Los libros inacabados
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 23 de julio de 2010, 19:21h
Más felices quizás todavía que los virgilianos conocedores de las causas de lo existente serán aquellos escritores que han dado remate a todos los textos que desearon entregar a la imprenta. Entre los escasos que se tienen fehaciente noticia de ello figuran, entre otros contemporáneos, autores tan selváticos como Thomas Mann y Galdós, y es presumible que otro de su misma raza, aún en feliz e insomne actividad, Mario Vargas Llosa, haya dado al público todo lo parteado, a la fecha, por su fecunda minerva. ¿Privilegio, pues, de los genios? No. Otros poetas, ensayistas y narradores de ancha vena productiva pero de menor originalidad y fuerza creadora vieron en los escaparates de las librerías la totalidad o casi de su trato con las musas.
Mas al lado de los autores con títulos frustrados, obras encetadas que no llegaron su lógica desembocadura, proyectos y embriones de textos con frecuencia muchas veces retomados pero jamás conclusos, los primeros son, desde luego, en la historia de las letras unos afortunados. El contacto con artistas y escritores de incontestable pulsión y vitalidad nos hace conocer de continuo los múltiples personajes y asuntos que bullen en su inquieto espíritu a la búsqueda del perfil caracterizador o del trazo definitivo e intransferible. Por muchos que hayan sido sus éxitos al componer partituras de elevada inspiración, esculpir esculturas impactantes, pintar cuadros pletóricos de propiedad y armonía o construir novelas sugestivas y con poder de evocación, nada de ello suele servirles de lenitivo frente a las criaturas y temas larvados o incompletos en su magín a la espera del fiat verdaderamente creador. Por supuesto, que tales situaciones sólo son verificables en plumas o pinceles con sentido de la responsabilidad y de considerable autocrítica, que, son por otra parte, las únicas condignas de su alta misión social y artística. Ni siquiera Lope al trasladar en un día mil piezas del Parnaso al teatro dejó de experimentar la comezón del inconformismo…
En nuestros días, la excusa más esgrimida a la hora de justificar o autojustificar la existencia de proyectos y trabajos meramente en fárfara es la falta de tiempo, plaga de las sociedades de Occidente. En buen número de ejemplos, tal argumento responde a una pesarosa realidad y puede explicar, parcial o enteramente, las obras artísticas y literarias que nunca llegaron a ver la luz. Tártagos y preocupaciones materiales ineludibles las dejaron in aeternum en el limbo de los buenos propósitos, con hondo desgarro en nos pocos casos del ánimo de sus abortados creadores. Pero esa circunstancia, en verdad, se repetirá, auténtica y desgraciadamente muy extendida en nuestra civilización, dista de dar razón de la cifra infinita e incontable de los trabajos del espíritu que permanecen sin la necesaria materialización debido al cálculo errado a la hora de su planteamiento inicial, a la falta de temperatura intelectual o la carencia de un compromiso íntimo y de imposible desligamiento con la obra en que un tiempo cifró los ideales y el ensueño esplendente de un artista maduro o un escritor anciano.
Uno y otro, en el ocaso de su trayectoria, en el momento de los adioses y del balance final, al echar la vista atrás sobre una vida invariablemente sombreada por el fracaso y el desencanto, asumirán como la mayor de sus tristezas la impotencia de no haber dado autonomía los seres que poblaron, con afán de perpetuidad, sus horas más plenificantes.