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Viaje a todas partes

sábado 24 de julio de 2010, 21:05h
Viaje, felizmente, de ida y vuelta. Sin embargo es muy diferente realizar ese trayecto cuando de verdad lo único que te importa es la salud. Un desvanecimiento, tipo pilsen y alicatado hasta el techo de fritos picatostes, me hace preguntarle a mi médico de cabecera – Pedro González Onandía- si debo esperar a un galeno de urgencia, mayormente titulado hispanoamericano, o adelantarme a la jugada, uséase , las urgencias en las que suele producirse la cotidianidad de lo inesperadamente insólito.

Los “profesionales” de tales escapadas hacia las soluciones inmediatas nos dividimos en dos clases perfectamente definidas y que actúan según piensen cual es su clase de arrechucho. Somos viajeros sin equipaje o con leve impedimenta “por si acaso”. La angustia, la sospecha de la dolencia que sospechamos, es la que nos impele a llevar un maletín convertido en mesa revuelta: pijama por si acaso. Sucintos elementos de aseo, que no falte el agua de colonia y una relación medicamentosa de los productos que llenan y rebasan los pastilleros.

Las salas de las urgencias, tras deprimirnos si sospechamos que se nos atenderá horas después, suelen resultar divertidas. Tras los botellones o “fines de” de los que no está previsto el límite alcohólico o de drogadicción, la abundancia de “perjudicados”, suele resultar divertida. Los heridos, los enfermos, llegan en solitario o con abundantes compañías, verbigracia los gitanos. El “show” está servido y ofrece un variado repertorio de escenas y fraseología. Me ha tocado ver amanecer cerca de un guardia civil retirado que suplicaba a los viandantes sanitarios que avisasen al Rey Juan Carlos de que un antiguo servidor estaba secuestrado por los galenos y demás personal sanitario. O, más recientemente, por un ciudadano que exigía comida y bebida abundante o, por el contrario, la entregasen sus ropa para, una vez vestido, retornar a su casa.

Cuando eso ocurre la condición humana se degrada y muestra lo peor de si mismo. Aparece la beoda amenazante, el atropellado que pretende hacer carreras sobre la silla de ruedas en la que le han colocado. Hace acto de presencia ese “otro yo”. Debemos aceptar humildemente la larga espera y, consejo para hacer más llevadera la espera, renunciar desde el primer momento al presente de indicativo.

Esas salas de urgencia, o espera, generalmente nos dan paso según la importancia de lo que nos sucede. La que ojala sea la última vez que acudí con mis alifafes perentorios, mi víscera principal recibió la posibilidad de continuar latiendo merced a los servicios cardiológicos de “la Concha”, nombre familiar con el que los asiduos llamamos a uno de los centros hospitalarios más importantes de Madrid.

Superado el periodo de pruebas, rendidos incondicionalmente a todo lo que deseen nuestros cuidadores, trasladados a una “uvi” o a las habitaciones, comienza a cobrar importancia nuestro equipaje. Y aparecen los objetos innecesarios o los libros necesarios; pero en mejores ocasiones.

Se entremezclan, junto a la conexión con aparatos respiratorios gota a gota, el mínimo transistor y otros aditamentos convertidos en prescindiblemente imprescindibles. Que estén bien visibles los mandos con las llamadas al servicio nocturno, el mando de la televisión de la que nos hastiamos horas después de solicitarla

Te despiertan a las horas más inesperadas y aguardas la llegada de amigas y amigos que, en algunos casos, te obsequian con las más recientes novedades de la prensa diaria que, cuando llega a ti, que estás informado por las voces del diminuto transistor, ya han envejecido. Nada envejece tan aprisa como una noticia que pierde su condición de tal en unos segundos.

Me despierto y a pie de cama escucho: “Florentino Pérez quiere casarse con la Duquesa de Alba para ofrecer al “Real Madrid” algún título”. Me lo cuenta Pepe Torres Guardia, escultor colosal al que llamo y me llama hermano. Nos confundían incluso físicamente. A mi me solicitaban esculturas y a él le pedían que les publicitase “Pueblo” o en “Sábado Gráfico”, las publicaciones en las que yo colaboraba.

Dado que el artista en cuestión no pierde ripio, me visita junto al doctor Alfonso Camacho que a él lo dejó “niquelado” tras una gravísima enfermedad ya superada. El bisturí es el burel del todavía joven galeno.

Con Torres y el pintor Alfonso Sebastián elogiamos a Sorolla, al que alguno de la tertulia sanatorial califican de “la mejor mano de la pintura española, pero que nunca se acercó al toro”.

Viene con las banderillas en la mano m torero del Puerto.Me las pone al paso la mejor y más franca sonrisa que he conocido nunca. Se trata de Chema Cerón nuevo y sin embargo el más viejo amigo que he tenido en mi vida que, al parecer, pende de un hilo. En ocasiones pienso que no es solamente la soledad lo único que nos acompañará para siempre.
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