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La rendición de Breda

miércoles 21 de julio de 2010, 20:05h
Las películas basadas en libros de éxito suelen ser mediocres tirando a malas. Hay honrosas excepciones, eso sí, como “El Nombre de la Rosa” o la saga de “El Señor de los Anillos”, magníficas todas ellas. No puede decirse lo mismo de “Alatriste”, que narra las aventuras del personaje de Arturo Pérez Reverte. Floja y con un buen puñado de interpretaciones prescindibles, tiene sin embargo la virtud de retratar fielmente lo que era el día a día de un soldado español en Flandes…cuando todavía no se había puesto el sol.

Todo empezó en 1517. Un fraile alemán de nombre Lutero -luego vendrían otros, como Calvino- denunció lo que él consideraba excesos del papado, provocando un cisma dentro de la Iglesia. No sólo eso. También encendió la mecha de los muchos conflictos armados que con la religión como telón de fondo asolarían Europa durante los siglos venideros. Los Países Bajos no fueron una excepción. Siempre rebeldes a España desde que los heredase Carlos I, ya el emperador tuvo que mandar allí a uno de sus mejores hombres, el Duque de Alba, para que metiese en cintura a tanto “hereje calvinista”, en palabras del propio duque.

Felipe II, ante el escaso -y comprensible- apoyo popular con que contaba el señor duque, decidió enviar a otro magnífico soldado, con mucha mejor prensa y bastante más mano izquierda: Luis de Requesens. Héroe en Lepanto y en Las Alpujarras, su labor en los Países Bajos estuvo marcada por las dificultades económicas que empezaba a sufrir la monarquía española. Y es que las ínfulas imperiales de Carlos I eran muy caras de mantener. A ello hay que unir el error de bulto de su hijo Felipe II al luchar en varios frentes a la vez, lo que originó las primeras bancarrotas. Fue el principio del fin. Sus herederos irían perdiendo territorios hasta llegar a 1713, donde Utrech certificaría aquello de que “En Flandes se ha puesto el sol”.

Pero antes de ponerse, el astro rey fue testigo de innumerables gestas de una de las mejores infanterías de la historia, la española. Los Tercios Viejos fueron el azote de cuantos osaron interponerse en su camino, y hasta que el Príncipe de Condé los derrotase en Rocroi en 1643, sus integrantes protagonizaron episodios gloriosos. Como la toma de Breda, inmortalizada por Velázquez en su célebre “Rendición de Breda” o “Las Lanzas”. Picas, más concretamente. Y arcabuces, y espadas y dagas vizcaínas; tales eran las armas de los soldados españoles que al mando del insigne Ambrosio Spínola rindieron Breda en 1625, bien defendida por un Justino de Nassau al que no le quedó más remedio que entregar las llaves de la ciudad a su oponente. Fue una lucha entre caballeros, y como tal acabó, ya que Spínola dio orden de respetar a los vencidos y les permitió salir en formación portando sus estandartes.

Tres siglos después, la historia se repetiría, o casi. El 11 de julio de 2010, una hueste española magistralmente dirigida por Vicente del Bosque y capitaneada por un tal Iker Casillas aplastó a los herederos de tanto corsario, Orange y Nassau, restituyendo el honor del imperio y conquistando el campeonato del mundo. Dignos sucesores de sus tatarabuelos, los de los Tercios Viejos, demostraron al orbe entero cómo se las gastan los españoles. Y a fe que lo hicieron bien. Mucho. El Duque de Alba estaría orgulloso.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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