A mi madre
jueves 22 de julio de 2010, 20:37h
Es tu madre quien te da la vida, tu vida. Cuando la enfermedad pone fin a la suya, tú también mueres un poco.
Siempre es pronto para que tu madre te abandone. Por más que la veas consumirse, aún sin sufrimiento aparente, pretendes prolongar eternamente su compañía. Nos produce terror el vacío abismal de su ausencia. También en ese momento los hijos somos egoístas pues su sola existencia nos consuela.
El adiós a Pilar te desgarra, te hace crujir y perder la respiración. Pero es aún peor después pues los recuerdos corren y se agolpan en tu mente. La memoria, e inmediatamente el corazón, se desbordan y desde recónditas esquinas llegan jirones de intrahistoria, de la que nunca sale ni debe salir en los libros.
Algunos logran expulsar el llanto de sus entrañas. Otros más contenidos las retienen a su pesar en sus ojos varados, escocidos, incapaces de sostener la mirada. Las lágrimas amarillean en la soledad de sus muros.
Dicen que es ley de vida. Palabras. Odio las palabras recurrentes, huecas, reiterativas de los lugares comunes. Y si lo fuera es una ley tan injusta que no debía ser válida. No deseo ese consuelo de llegó su hora, pues prefiero el reloj atrasado o que marque permanentemente el mismo minuto, pero no perder nunca a quien se quiere, dotada de eternidad, inmune a cualquier mal. La falta de corporeidad del ausente se hace dramáticamente intensa y te hace indiferente ante tantas cosas que sólo unos días antes eran tan importantes y copaban tu tiempo.
Ha caído en mis manos una novela de un aficionado a la ficción que demuestra dotes e maestro de la literatura. José Manuel Otero Lastres, Catedrático de Derecho Mercantil, admirado (aún más tras leer esta obra) amigo, reflexiona sobre la muerte en “La niña de gris” y nos cuenta que cuando se dio cuenta que la madre se había ido para siempre comprendió que no es la muerte la que viene a buscarnos, sino que es la vida la que se va. Los intensos sentimientos que estaban emanando de su alma la condujeron a idealizar al ser perfecto a cuyo lado había crecido. En su interior se estaba rasgando algo; se había empezado a descoser la cicatriz inadvertida. Su espíritu se incendiaba y arrebatada por la ira y clamaba contra los responsables de la muerte que transforma al ser querido en recuerdos.
Hay más, en fin, las palabras de mi hermano Javier, siempre sobrio pero ahora también emocionado y emotivo, aglosando la dura prueba de la enfermedad severa y progresiva que dejó a mi madre hecha jirones que no nos ocultó su maravillosa humanidad. Ahora “la muerte lo pasa todo a limpio”. Así será, aunque nos hace falta aún distancia para que reaparezca su vida en su totalidad sin el marchamo de su pérdida. El esfuerzo por recuperarla empieza ahora y crecerá espontáneamente.
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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