La restauración del Apolo del Belvedere
martes 27 de julio de 2010, 21:27h
Acabo de ver el Apolo de los Museos Vaticanos. Se yergue altivo, en contrapposto, en uno de los patios del inmenso conjunto, el octógono o Belvedere; de ahí su nombre. Según creencia mayoritaria, es una copia romana en mármol del siglo II d. C de un original griego en bronce, obra de Leocares, escultor del IV a.C.
Para el teórico alemán neoclásico J. J. Winckelmann, en esta escultura, conocida asimismo como Apolo pitio ya que al dios hermano gemelo de Ártemis se le representa con carcaj, ondeando la clámide y sus bucles, nada más matar a la serpiente pitón, se encierra la quintaesencia del ideal de belleza clásica griega, siempre varonil en su criterio.
La figuración de la mujer puede ser sublime, pero la Belleza, entendida a la manera platónica, la depara el cuerpo masculino y desnudado –no desnudo- del Apolo, ante cuya presencia, dice el idealista Winckelmann, se olvida del Universo, de la admiración pasa al éxtasis y el corazón se le dilata y eleva.
Una exposición que puede contemplarse actualmente en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid me ha sugerido la evocación que antecede.
Versa sobre el benemérito y silencioso oficio de restaurador y cuenta el minucioso proceso por el cual una pieza de arte, ya sea libro, grabado, moneda, escultura o lienzo, recupera el aspecto que tuvo en su día u otro que se le asemeja notablemente; incluso cabe mejorar la manufactura inicial.
Restituir la apariencia primera exige, en ciertos casos, recomponer la integridad dañada o perdida. Viendo las fotos del estado de dos versiones del Apolo antes de que los diversos miembros del equipo aplicaran sus manos, y con ellas todas sus dotes y sentidos, el resultado final de su trabajo cobra caracteres prodigiosos.
La primera es una copia en tamaño reducido, de 74 centímetros, presentada a los premios de la Academia a finales del siglo XVIII. La intervención de las tres restauradoras, Ángeles Solís, Judit Gasca y Silvia Viana, consistió en reensamblar 52 fragmentos, limpiar la superficie con agua y un tensoactivo con pH neutro e insertar refuerzos de fibra de vidrio.
La segunda es un vaciado del modelo del Belvedere hecho añicos porque, al recrecer alguien poco avisado la base donde se sustentaba, se descabaló el punto de gravedad. Procede de la colección de A. R. Mengs y mide, como el emulado, más de 2 metros.
Tras solventar el rompecabezas con el recurso de su destreza y el soporte de múltiples anclajes, obraron de nuevo el milagro que nos permite ver la escultura entera en el patio del museo, junto con el Laocoonte réplica del tocayo custodiado asimismo en el Vaticano.
Pero, además, las tres artífices han patentado un procedimiento de limpieza a base de látex denominado Anjusil -me imagino- por el acrónimo de sus respectivos nombres.
Sustituye este artilugio al fatigante empleo de la goma de borrar en tan delicados menesteres.
Y así, el antiguo lema de otra Real Academia: limpia, fija y da esplendor, le cuadra a la de San Fernando a las mil maravillas.