Mi tesoro se llama Velázquez
miércoles 21 de julio de 2010, 19:43h
Todos deseamos poseer un tesoro. ¿Quien no lo ha soñado leyendo, precisamente, La Isla del Tesoro de Jules Verne? ¿Quien no se ha dejado cautivar por las Aventuras de Emilio Salgari? ¿Quien no se ha sentido Sean Connery y Michael Caine en la película El hombre que pudo reinar de John Huston? Hasta las simplistas andanzas del Los cinco de Enid Blyton nos deparaban sorprendentes tesoros ocultos. Pues bien, desde hace ya muchos años el mejor tesoro posible en este mundo desarrollado es encontrar un velázquez. Nada hay mejor que hallar un perdido velázquez o un mal hasta entonces atribuido velazqueño cuadro a un pintor menor. Si el maestro de maestros que fue Luis Díez del Corral reescribiera algunas hoy algunas páginas de ese excelente libro que lleva por título Velázquez, la Monarquía e Italia, no tengo duda que su siempre perspicaz autor realizaría algunas consideraciones al respecto.
Así que resulta, dos milenios después, que la Biblia tenía razón. “Donde está tu tesoro -esgrimía clarividentemente San Mateo en Evangelio VI, 2- está tu corazón.” Por más que puntualizaría realistamente San Pablo algo después en su Epístola II a los Corintios: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro.” Aquí, ya que de obras de arte hablamos, diríamos nosotros: “El tesoro de toda pintura puede resquebrajarse mañana.” Pero no seamos gafes, ni nos pongamos trágicos. Es más que comprensible el explícito desasosiego de Frodo Bolsón y la cantinela atosigante del Golum del tolkiniano Señor de los Anillos: “Mi tesoro, mi tesoro…” Ya lo refrenda, y para eso no hace falta ponerse tan académico, el sabio refranero popular: “Quien tiene un amigo, tiene un tesoro.”
Nada, pues, como ser el afortunado descubridor de un velázquez. Como apuntaba Ramón Raya, con contundentes palabras, el mejor pintor del mundo. A lo que añadiría yo, menos sesudo, también extraordinariamente valorado. Así que no suscitan sorpresa los recurrentes hallazgos velazqueños de estos últimos años. ¡Hasta, puestos a descubrir, pretendimos localizar los mismísimo huesos perdidos del genial pintor en unas excavaciones próximas a la plaza de Oriente en Madrid!
La lista de últimos novios velázqueños es ya larga: un Retrato con peto anaranjado del rey Felipe IV del Ringling Museum, en Sarasola, Retrato de un hombre del Metropolitan de Nueva York, La costurera, de la National Gallery de Londres, La Santa Rufina adquirida por la Fundación Focus-Abengoa, en Sevilla. Y si no deseamos salir de las salas del propio Museo del Prado, hasta el controvertido retrato de La Infanta Margarita. A los que se pretende sumar ahora otro más: La educación de la Virgen en los sótanos de la Universidad de Yale. Se imaginan si mi Universidad, la Universidad Rey Juan Carlos, tuviera la fortuna de realizar un descubrimiento semejante. ¡No lo quiero ni pensar!
Por mi parte, y ante tanto hallazgo, no puedo ocultar mi escepticismo. Comparto así la opinión adelantada hace unos días por uno de los mejores conocedores de la obra de Velázquez. Me refiero al prestigioso profesor norteamericano Jonathan Brown, catedrático del Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York, quien preguntado por el último de los descubrimientos velazqueños ha afirmado juiciosamente: “Velázquez tuvo una producción muy corta; destilaba cada cuadro y nuca cometió en error”. Lo que es tanto como decir, podemos leer entre líneas, que debemos ser exigentes y cautelosos en lo relativo a nuevas atribuciones.
Sea como fuere, la vida del pintor sevillano, así como su obra, siguen estando cubiertas por una tupida niebla. Ya lo reseñaba el mentado Ramón Gaya -el más velazqueño de los pintores contemporáneos españoles-: “Ver desaparecer a Velázquez, no ya detrás de su obra, sino con su obra, verle irse sin remedio hacia el enigma mismo de donde viniera, y lo que es más escandaloso, sin dejarnos apenas nada… corpóreo, material, tangible.” Pero, quien puede sustraerse a poseer un velázquez. A mí, lo he de reconocer, me resultaría imposible.
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Catedrático de Derecho Constitucional
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