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¿Quién controla a los controladores?

miércoles 21 de julio de 2010, 21:42h
La huelga de los controladores franceses se ha convertido ya en todo un clásico del periodo estival. Con más fuerza que la canción del verano, los controladores aéreos del país vecino llevan años marcando el ritmo de muchos viajeros de nuestro país, que, aunque tengan destinos distintos a Francia, han de tomar aviones que sobrevuelan el espacio aéreo galo. Así, año tras año, verano sí y verano también, los controladores franceses desestabilizan los horarios programados y dejan en tierra durante horas, en el mejor de los casos, a los sufridos pasajeros que, una vez dentro de un aeropuerto, están a merced de lo que huelgas, registros, comprobaciones, averías, aerolíneas en quiebra o elementos climatológicos, decidan hacer con ellos y sus merecidos planes de ocio.

Más que por las rebajas de los grandes almacenes, que también tienen su auge en enero, uno sabe que ya está en pleno verano cuando escucha que los controladores franceses se han declarado en huelga. De hecho, si antes de que este invierno surgiera el duro conflicto laboral con los controladores de nuestro país muchos ya sabían lo que era un controlador aéreo era por culpa de sus colegas franceses. Porque a la mayoría, en algún momento de su vida, le ha pillado una de sus tradicionales huelgas de verano y, después de quedarse horas esperando, por ejemplo, en Gatwick o Heathrow, por algo que parecía tan lejano y ajeno a su vida como unos tipos en Francia dirigiendo el tráfico de los cielos, ya nunca se le ha olvidado lo que supone que uno de esos trabajadores, a los que se pinta como extremadamente fríos e inmunes al estrés para poder afrontar con rapidez de reflejos cualquier problema que surja en las autopistas de aeropuertos y aire, decida declararse en huelga.

Los controladores, un colectivo que incluso ha alardeado de ser el único capaz de hacer caer a un gobierno, tienen, sin duda, armas de gran valor, y el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter no andaba descaminado cuando dijo que entre los poderes más importantes del mundo, junto al dólar, su país y Rusia, se encontraban los controladores del tráfico aéreo. Precisamente, fue en Estados Unidos donde este colectivo recibió su lección más dura, cuando Ronald Reagan, harto de soportar, primero sus chantajes y, por fin, su declaración de huelga el 3 de agosto de 1981, tuvo las agallas de declarar ilegal la huelga y amenazar a los controladores con la rescisión de sus contratos si no volvían a su trabajo en 48 horas. Dos días más tarde, el ex presidente cumplió su amenaza y despidió a 11.360 controladores del total de 13.000 que había en el país, recurriendo, mientras se formaban nuevos controladores, a los militares para cubrir los puestos vacantes.

Este verano, en nuestro país, a los problemas de siempre por causa de los franceses hay que añadir las cancelaciones y los retrasos provocados por masivas y sospechosas bajas médicas de los controladores españoles, quienes aseguran no estar haciendo una huelga encubierta. Después del decreto ley del pasado mes de febrero por el que el ejecutivo “normalizaba” sus condiciones laborales, rebajando el máximo de horas extraordinarias así como el tiempo de descanso, para equipararles a los controladores de otros países de la Unión Europea, se esperaba que el colectivo no se quedara de brazos cruzados aceptando con resignación la sustancial rebaja de sus esplendorosos salarios, pero como el asunto está en el tejado judicial, tampoco parecía probable que los controladores volvieran a ponerse a los pies de los caballos de la opinión pública vulnerando, encima, nada menos que el sacramento vacacional.

Desde el USCA, sindicato mayoritario de controladores aéreos, se insiste en que no hay huelga que valga. El virus que está produciendo bajas del 40 % en las plantillas de las torres y los centros de control es otro: ahora, quienes se jactaban de ser inmunes al estrés en situaciones de máximo riesgo, pasando unas pruebas que la mayoría de los mortales no podrían superar, resulta que han caído como moscas a causa de una ansiedad virulenta que no viene tanto de los cielos como de la tierra ministerial. Y aquellos que a base de horas extraordinarias conseguían redondear unos sueldos que escandalizaron a la mayoría de la población, especialmente sensible en época de obligatorio ajuste de cinturón, ahora, con la reducción real de las horas que trabajan, alegan agotamiento extremo por el recorte de los periodos de descanso.

En definitiva, tiene toda la pinta de que el asunto se ha convertido en un pulso que, como siempre, y hasta su resolución, doctrina Reagan mediante o no, a quien sí llenará de estrés será al pasajero que, maleta en mano, anda ya soñando con el paraíso en el que sacudirse su propio agotamiento. Eso, si es que entre todos le dejan.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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