género subsume la especie.
El ciudadano gradúa su pertenencia al medio vivencial pleno en función de los niveles sociales, culturales, idiomáticos, jurídicos y políticos de los que participa habitualmente. Y esta graduación pasa hoy por las Autonomías, cuyo rango jurídico es el Estado que las constituye sin ser ellas, una a una, el Estado en todas sus atribuciones, y su reconocimiento se queda en el nombre de naciones con minúscula.
Se genera así un verdadero problema homófono y homógrafo sólo diferenciado por el grador de letra o el gentilicio que acompañe al nombre. Persiste, sin embargo, la referencia aludida y su valor semántico, según la perspectiva de alcance y comprensión. Si nación, grande o pequeña, es lo nativo, y el ámbito de nacencia se irradia al lugar pequeño, medio, más extenso o global, a la sociedad o sociedades implicadas, impera el sentimiento reflejo que cada onda dilata y motiva. El concepto resulta homólogo y su fundamento se diferencia según el sentido que adquiere en cada individuo, parte o lugar. Puro Aristóteles. Aquí soy minúsculo, pero en razón de un allí-aquí con mayúscula.
Lo implicado en tal relación responde más bien a lo que en fenomenología y lingüística entendemos por principio de composicionalidad: la parte refleja el todo que la engloba como su horizonte de constitución en unidad más amplia, palabra, frase, oración, texto. Por caso, el texto del Estatuto, el aludido u otro cualquiera, y de la Constitución.
Los juristas políticos saben muy bien que tal valor semántico, cuya polisemia se reconoce en el nombre nación, depende del grado de voluntad implicada en ese proyecto de convivencia según sintaxis o conexión de deseos, pues hay individuos que, por razones varias, rechazan el lugar de pertenencia, aunque lo lleven dentro de sí como raíz imborrable. En la sobreposición de la existencia al lugar de nacimiento radica también la grandeza expansiva del hombre al reconocerse ciudadano y artífice del mundo. Depende de su altura de miras. Sabe que, allí donde esté, está el lugar de su vivencia creadora. Es sinécdoque de una metáfora más amplia. Pero toda metáfora se funda en una imagen sentida de cuya fuente surte una metonimia. El efecto, la Nación, puede igualar pero no superar a la causa, el pueblo, ni su fundación, los individuos que lo forman en cuanto personas.
Vamos procediendo según grados muy distintos de implicación semántica. Las palabras, sus orígenes, obedecen más al sentido que las constituye que al significado que las integra. Por debajo de lo dicho en cada una de ellas fluye el decir que las nutre. Y el decir es nativo, embrionario, viene a decirnos también Ortega y Gasset. Acontece con las raíces del idioma entrañado, que suele ser el de nacencia, envuelto en un halo de costumbres, su historia. Las sociedades genuinas arraigan en su lengua materna, la cual, reflexiona aún el filósofo, “socializa lo más íntimo de nuestro ser y merced a ella todo individuo pertenece, en el sentido más fuerte del término, a una sociedad.”
Por eso, separar la jurisdicción, el ius, la justicia, del idioma original, no tiene sentido, aunque responda a significado. Ningún ius funda derecho al margen de la persona y nada más personal que la lengua, el aliento que respiramos. Si el decir de la Constitución española no hablara de iure, polifónica, embrionariamente, asumiendo cultura, idioma e historia, sus dichos quedarían expuestos a constante interpretación ocasional del esquema que actualizan. El decir implica también la “coalescencia -es frase de Ortega y Gasset- súbita con las cosas y seres en torno que no son verbales”. Nace, en realidad, del entrañamiento de las cosas mismas. Y esa entraña es el nosotros de todo yo y voz pública que se precie. Quien ame su lengua, reconoce la del otro.
Y este decir sigue siendo, y en la esencia jurídica de nuestro Estado -el español-, romano, latino. La pérdida cultural de perspectiva latina nos hace olvidar nuestro carácter de hermanos o primos hermanos de una misma lengua aún dicente. Invade con su potencia hasta el dominio de la lengua que más nos domina hoy. El efecto de romanización continúa en el inglés por ser el idioma que más pretenden actualmente los inmigrantes hispanos y las lenguas nacionales culturalmente colonizadas por la imagen y el reflejo de una economía sujeta al cambio rápido, veloz, expansivo, sin otro fondo que el eco de sí misma en un cliqueteo permanente. El imperio de la eficacia, su fetichismo.
El salto aquí verificado, en el artículo que escribimos, no es tan oceánico como el que se pretende con la razón jurídica de Estado aplicada a la cultura, historia y lengua de un pueblo solo en el conjunto de poblaciones refrendadas. Reavivemos el fondo común y rechacemos la ecuación galopante establecida entre particularismo y partidismo, unitarismo y españolismo. Una voz, un voto, sí, pero ninguna suena sin el coro que la potencia. Autonomía, la máxima, dice aún Ortega; individuos, todos; personas, lo mismo; naciones, cuantas voluntades las requieran en comunidad de sentido. Y Estado, la nacionalidad común de engendramiento, traducida en régimen jurídico uniforme, solidario.
La banalización de lo dicho por los significados en función de un decir regulador y normativo sólo produce formas jurídicas carentes de sustancia. Y es entonces cuando “las ideas incitantes se tornan tópicos”, concluye Ortega. Y el tópico despersonaliza. Hemos ingresado en una retórica que recuerda bastante la casuística medieval, pero sin la viveza que las lenguas tenían en aquellos días fundacionales, los de las Españas que auspiciaron esta realidad nuestra denominada hoy España. Y tan español es el catalán como el castellano, gallego y vasco. Una misma resonancia de fondo. La realidad hispana sigue siendo plural, polifónica.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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