Alan García en la recta final
martes 27 de julio de 2010, 19:12h
Hasta ahora parece que Alan García culminará su segundo período presidencial, sin el desprestigio personal y el pánico con el que acabó su primera gestión gubernativa. Tampoco dejará al país en una situación de desastre político, económico y social, tal como aconteció en su pasado populista y estatista. Si su actual gobierno lo comparamos con el primero en el campo económico, es abismalmente superior. Lo cierto es que hay consenso, respecto a su positiva gestión económica. Esto de ninguna manera quiere decir que haya sido extraordinaria. Prácticamente ha mantenido "en piloto automático", los lineamientos que dejó en marcha el gobierno de Alejandro Toledo, sin hacer reformas necesarias al Estado. Para ser justos hay que mencionar que este logro, se debe en gran medida al eficiente manejo de Luis Carranza,ex ministro de Economía y Finanzas, ajeno a las filas del aprismo.
El problema principal de García entre 1980 y 1985, fue que no tuvo dinero. Ahora ha tenido holgura económica, pero su administración ha sido incapaz de ejecutar los presupuestos, debido a la carencia de cuadros técnicos y de proyectos.
El economista Waldo Mendoza dice con acierto e ironía que "su segundo gobierno ha sido infinitamente mejor que el primero (once entre cero es infinito)”. Vale aclarar que en el Perú la escala de calificación, es de cero a veinte.
Pero lamentablemente en lo político, no se puede afirmar que el régimen aprista haya sido ni siquiera regular. El grado de corrupción no ha llegado a los niveles de la dictadura cleptómana de Fujimori, pero está entre los aspectos que no supo controlar. Como será de escandalosa la situación, que en reciente entrevista García ha declarado: "La corrupción ha hecho mucho daño a mi gobierno". En realidad no tiene vocación moralizadora, ni autoridad moral para enfrentar ese flagelo que afecta a la democracia peruana.
Para García el fin justifica los medios. Solo así se puede entender su alianza política con la agrupación de Fujimori. Este pacto le ha permitido gobernar con comodidad y prácticamente sin oposición parlamentaria. A cambio el ex dictador ha obtenido una cárcel dorada, con privilegios al margen de la ley, y desde el ministerio de justicia, se han desactivado o pasmado los procesos de repatriación de fondos, que involucran a secuaces de Fujimori, en casos como el de la grotesca compra de armas.
Ahora García está preocupado en demoler a Alejandro Toledo, tal como lo hizo cuando Mario Vargas Llosa fue candidato presidencial. Se ha jactado de ese hecho, señalando que él no puede garantizar la elección de un candidato, pero, ha demostrado, que si puede impedirla. Para lograr este objetivo acusa falsamente al ex presidente, de haber sido débil, en la defensa de los intereses de Estado, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que dispuso el pago de los gastos judiciales efectuados por los padres de la terrorista norteamericana Lori Berenson, en un proceso indefendible, ya que fue juzgada por los militares y no en el fuero común, como correspondía de acuerdo a la constitución.
Al presidente García no le incomodaría un eventual triunfo electoral de Keiko Fujimori, porque probablemente le garantizaría impunidad, situación que no sería igual, en el caso de una posible victoria de Toledo, por esa razón empieza a bloquear su acceso al gobierno.
Seguramente animado por el hecho de haber obtenido un aceptable resultado económico, García presume, que le ha sido perdonado su calamitoso mandato pasado que dejo al país quebrado. Por ello desde ahora piensa volver a gobernar. Sueña con ser el presidente del bicentenario nacional. Su apetito de poder es voraz. García ha demostrado que en política no hay muertos, y también ha probado que es mejor candidato que gobernante. Tal vez -hasta ahora- lo único que podría doblegar su ilimitada ambición sea el colesterol.