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Una reforma laboral que no podía esperar más

jueves 29 de julio de 2010, 23:58h
Algo falla en el mercado de trabajo español; algo –se entiende- todavía peor de lo que ocurre en demasiados países europeos, cuya legislación laboral es ya de por sí bastante desastrosa. Caso contrario, la tasa de paro nacional no sería la más alta de toda la Unión Europea, ni se habría producido la pavorosa destrucción de empleo acaecida durante los dos últimos años. Así las cosas, urgía tomar medidas para revertir una situación tan alarmante, y así se ha hecho. Tarde, mal y sin concretar, como casi todo lo que hace el Gobierno en materia económica, pero al menos ahora ya hay un anteproyecto de reforma laboral sobre el que debatir.

Es un hecho que ni a este Ejecutivo ni a ningún otro le resulta agradable llevar a cabo iniciativas que supongan el endurecimiento de determinadas prestaciones sociales. Pero también lo es que gobernar no es contentar a todos, sino hacer lo que más convenga al interés general, por impopular que sea. Y desde luego, aspectos como reducir la indemnización del despido por causas objetivas de los 45 días vigentes a los 20 actuales van a ser contestados por los sindicatos, si bien la situación exige medidas similares.

La reforma peca de timorata en muchos puntos, aunque menos es nada. Además, bien podía haberse incluido en el mismo saco la negociación colectiva, uno de los puntos críticos del mercado laboral español. Pero hay también novedades muy interesantes, como la lucha contra el absentismo laboral, cuya incidencia perjudica notablemente la productividad de muchas empresas. Con todo, queda aún mucho por hacer. En primer lugar, no apartarse de la línea actual, en detrimento del inmovilismo de todos estos años. Conviene recordar que la víspera de presentar al Congreso su proyecto inicial -la tarde que le llamó Obama-, Zapatero retiró del mismo aspectos cruciales redactados por el mayor experto en derecho laboral español, el catedrático Juan Antonio Sagardoy, sólo porque no le gustaban a la UGT. Es de esperar que ahora el Presidente mantenga el rumbo y no caiga en la tentación de volver a echarse en brazos de unos sindicatos cada vez más alejados del Occidente moderno por una paz social tan artificial como cobarde.
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