Un Proyecto para Galicia (I)
sábado 24 de julio de 2010, 14:29h
“Deu moito de si, mais garda ainda un tesouro de posibilidades”.
Esto decía Ramón Otero Pedrayo en 1930, cuando escribió el Ensaio Histórico sobre a Cultura Galega. Ochenta años después, aún brilla este tesoro de posibles en el horizonte social de Galicia.
Estos días, con la festividad del Apóstol el 25 de julio en pleno Año Jacobeo, día además de Galicia por excelencia, de festividad religiosa y política, se centran en Santiago millones de miradas de todo el mundo. Y hacia la Ciudad Santa de Occidente fluyen millares de peregrinos durante todo el año. El apogeo será en otoño con la visita del papa Benedicto XVI.
La estrella de Belén siguió alumbrando nueve siglos después, y según la tradición, hacia el Norte. Oriente y Occidente unidos por el parpadeo rutilante del firmamento. La Vía Láctea señala el giro del Sol hacia el extremo de la tierra, finis terrae. Cuando un japonés sonríe a los rayos dorados de la mañana, sabe que se anegan por la tarde en aguas del Atlántico. Una curva gigantesca, milenaria, como las tradiciones que unen nacimiento y ocaso, alumbramiento y muerte, ciclos inmensos de una misma resurrección constante.
El Camino de Santiago concluye aparentemente ante la columna bíblica y arcos del Pórtico de La Gloria en la Catedral compostelana y a los pies del busto con aire bizantino del Apóstol. Oriente y Occidente fundidos.
Están de fiesta Saint Jacques en París, Saint James en Londres, San Giacomo degli Spagnuoli en Roma, Santiago de Cuba, Santiago de Chile, Santiago Apóstol de Ayacucho en Perú, el de Buenos Aires en Argentina, todos los Jaimes del mundo. ¡Felicidades!
Efectivamente, las posibilidades guardan aún su tesoro.
Atravesaron el Atlántico dos lenguas fluviales, no una sola, castellana y gallega, y arribaron a las costas americanas adentrándose por sus ríos y afluentes, como de ríos y campiñas venían, del Miño, Douro, Guadiana y Guadalquivir. Cuando Camoens recuerda la gesta ritmándola en verso, saluda a la lengua madre, “a lingua nai do portugués”, o galego.
Galicia es hoy el único flanco de Europa donde conviven las dos lenguas trasatlánticas que Iberia dio al mundo. Este solo hecho podría convertir a su Comunidad Autónoma en centro euroamericano de un nuevo horizonte histórico, sociocultural, industrioso y político. Bastaría con proyectar la experiencia de su emigración centenaria en América y decana por Europa sobre la pantalla del éxodo mundial al que asistimos en diversos continentes. Y tendría que recuperar su raíz histórica de madre fluvial de la koiné gallego-portuguesa con pervivencia más que futura en Brasil.
Ayudará a ello la experiencia del río humano que, desde siglos, conforma la primera red europea de interculturas con el Camino de Santiago y su continuación peregrina en América. “Ó mellor podría escribirse unha historia sintética do mundo citando unha soa cidade ibérica: Compostela”. El Camino de Santiago, “vieiro de perfección da conciencia europea”, sigue diciendo Otero Pedrayo.
Esté o no esté el cuerpo del Apóstol Santiago en la urna de plata de la cripta, en la Catedral de Compostela, allí se creó y crea cada año un foco espiritual que remueve el fondo de la creación ante el Ocaso. La llamada milenaria del Apóstol es también rumor hondo de tierra y mar fundidos en el océano. Quien llega a Santiago y no sigue a Finisterre, desconoce el verdadero presagio de las estrellas. Y quien transido de leguas e inmensidad celeste regresa a su lugar de origen con el mismo hábito que vestía, no ha entendido nada del viaje.
Sería suficiente con esta vivencia. Presentarse en el Parlamento de Europa y en la ONU con la cara llena de brisa, luz de luna en los poros, verduzca en los ojos, por veces nubosa, otras clara, el pecho como proa “cara ó descoñecido” y la confianza de un proyecto bajo el brazo. Galicia tiene ante sí la mejor de las posibilidades históricas de su existencia: ser la mirada de Europa en América, el eco de América en Europa.
Las instituciones gallegas lo saben, desde el Obispado a la Presidencia de la XUNTA, de la Universidad a la Banca, de uno a otro partido político, de Santiago de Compostela a la Tour de Saint Jacques en París, La Habana en Cuba, el Centro Gallego de Buenos Aires.
Galicia tiene ante sí la posibilidad de convertirse en centro atlántico de conexión euroamericana. Su bilingüismo le permite sumar casi setecientos millones de interlocutores que, sumados a los más de trescientos restantes de lenguas iberorrománicas, hablan por sí solos de una opción histórica sin precedentes en Europa y América.
Y esto es posible asociando sabiduría emigrante, peregrina, intuición creadora, nueva coyuntura política europea y cambio paulatino en las relaciones internacionales con el desarrollo de los países emergentes. La conexión de Galicia con Brasil desde la convivencia atlántica con Portugal le abre asimismo un horizonte diferenciado en la nueva estrategia de continentes. Si no acierta a filtrar en la Unión Europea lo que las circunstancias históricas le ofrecen, Galicia marrará su destino histórico.
La comunidad gallega no afronta los problemas, o no lo hace con el mismo tono, de otras españolas. Las mira comprendiendo, pero con diferente sentido humano, pues ha dado vueltas al mundo durante siglos. Lleva otra música dentro. La creación de un referente multilingüe, interestatal e intracultural en Occidente, comenzando por las demás lenguas del Estado, siguiendo por las europeas, el francés en primera línea con los cantos seculares del Camino, bajando a África, donde resuenan latidos de la koiné galaicoportuguesa, adentrándose en Asia, donde aún hay ecos suyos, y navegando, mar o cielo adentro, por el Atlántico, hacia América, le aportará a Galicia una función singular en la Unión Europea y sus relaciones con las otras zonas aludidas.
Un centro de estas características y funciones de él derivadas, fácilmente concebibles, sería además una sorpresa innovadora en España. El Estado español necesita mirar hacia adelante con el impulso de su historia más fecunda. No tiene ahora mismo un ideal que lo singularice en Europa. Y entonces acota el perfil de sus miradas sobre los restos de la Historia. No saber asimilarla con sabores y amarguras, la desvirtúa.
Si hemos entrado en Europa debe ser para algo más que dar oxígeno a las economías de sus grandes regiones y convertirnos, cada cual con su ingenio -un ministro aquí, un presidente allí, dos o tres bancos por todas partes-, en colonias y protectorados de macrointereses que cruzan su geografía desde casi todos los continentes económicos. España ha contribuido también a abrirles, en poco tiempo, las puertas de los grandes mercados del Sur americano. Algún presidente de la Transición se ha especializado en este oficio. Y algún otro sigue sus pasos con la brújula orientada más hacia el Norte. Y Galicia, que vive en América desde hace tres siglos, se repliega.
El giro de la macropolítica internacional propicia que América desvíe, poco a poco, la mirada de Europa y colateralmente de España. Somos un residuo lento de la Historia, una costa que se aleja del mar océano en brumas de silencio opaco. Siguiendo así, hasta la lengua española, castellana o históricamente gallega, pierde de vista su centro. Las lenguas requieren ideas, proyectos, sabios, creadores, intercambio de gentes, artistas, pensadores, políticos fecundos, vivencia de tierra, mar y aire. Vida, en una palabra.
Galicia puede dar un salto histórico sobre el océano Atlántico.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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