Crónicas venecianas. Necrofilia
sábado 24 de julio de 2010, 14:09h
Desde hace años frecuento una librería veneciana próxima al campo de San Anzolo. El librero, un tipo simpático, servicial y extravagante, tanto como para amonestar a los clientes que eligen títulos inadecuados, suele lamentarse del estado en que se halla su ciudad. Lo que le preocupa no es que Venecia llegue a ser engullida un día por el Adriático o que alguno de sus monumentos pueda desplomarse de puro viejo, sino que dentro de poco no quede ya ningún veneciano para contarlo. La población autóctona disminuye sin cesar a causa del atroz encarecimiento de la vida motivado por la descomunal afluencia de turistas (treinta millones anuales, según el último cálculo) y la propia singularidad geográfica de la ciudad, incomodísima para el hombre de hoy. De seguir por esta senda, y no parece que haya otra, Venecia acabará convirtiéndose en un decorado cuyos únicos habitantes fijos, hacinados seguramente en sucios cuartuchos con vistas a algún oscuro callejón, serán los orientales contratados por los hoteles y los negros que venden bolsos de imitación en las plazas.
Mi librero no tiene nada en contra de los orientales y los negros que se ganan la vida en Venecia. Tampoco tiene nada en contra de los turistas que la visitan. Simplemente constata un hecho, un hecho que en realidad se produjo mucho antes de que él naciera, aunque los venecianos se resistan a admitirlo. Ustedes entenderán mejor a qué me refiero si digo que Venecia no es sólo una bella ciudad con un patrimonio histórico y artístico formidable, sino la única en el mundo cuyos tesoros no constituyen una mera suma de producciones culturales superpuestas a lo largo del tiempo por pueblos sucesivos afincados en un mismo territorio, sino el fruto de la voluntad de un único pueblo, ese pueblo que se eclipsó espiritualmente cuando la ciudad perdió su soberanía política y que ahora parece condenado a desaparecer también físicamente y para siempre.
La población de Venecia tiene los días contados. Hoy es ya menos de un tercio de lo que fue durante los últimos ocho siglos. La caída es vertiginosa, peor que cualquier pestilencia, y todo lo que se hace a fin de impedirlo no sirve para nada. En una farmacia situada frente a la estatua de Goldoni, a uno de los lados del puente de Rialto, hay un contador que informa puntualmente de los habitantes que quedan. Cada semana que pasa son menos. En cambio, aumentan sin cesar los visitantes. Hay días que resulta prácticamente imposible andar por las calles. No es casual que la última obra arquitectónica de relieve que se ha construido aquí haya sido un puente peatonal –firmado por Calatrava, uno de los escasísimos artistas españoles representados en Venecia. Si ésta se hunde es, desde luego, por el peso de los turistas. Cuando lo haga -ojalá se nos ahorre el disgusto de verlo-, probablemente no perderemos una ciudad viva, sino un parque temático, un decorado, los huesos de la urbe más perfecta que ha existido nunca.
Hay ciudades míticas, ciudades que se aman antes de conocerlas, por su sola leyenda, igual que ocurría en la Edad Media con ciertas damas ensalzadas por los poetas. Venecia es una de ellas. Sin embargo, y como dijo Lawrence Durrell, ninguna ciudad se convierte en un mundo hasta que no amamos a alguno de sus habitantes. ¿Será esto posible en el futuro para los amantes de Venecia o se verán obligados a consolarse tristemente con la necroscopia y la necrofilia?